El Protegido (Parte 2)
By: Pitter

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La vida del castrato. Después de la muerte del poeta del cual fue amante, protegido y heredero, regresa donde su primera protectora, y encuentra otro amante. Pero… nada es perfecto.


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El Protegido (Parte 2)

La vida del castrato. Después de la muerte del poeta del cual fue amante, protegido y heredero, regresa donde su primera protectora, y encuentra otro amante. Pero… nada es perfecto.

Después del funeral del malogrado poeta Philippe de Oultremer, Jean guardó luto por su amante, protector, tio y padre adoptivo. En el frontis de su mansión colocó la señal del pesar que lo acongojaba. Pero en su fuero interno lo que realmente le dolía era el no poder tenerlo ya como amante.

En las noches, despertaba y extendía su brazo hacia donde él solia dormir, como buscando su compañía, y no hallaba a nadie. Desesperanzado, volvía a dormirse. Muchas veces soñaba con él, que lo besaba y acariciaba como solía hacerlo para después recibir sus caricias íntimas. Pero cuando creía que llegaba a lo mejor de su placer, despertaba sin tener nada.

¡Cómo echaba de menos sus caricias, sus besos! La forma como le decía "te amo, Jean, te amo. Siempre te amaré". El placer de sentirlo entrar en él, y el modo como él, en esos casos, acariciaba el pequeño pene que se asomaba tímidamente por sobre las dos pequeñas cicatrices que marcaban el lugar donde antes tuvo sus testículos.

Ya no los tenía, y la falta de ellos le había permitido conservar su hermosa voz y la femenina belleza de su rostro de niño. Estaba feliz por la operación que le había hecho el abate Reynaud. Claro que había sentido mucho dolor, al punto de haberse desmayado, pero bien valió la pena.

Al siguiente dia del funeral de Philippe, Jean escribió a su recordada duquesa.

Vuestra Grazia, Duquesa Amélie de Point Brisée.

Recordada y queridísima duquesa.

Otra vez ha llegado la desgracia a nuestra puerta. Mi querido padre adoptivo, Philippe de Oultremer ha fallecido, victima de algo que nunca debió haber emprendido He llorado angustiosamente su muerte, como creo que lo lloraréis vos, porque nunca podré olvidar su amabilidad y cariño.

Bastante tiempo antes él me había constituido en su hijo adoptivo, y nombrado heredero universal de todos sus bienes, de modo que materialmente estoy en buena situación.

Pero mi corazón está desierto del amor, porque creo que nunca nadie me amará como él me amaba a mí, ni yo podré amar a nadie más como yo lo amaba a él.

Aunque desde mi mi alejamiento de vuestro lado, hemos ido en algunas ocasiones a visitaros, tal como lo pedisteis cuando mi padre os solicitó que me dejarais venir, ahora os solicito que me recibáis de nuevo en vuestra casa para mitigar mi pena y dolor en vuestrra presencia.

Os lo solicita vuestro amante y solícito servidor

Jean de Oultremer, nacido de Cremoine.

La respuesta de la Duquesa no se hizo esperar.

Mi queridísimo Giovanni.

No te imaginas el dolor que me causó tan infausta noticia. Algo me consuela el saber que tarde o temprano debía suceder algo así, dado el fogoso temperamento de Philippe. Lo he llorado a mares, y lo seguiré llorando mientras tenga lágrimas.

Mi queridísimo Giovanni, ¿o debiera llamarte Gina? No necesitas pedir mi consentimiento para llegar hasta mí. Recuerda que cuando te fuiste con Philippe te dije que debías volver lo más a menudo posible. Esto aún sigue vigente y lo seguirá por siempre. Puedes quedarte conmigo todo el tiempo que desees.

Por supuesto yo no podré ser tu amante como lo era Philippe, ni tampoco tú lo podrás ser de mi, pero eso no será problema. Ven a mí. Te espero con ansias.

Tu amadísima Amélie.

Algunos dias después un esplémdido carruaje se detenía frente a la mansión de la Duquesa Amélie y de él descendia un apuesto joven alto y delgado. Su apecto era un poco afeminado, su rostro de gran belleza, y sus modales, delicados. La Duquesa lo recibió en la entrada.

¡Mi querido Giovanni, le dijo abrazándolo efusivamente, ¡Ahora eres el consuelo de mi dolor! Espero serlo también del tuyo. Pasa, te estaba esperando.

Jean se instaló en casa de la duquesa. Varios años antes había entrado allí como un simple sirviente. Ahora entraba como invitado de honor. De todos modos, siempre su principal actividad era cantar para la duquesa, aunque ahora lo hacía además para los diversos invitados que acudían a gozar de tales audiciones. No faltaba también la lectura de los versos de Philippe, que Jean, ahora Giovanni nuevamente, había traido consigo.

Pronto Giovanni entró a formar part de la comunnidad local. A menudo sus recitales de canto llegaban a las gentes del cercano pueblo, patrocinados por la duquesa que favorecía toda actividad artística y cultural, y nunca faltaba los domingos a los servicios religiosos de la iglesia local, en donde su voz angelical entonaba los mejores cánticos.

La duquesa se caracterizaba por su amor a las artes. En su salón se congregaba lo mejor de los artistas del lugar, y todos, cual más cual menos, hacían gala de sus habilidades. Entre los asiduos visitantes del salón de la duquesa, había músicos, poetas, pintores, escultores y otros.

Giovanni, que aún seguía echando de menos el ardor de los amores de Philippe, no dejó de darse cuenta de un joven y apuesto pintor, de nombre Vincenzo di Fiori Praviana, que frecuentaba, como otros, el salón de la duquesa. Este también reparó en Giovanni y pronto buscó la ocasión de acercársele.

He notado tu gran belleza, le dijo, y me gustaría pintar un retrato tuyo. ¿Nunca alguien te ha hecho un retrato?

Realmente, hasta el momento, no había tenido tal oportunidad, y le gustó la idea de poder regalarle a la duquesa, su benefactora, un retrato. Sin pensarlo dos veces, aceptó. Notó que el pintor lo contemplaba con mucho interés. También a él le interesó.

Algunos días después ambos estaban el el taller del pintor, en el piso más alto y con grandes ventanales de una gran casona de campo. El sol entraba a raudales y le daba al taller una agradable sensación de calor.

Tu belleza es algo muy especial, le dijo. Nunca antes había podido contemplar a alguien tan perfecto como tú. Tus facciones, tu boca, tus ojos. No cabe duda que tu condición ha sido fundamental para conservar esas cualidades. Tu cuerpo, con esa cintura que es como la cintura de una mujer, es perfecta. Yo felicitaría a la persona que tuvo la brillante idea de hacerte esa feliz operación.

Se le acercó. Quisiera verte desnudo, y también vestido con otras ropas, le dijo, mientras lo tomaba suavemente de la cintura. Giovanni no se molestó por ello. Antes bien, le gustó que él lo tocara.

Amo tu belleza, amo tu cuerpo, amo tu voz y tu encanto. Ahora lo abrazó y le empezó a acariciar las caderas y a prolongar sus caricias por su pecho, su vientre y más abajo. Se le acercó y besó suavemente su mejilla. Giovanni se volvió hacia él y le sonrió. También lo estaba disfrutando.

¿No me habías dicho que sólo querías hacer un retrato mío? preguntó algo maliciosamente. Creo que esta no es la forma de pintar un retrato.

Correcto. No lo es. Pero para poder pintarte con toda la perfección de tu belleza, necesito interiorizarme profundamente de ella. Amarte, como amo a tu belleza. Contemplarte sin nada que estorbe la perfecta contemplación. Conocer todos los detalles de tu ser. Por dentro y por fuera. Amarte con todo mi corazón.

Eso parece interesante.

Por supuesto que es muy interesante, le dijo, y volvió a darle un beso en la mejilla. Quiero pintar tu retrato, porque te amé desde el primer momento que te vi, en el salón de la duquesa, cuando cantabas aquella canción de amor con tu maravillosa voz de soprano. Entonces pensé: debo inmortalizarlo mediante mis pinceles. Y me lo propuse firmemente.

Ahora lo abrazó más decididamente, y acarició su rostro, estampando un beso en sus labios. Giovani respondió al beso como respondía a los besos de Philippe. Le gustaba más a cada momento. Pero echó de menos la ternura que Philippe tenía con él. Vincenzo era algo más brusco, más dominante.

-Ven, le dijo siempre manteniéndolo abrazado por los hombros. Acércate hacia acá. Y lo llevó hacia un rincón del taller oculto tras un biombo, donde tenía una amplia cama.

-Te amo, Giovani, te amo, siempre te amaré. le decía mientras iba sacanto una a una, sus ropas. Pero en eso era algo brusco. No lo hacía con la suavidad ni la ternura con que lo hacía Philippe. -Quiero poder contemplarte sin nada que esconda tu belleza. Amarte completamente sin nada que se interponga entre nosotros. Quiero hacer el amor contigo. Sólo así podré aprehender completamente tu belleza para poder plasmarla en la tela.

Giovanni no se resistió al amor. Antes bien, le facilitó las cosas lo más que pudo, y se entregó completamente sin reticencias. Vincenzo era un excelente amante. . Giovani no encontró nada en él que desmereciera a su anterior amante. Cuando terminaron, los suspiros llenaron el aire. Giovanni otra vez había encontrado el amor, y esperaba disfrutarlo lo más que pudiera.

-¿Te has interiorizado ya lo bastante bien de mi belleza? preguntó Giovanni.

-Aún no lo sé, pero creo que estoy en mejor condición que antes.

-Pues, si algo te falta, podemos continuar el estudio. A mi me encantó, y podríamos repetirlo.

No fue necesario otro preámbulo. Nuevamente Vincenzo abrazó a Giovanni y ambos se entrelazaron en un ardoroso encuentro de amor.

-Te amo, Giovanni, te amo. Siempre te amaré. Le decía Vincenzo al oido mientras le acariciaba suavemente su diminuto pene. El gozo de Giovanni era inenarrable, y pronto llegaron a la cúspide del amor. Nuevamente los suspiros de los amantes llenaron el aire,

-Ahora creo que podré comenzar a hacer un esbozo de tu rostro para pintarte. dijo Vincenzo después de largo rato de haber descansado. Ambos se vistieron, y Giovanni se sentó en un taburete para que Vincenzo pudiera a hacer un boceto al carbón.

Pero la larga sesión de amor que habían tenido previamente les impidió hacer lo que deseaban. La tarde ya había caído, y los últimos rayos del sol apenas alumbraban el ya sombrío taller. No había caso de poder dibujar nada.

Vincenzo se dirigió a su cocina para preparar algo para comer.

-Ya se ha hecho tarde, dijo Giovanni, y pronto llegará la calesa de la duquesa Amelia a buscarme.

-No te preocupes, respondió Vincenzo. No vendrá hasta mañana. Ya hablé con la duquesa que me prometió que te dejaría estar toda la noche conmigo, y que mañana te vendría a buscar. Tenemos toda la noche para nosotros.

Giovanni se sorprendió. No esperaba esa noticia, pero estuvo muy complacido con ella. Se sentó a la mesa y compartió una exquisita cena con su nuevo amante. Se dio cuenta que toda las viandas habían sido preparadas por orden de la duquesa, lo cual lo complació aún más.

Esa noche apenas durmió y deseó que no acabara nunca. ¿Para qué dormir si tenía junto a sí un amante tan fogoso como Vincenzo? ¿por qué tendría que acabarse una noche de amor tan deliciosa como la que estaba viviendo?

A la mañana siguiente no tenían deseos ni fuerzas para levantarse. Se quedaron largo rato retozando en la cama sin tener ya ánimos para seguir su juego. Giovanni sólo quería que Vincenzo le acariciara su pequeño pene y la parte donde había estado su escroto.

Recordaba las palabras del Abate Reynaud antes de la operación. "Tu habilidad para gozar de la penetración por el miembro de un hombre quedará inalterada, y quizá aún mejorada. No tienes nada que temer. No sólo tu voz, sino también tu belleza de niño quedará preservada por muchos años en lo porvenir."

Se sentía feliz de haber pasado por eso, pese al dolor que le había causado. Eso sólo había durado poco tiempo. En cambio, gracias a ello ahora tenía noches y noches de placer.

Se levantaron bastante tarde. Vincenzo empezó a tomar su boceto sobre un cartón, cuando llegó la calesa de la Duquesa Amélie a buscarlos. Dejaron el boceto. Ya tendrían tiempo para ello más adelante. Ahora lo principal era gozar de la fiesta. Volvieron a la mansión de la duquesa.

-Tus ropas no son el mejor marco para tu belleza, le dijo Vincenzo. Se necesita algo que la realce más. Le pediré a la duquesa que te proporcione algunas ropas femeninas. Así se realzará más tu belleza.

Giovanni no respondió. Muchas veces pensó en eso, varias veces alguien se lo había dicho, pero nunca lo intentó. Lo probaría.

-Mi queridísimo Giovanni, le dijo la duquesa al recibirlo. -Veo que vienes muy contento. Quiere decir que has pasado una jornada muy agradable.

-Excelente, vostra grazia, respondió éste. Excelente.

Mientras la duquesa disponía que se sirviera el almuerzo, Giovanni pasó a sus habitaciones reservadas, y se cambió su atuendo. Vincenzo ya había hablado eso con la duquesa, porque Giovanni encontró un surtido más que suficiente de ropas femeninas para ponerse. La doncella de la duquesa le arregló el pelo y lo maquilló. Se presentó poco después ante la duquesa y Vincenzo.

Su aparición causó sensación.

-¡Giovanna! exclamó la duquesa. -¡Hoy estás más bella que nunca!

Para el almuerzo, Giovanni, ahora Giovanna se sentó al lado de su amado Vincenzo, y todos departieron agradablemente. La duquesa estaba feliz de ver que Giovanni había encontrado de nuevo el amor. Ni se preocupó por preguntar acerca del retrato. Ya habría ocasión para ello. Ahora era más importante que Giovanni estaba con Vincenzo.

La tarde pasó sin sentirse, y ya al anochecer se dedicaron a la música, con el canto de Giovanni, ahora Giovanna, la lectura de los versos de Phillippe, y el harpa de la Duquesa.

Por la noche, Vincenzo se quedó a acompañar otra vez a Giovanni y a compartir la cama con él. Esta vez en la cama de Giovanni en la mansión de la duquesa. ¡Oh! ¡Qué noche aquella! ¿para qué dormir teniendo a tan fogoso amante al lado? Cuántas veces recibió Giovanni el miembro de Vincenso en su interior, casi no lo supo. Todas la veces fue algo fantástico. Sólo que ni esta noche ni la anterior Vincenzo se lo hizo recibir en la boca. En cambio acarició una y otra vez su diminuto pene y el lugar donde antes tuvo su escroto, lo besó sin descanso en las mejillas, los labios, el cuello, el pecho. Tanto fueron los besos acompañados de frecuentes, ¡te amo! ¡te amo! ¡por siempre!, que lamentó la llegada de la aurora. .

Al dia siguiente, después del almuerzo, Giovanni y Vincenzo fueron de nuevo al taller del pintor para continar la interrumpida tarea del esbozo. Esta vez no necesitaron la previa sesión de "conocimiento". Ya habían tenido suficiente por la mañana. Giovanni vestía nuevamente sus ropas masculinas. Toda el resto de la tarde se pasó en eso. Vincenzo hizo varios bocetos de Giovanni en diversas posiciones: de frente, de perfil, en escorzo, y aún pensó en hacer otros más. Pero cuando ya la luz del sol dejó de acompañarlos, ambos se dedicaron nuevamente a hacer el amor.

Después de comer algo que les había enviado la duquesa, y cuando ya había oscurecido, se fueron a la cama. ¡Qué noche aquella! Otra vez Giovanni recibió en su interior incontables veces el miembro de Vincenzo.

En un intervalo en que estaban ambos dormidos, Giovanni se despertó al sentir extraños movimientos en la casa. Aún medio adormilado, sintió que una rudas y fuertes manos lo sujetaban y lo amordazaban. Sin poder ver nada en la oscuridad, sintió que lo sacaban de la cama y lo ponían en un sillón separado, y que unas manos palpaban entre sus piernas como buscando algo.

-Este es castrado, sintió que dijo una voz. -No hay nada que hacer con él. Veamos al otro.

-Este está completo, dijo otro. -Es el que buscamos.

Giovanni sintió movimientos en la pieza, pero no pudo darse cuenta qué pasaba. De pronto se encendió una débil luz, y pudo distinguir algo. Varios hombres encapuchados habían cogido y amordazado a Vincenzo y lo ataban a una mesa, en tanto que otros dos lo tenían amordazado a él y lo sujetaban firmemente. Encendieron otras luces, y se hizo una mejor claridad.

Después de haber asegurado a Vincenzo en la mesa, uno de ellos se acercó a Giovanni.

-A éste yo lo conozco, dijo calmadamente. -Es el castrato, protegido de la duquesa nuestra benefactora, que canta los domingos en la iglesia. Es inocente en todo esto. No le hagan daño. Concentrémonos en el otro.

Giovanni suspiró aliviado. No le harían daño, pero estaba preocupado por saber que querían y qué le harían a Vincenzo.

-Dime, muchacho, le preguntó el encapuchado, ¿has venido aquí a la fuerza, o libremente?

-He venido libremente, tartamudeó Giovanni, para que él me hiciera un retrato, y poder gozar de su compañía.

-Bueno, dijo el otro, sólo eres culpable de sodomía, pero eso es asunto tuyo. Eres castrado. Tú sabrás qué haces con tu culo. No tenemos problema contigo. Es al otro al que buscamos.

Se dirigió a examinar a Vincenzo, y dijo con desprecio. -Este es el sinvergüenza depravado que ha violado a nuestros hijos. Este es nuestro hombre. Procedamos rápidamente.

Giovanni se atrevió a preguntar. -¿Lo matarán?

-No somos asesinos, respondió el otro. -Sólo queremos asegurarnos que nunca éste pueda violar a nuestros hijos ni a ningún otro niño. Si tú te prestas libremente a ello, eso sólo te compete a ti. Pero que que venga a forzar a nuetros hijos no lo permitiremos.

Giovanni se quedó mudo. Pensó en gritar pidiendo auxilio, pero se dio cuenta que en la apartada casa campestre nadie lo oiría, y que probablemente, en ese caso, los hombre sí podrían hacerle daño.

Los hombre hablaron algo entre ellos, y dos se cercaron a Giovanni, lo ataron a un silllón y lo amordazaron. En seguida se concentraron en Vincenzo. Lo aseguraron bien en la mesa, amordazado, le ataron las piernas a las patas de la mesa, y dejaron expuesta su virilidad. En seguida uno de ellos sacó un pequeño maletín con algunos implementos y algunos frascos que colocó sobre una bandeja a su lado, y procedió a rasurar cuidadosamente el área. Luego la frotó con alcohol, y procedió a atar fuertemente el escroto con una cuerda. Cuando lo tuvo firmemente atado, cortó todo el escroto con un pequeño y afiladísimo cuchillo. El escroto con todo su contenido cayó a una pequeña palangana que había colocado debajo. Ni siquiera se detuvo a examinarlo.

Giovanni veía todo eso y recordó cuando él había pasado por eso. Sólo que en su caso el Abate que lo había castrado a él había sido más amable, y tenía además la compañía y apoyo de Philippe y la Duquesa. Ahora su amante sólo tenía en torno suyo a esos terribles vengadores.

Giovanni creyó que con eso daban todo por terminado, pero no fue así. El castrador tomó una pequeña varilla de la bandeja, y la introdujo cuidadosamente por el extremo del pene de Vincenzo. No se imaginaba qué haría con eso. Después de algunos movimientos, la varilla quedó introducida tan profundamente que apenas asomaba por la punta, y el pene, fláccido y encogido, se sostenía como si estuviera erecto. En seguida procedió a atar el pene con una firme cuerda, de la misma que había usado para atar el escroto, tan cerca de su base como le fue posible. Cuando lo tuvo firmemente atado, cortó el pene cerca de la atadura y lo deslizó por sobre la varilla hasta sacarlo. El pene cortado cayó y se juntó con los testículos en la palangana.

Otro de los hombres había encendido un quemador de alcohol y su llama azulina y apenas luminosa se alzó sobre la mesa. El castrador puso a calentar algunos fierros, y luego los usó para cauterizar las heridas. Al terminar examinó cuidadosamente las heridas de Vincenzo, se dio por satisfecho. Vendó las heridas y guardó sus útiles.

-Muy bien, dijo. Ahora ya no podrá hacer más daño a nuestros niños. Ahora ya podemos irnos.

-¿Y qué hacemos con él? dijo uno de los hombres señalando a Giovanni.

-Dejémoslo atado de tal modo que pueda soltarse él mismo, pero que se demore en hacerlo. Tendremos tiempo suficiente para alejarnos.

Sin quitarle la mordaza, dejaron a Giovanni atado como lo había dicho. Alguien recogió la palangana con el pene y los testículos, se asomó la ventana y los arrojó hacia fuera. Se sintió el batallar de algunos perros que se disputaban el bocado de carne y luego se hizo nuevamente el silencio.

Apagaron las luces y se fueron tan tranquilamente como habían llegado. Giovani forcejeó largo rato hasta conseguir soltarse. Se quitó la mordaza y procedió a desatar a Vincenzo. Este se había desmayado y fue necesario una enérgica acción y un trago de brandy para hacerlo volver en si. Cuando estuvo en condiciones de darse cuenta de lo que había pasado, ya había pasado mucho rato y los hombres estarían muy lejos de allí.

Vincenzo se miró el lugar en que había tenido sus órganos. Al constatar que ya no tenía nada de lo que allí solía haber, rompió en llanto. Giovanni lo acompañó en su dolor. Sabía que ya nunca podría volver a gozar de él. Pero por lo menos siempre podría recibir el pene de algun otro. En cambio Vincenzo estaba completamente imposibilitado de dárselo.

Ayudado de Giovanni, Vincenzo se levantó de la mesa y se tendió en su cama. Se abrigó, pues la noche estaba aún un poco fresca y Giovanni se tendió a su lado. Ya no podría seguir gozando de su amor. Largo rato estuvieron ambos sin decir palabra llorando la pérdida. Cuando amaneció, Giovanni se preparó para ir a casa de la duquesa a comunicarle la noticia. Vincenzo, con sus heridas aún abiertas, no podría salir de la cama por varios días.

Cuando ya le fue posible salir, Giovanni partió a ver a la duquesa. Tuvo que irse a pie, pues la calesa no vendría a buscarlo sino mucho más tarde, y consideraron urgente hablar con ella.

Al llegar, Giovanni, que había corrido casi todo el largo trayecto, estaba exhausto. Con voz entrecortada le comunicó la noticia a la duquesa. Esta ni se inmutó al oirla.

-Algún día tenía que pasarle eso, dijo severamente. -El se lo buscó. Eso le pasa por abusador, por insistir en hacer lo que no debía. Muchas veces le dije que no tratara de engañar ni forzar a los niños, pero él no me oyó. Ahora paga las consecuencias.

Giovanni quedó estupefacto. Nunca se había imaginado que su amante fuera un violador de niños, ni menos que la duquesa lo supiera.

-Entonces, ¿Vuestra Gracia no va a hacer nada por encontrar a los asaltantes? preguntó.

-De ninguna manera. respondió ella. Si tú quieres de buena gana entregarle a él tu poto, es tu poto el que prestas, pero él no puede forzar a los niños si ellos no quieren. Los vengadores merecen toda mi simpatía. Además, así, castrado completamente como está, lo tendré con más confianza cerca mío, y quizá pueda dedicarse a ser mejor pintor de lo que es.

-Pero, Vuestra Gracia… quiso decir Giovanni.

-Nada de eso. Déjalo así. Cuando te dejé con Philippe de Outremer, yo ya sabía que tú estarías muy contento de recibirlo. El nunca te forzó. Tampoco Vincenzo te forzó porque tú estabas ansioso de él. Me di cuenta perfectamente de eso, y me di cuenta que estarías muy contento de hacerlo. Pero los otros niños nó. Y que no se hable más del asunto.

Ante el asombro de Giovanni, agregó:

-Lo único que haré es enviarle el médico para que se asegure que haya quedado en buenas condiciones y no corra peligro, porque no sé que tan hábil puede haber sido el que lo castró.

Luego de eso, llamó a uno de sus servidores y le dio instrucciones de ir a buscar al médico y llevarlo donde Vincenzo. No volvió a tocar el tema.

Cuando el médico llegó a ver a Vincenzo, constató que no tenía nada que hacer. Solamente dejó la varilla, que realmente era un tubo fino para que Vincenzo pudiera orinar, y le ordenó guardar cama por algunos días. En lo sucesivo tendría que hacer eso en la mima posición en que lo hacían las mujeres. Pocos días después lo retiraría.

Giovanni pronto se consoló de haber perdido a tan fogoso amante. No faltó alguien en quien fijarse para que lo pudiera satisfacer como lo había hecho él. De todos modos Vincenzo siguió pintando su retrato, pero ya no pudieron hacer el amor como antes. Además, completamente castrado como estaba, ya no le ofrecía reparos a la duqiesa para dejarlo pernoctar en su casa, y servirle de camarero, por lo cual los retratos de Giovanni, que fueron varios, los pintó en casa de la duquesa. Para algunos de ellos posó con los primorosos trajes femeninos que la duquesa le había proporcionado.



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