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Era una fría y gris tarde de primavera en la ciudad de Ortona. Una ligera llovizna chispeaba sobre la gente congregada en el cementerio de detrás la iglesia, presentando sus últimos respetos a la viuda Maria Pinetti. No mucha gente había venido: el sacerdote, que estaba allí en cumplimiento de sus deberes; los sepultureros que habrían preferido quedarse en casa junto a un agradable fuego; unos pocos vecinos, principalmente mujeres; y un niño, el único hijo de María.
A medida que el féretro bajaba hacia la tumba, y el sacerdote pronunciaba una oración pidiendo a Dios llevar esa buena alma a su eterno reino, el niño perdió el último control que había ejercido fieramente sobre sus emociones. Una lágrima rodó por su mejilla, en tanto que se esforzaba para mantener sus ojos en la última morada de su madre. Se estremeció y derramó más lágrimas. Se adelantó hasta el borde de la tumba y dejó caer una flor roja sobre el ataúd de madera. La había tomado antes del funeral y la había llevado junto a su corazón. Entonces, ya no hubo forma de contener al estoico muchacho. Comenzó a llorar desconsoladamente. Una de la mujeres se adelantó lentamente, sacó su pañuelo, y tomando al niño de la mano enjugó sus lágrimas. Pero había aún más. Suavemente lo hizo retroceder, lo apartó de la tumba, en tanto que los sepultureros vaciaban la tierra en la fosa. Tommasso no pudo verlo, pero escuchó el ruido que hacían las paladas de tierra al caer sobre el ataúd de su madre. Lloró más en tanto que la mujer oprimía su cabeza sobre su pecho tratando de confortarlo. El sacerdote contemplaba la escena. Los caminos del Señor son tan misteriosos. ¿Por qué habria tenido que escoger a esta bella dama para que muriera? Realmente ella no había tenido una vida fácil. Su marido había muerto justo tres años después de haberse casado. Había sido también un buen hombre, pero afectado siempre por una débil salud después de haber contraído una seria enfermedad cuando aún era un niño. El anciano sacerdote lo conocía desde su nacimiento, puesto que él mismo lo había bautizado. Después de su muerte, María quedó sola para cuidar de si misma y de sus dos pequeños hijos. El había bautizado también los dos retoños, Cósina y Tommasso. María trabajaba tanto como cualquiera, pero en esos difíciles tiempos, con pobres cosechas, pocos peces y escaso dinero, la pequeña familia se había visto en serias dificultades. Entonces el Señor quiso llevarse a Cósima a Su santo reino. Ella murió justo al cumplir los seis años. Realmente misteriosos caminos. Algunos años mas tarde, María también cayó enferma. No pudo trabajar tanto como antes, se cansaba muy fácilmente, y finalmente cayó en cama. Ningún doctor pudo ayudarla. Poco a poco se fue desvaneciendo, rodeada del amor de su hijo, de la ayuda de los buenos vecinos, pero al mismo tiempo se vio obligada a vender todas sus pertenencias, y finalmente a tomar un préstamo por su casa con el objeto de tener algo para comer para su hijo y para ella. Y ahora ella estaba muerta, y Tommasso era sólo otro huérfano en este mundo. Uno más entre tantos. El sacerdote miró a Tommasso y a la mujer que lo confortaba. Conocía muy bien al niño. Estaba entre los mejores alumnos de la escuela, aún cuando faltaba bastante a causa de su débil salud. Iba a confesarse de vez en cuando, pero lo que confesaba no merecía nunca una penitencia real. Cantaba en el coro de la iglesia, y el organista era muy entusiasta de las habilidades musicales de Tommasso. ¿Moriría también este niño? El creía que no. Este niño tenía una mente poderosa y el Señor valora estas cualidades. Pero, entonces el Señor tiene misteriosos caminos. Terminados los deberes sagrados, el sacerdote pensó ahora en problemas más terrenales. Se les acercó, "Tommaso", le dijo, "hasta donde yo sé, tu madre, que Dios se apiade de su alma, se vio obligada a tomar préstamos por su casa. ¿sabes algo acerca de esto?" El niño aclaró su garganta y respondió. "Sí, padre, lo sé. La casa ya no es nuestra. El prestamista ya me lo dijo. Tengo que dejarla hoy dia." ¿HOY DIA? preguntó choqueado el sacerdote. "¿No tienen ellos piedad con un pobre huérfano?" Esto hizo estremecerse a Tommasso. Las lágrimas de nuevo inundaron sus ojos, y sintió que la mujer acariciaba sus hombros. "¿Dónde te quedarás? ¿Tienes alguna idea de lo que será de ti ahora?" preguntó el sacerdote. "Padre", Tommasso aclaró de nuevo su garganta, "¿cree usted que alguien quisiera darme trabajo? En todo caso, creo que se acabó la escuela para mi, y " sollozó de nuevo " y también el coro y todo". Rompió a llorar. El sacerdote, obviamente conmovido, se dirigió ahora a todas las mujeres que se habían congregado en torno a ellos. "Hijas, ¿Podría alguna de ustedes hacerse cargo de este niño hasta que él esté en condiciones de valerse por sí mismo?" Silencio. El sacerdote las miró a la cara. Vió piedad, compasión, pero nadie ofreció ayuda. La mujer que sostenía al niño dijo entonces, con voz que apenas se oía. "Padre, yo quisiera ayudar a este niño, pero yo tengo mis cuatro hijos propios, y apenas puedo hacerlo". El sacerdote trató de convencerla. "Giuseppina, donde hay seis bocas, una séptima ni se nota". Quiso hacerse el gracioso, "mucho más una que pertenece a un niño tan delgado como éste. No creo que comas mucho, ¿verdad Tommasso?" El niño lo miró a los ojos, y dijo: "Padre, yo nunca tuve mucho para comer". Eso estaba claro. "¿Comiste algo hoy dia?" "No, señor" "¿Cuando comiste por última vez?" "hace dos días, antes que mi madre " no pudo decir más porque estalló en lágrimas de nuevo. El sacerdote pensó por un momento, y luego alzó la voz. "Tommasso, por ahora vendrás conmigo. Yo no soy rico, pero por lo menos tendrás algo de alimento. Mañana veremos lo que podemos hacer por ti. ¿Si?" Esta fue la primera esperanza que Tommasso había escuchado en varios días. Su cara se iluminó. "¡Gracias, padre! ¡Dios tendrá en cuenta ésto!" El sacerdote sonrió. "¡pequeño pilluelo! ¡Denle un dedo y toma toda la mano!" No tuvieron que caminar mucho. La casa del sacerdote estaba justo al lado de la iglesia. En tanto que Tomasso miraba por toda la sala, el sacerdote fue a la cocina y le dijo a Lucia, su ama de casa, que preparara comida para tres en vez de dos. Poco después tuvo el placer de ver cuánta felicidad una buena y abundante comida podía dar a un hambriento niño. Tommasso parecía olvidar sus angustias sobre el pollo asado, las pastas y las ensaladas. Ahora fue Lucia la que entró a decir "Tommaso, ¿puedo hacerte una pregunta indiscreta?" El miño sonrió "Por supuesto" dijo. Sin hacer caso de las miradas de advertencia del sacerdote, la mujer preguntó. "Dinos, ¿sabías tu que tu madre tenía una enfermedad terminal? Una sensacuón de frialdad inundó la pieza. El sacerdote sólo dijo "¡Lucía, por favor!" El niño se sacudió, tosió, dejó el tenedor y el cuchillo, y dijo en voz baja: "Sí, lo sabía desde hace tempo. Pero siempre tuve la esperanza de un milagro". "Ella está ahora en el cielo, y ya no sufre más, Tommasso. Eso es bueno ¿verdad? Por lo menos es mejor que sentirse como ella se sentía hace algunos meses." dijo el sacerdote. Tommasso sollozó conteniendo sus lágrimas. Luego tomó de nuevo su tenedor y procedio a la terminación de su almuerzo. Lucia podía hacer un obsequio para la gente doliente, pero evidentemente cocinaba bien. Había pasado largo tiempo desde la última vez que el niño hubo comido algo tan bueno. ¡No era de extrañarse que el sacerdote fuera tan gordo! ¿Qué pasaría si el sacerdote pudiera darse cuenta de lo que él estaba pensando en su propia casa? Este pensamiento lo divirtió, y gozó el resto del pollo. Por primera vez en varios meses ya no sentía hambre. Era extraño; ¡había crecido tan acostumbrado a esa sensación de vacío en su estómago, que ahora casi la echaba de menos! Tomasso durmió en un sofá en la sala de estudio del sacerdote. Durmió toda la noche sin soñar. A la siguiente mañana fue a la escuela, donde pudo notar claramente que sus compañeros vergonzosamente mantenían distancia con él. Tanto así que durante el recreo se aproximó a su mejor amigo. "Luca, la enfermedad de mi madre no era contagiosa. ¿Por qué nadie me habla?" El otro niño cogió la mano de Tommasso. "Nadie sabe qué decirte ahora. En realidad, tampoco yo." Apretó la mano de su amigo. "¿No sería bueno que me trataras como siempre?" Tommasso estuvo a punto de reir. "Por supuesto, Luca. Yo soy el mismo de siempre. Un poco más solitario, solamente." Devolvió el apretón de manos. "Ahora te necesito más que nunca. ¿Amigos para siempre?" "Amigos para siempre" respondió Luca. Luego se dirigió a los demás. "¡muchachos , vengan! ¡no muerde!" Tommasso se rió. Eso era lo que más le gustaba de Luca. Después de un sabroso y abundante almuerzo en la casa del sacerdote, Tommasso volvió por última vez a su casa. Los vecinos habían retirado todo lo que su madre había pedido prestado de ellos, lo cual era bastante. El cuidador miraba que nadie fuera a tener la posibilidad de robar. Cuando vio venir a Tommasso, lo llamó aparte. "Muchacho, entiendo que sabes que esta casa ya no es tuya. Lo siento" Tommasso lo sabía muy bien. "Sólo vengo a buscar mi ropa, señor. Ya sé que nada más me pertenece ahora." El cuidador lo dejó entrar y Tommasso rápidamente hizo un atado con sus pocas ropas. Luego caminó por la casa por última vez. Había un pequeño retrato de su madre, lo tomó, abrió su atado, puso adentro su miniatura, y lió de nuevo el atado. Eso era de él. Sus juguetes estaban aún allí. No los tomó. Ya tenía doce años. ¿qué podría hacer él con juguetes de cuando tenía cuatro años? Después de entonces, ya nunca tuvo dinero para más juguetes. Pero luego volvió a su pieza. Vio una pequeña pila de papeles de música. Las cosas que él cantaba en el coro de la iglesia. Hizo un rollo con esos papeles grisáceos y los agregó a su atado. Se sabía completamente de memoria esa música pero los papeles le recordarían que no debía olvidar nunca sus tiempos como corista. Tendría que trabajar para vivir, y los salarios eran muy bajos, especialmente para los niños. Tendría que pasar todo su tiempo trabajando sólo para sobrevivir. Tommasso dejó la casa que había sido su hogar por toda su vida. El vigilante echó una rápida mirada a su atado, y el niño se estremeció. ¿Si el el hombre lo revisara y hallara el retrato y la música? Probablemente ellas ya no fueran más de él. Pero el guarda sólo le dijo: "¿Esto es todo lo que tenías? No es mucho." "Eramos gente pobre, señor". El guarda palmoteó la espalda de Tommasso. "Podrás ser pobre, muchacho, pero eres inteligente, y la inteligencia lo hace todo en este mundo. Estoy seguro que crecerás hasta llegar a ser alguien bien acomodado, y rico" "Gracias, señor." Pero él no tenía idea de cómo llegaría a cumplirse eso. Al volver a la casa del sacerdote, lo vio en el jardín, desmalezando. "¿Le ayudo?" preguntó. "¡Ah! has llegado", dijo el sacerdote. Te estaba esperando." Tommasso hizo un recuento de sus actividades del día. Siempre que su madre lo "había estado esperando", había sido por algo malo. "¿Qué hice de malo?" preguntó tímidamente. "Nada, niño, sólo que tuve un encuentro con maese Roletto, acerca de tu futuro." La cara del niño se iluminó. Maese Roletto era el músico de la iglesia. Tocaba el órgano, enseñaba a los niñoc cantores y también tenía unos pocos alumnos de órgano y de violín. Si él se interesaba en su futuro, eso olía a música. "¡Grandioso!" exclamó. Luego, más calladamente, agregó: "Padre ¿puedo ?" Sintió que se le hacia un nudo en la garganta. Suspiró y prosiguió. "¿puedo quedarme en su casa? ¿vivir con usted?" Eso era. Eso quiso decir. Pero el sacerdote sonrió. "¿Qué es lo que más te gusta de mi casa, Tommasso, la cercanía de Dios, o la buena comida?" Tomasso siempre había sido homesto, de modo que no tenía elección sino responder: "Lucía cocina muy bien" Ahora el sacerdote casi se cayó de la risa. Tommasso creyó que ésta era una batalla ganada, cuando le cayó el balde de agua helada. "No puedes quedarte aquí, niño. Este pueblo está llemo de viejas a las que les encanta chismografiar. ¿Qué crees tú que que ellas dirían al saber que su viejo sacerdote está viviendo con un joven niño?" Tommasso no podia entender la lógica. ¿Qué tenía eso de malo? "Padre, ellas saben que usted es un buen hombre, que ayuda a los huérfanos. ¿Qué tiene de malo el que viva conmigo? Usted, Lucia y yo. que seríamos casi lo mismo que una familia." "Entremos a la casa", dijo el sacerdote. Entró y tras él, el niño. Una vez adentro, y tras las puertas cerradas, el anciano le explicó, en palabras simples que pudieran ser entendidas por un niño, por qué no era aceptable que un hombre solitario diera refugio a un niño joven en un pueblo cuyos vecinos gustaran de inventar historias. Tommasso nunca había oido tales cosas. Abrió grandes ojos. Cuando el sacerdote hubo terminado, Tommasso sólo dijo: "Nunca pensé que la gente pudiera ser tan mala". "Pues sí, lo son", dijo el sacerdote. "Nadie hará chismografías porque tú estés aquí por uno o dos días después de perder tu casa. Pero si te quedas aquí, hasta el Santo Padre en Roma llegará a oir horrorosas historias acerca de mi". Y después de una pausa, agregó "más aún considerando que eres un nuchacho muy bello. ¿Nunca nadie te ha dicho eso?" Tommaso tragó saliva. "No, nunca. Bueno, excepto mi madre, pero todas las madres les dicen eso a sus hijos." El sacerdote sonrió, "Bueno, pero ten muy en cuenta esto, Si alguna vez un hombre te dice que eres bello, ten mucho cuidado. Tal hombre te puede hacer mucho daño. Y ahora, vamos a la iglesia. Maese Roletto debe estarnos esperando." Al entrar en el sagrado edificio, una cálida música de órgano les dio la bienvenida. Roletto estaba improvisando, y eso generalmente sonaba mejor que cuando él tocaba alguna obra ya existente. Tenía un gran talento para sacar una música grandiosa de la limitada capacidad del pequeño órgano de Ortona. El organista terminó su música con uno de esos acordes que traspasaban los tuétanos y los huesos, bajó luego del altillo del órgano y se les juntó. Se fueron a una sala de reuniones adyacente, y el sacerdote prestaamente fue al grano. "Tonio, este niño ahora es un huérfano, y sin hogar desde ayer. Pasó la noche en mi casa, pero yo no puedo tenerlo. Me dijiste que tenías una idea de qué hacer con él. Veámosla." El músico sonrió. "Si, dije que tenía una idea, pero no sé si usted la aprobará" "Dínosla", dijo el sacerdote, en tanto que el niño escuchaba cómo ellos decidían su futuro. Pero maese Roletto se volvió hacia él. "Tommasso, creo que nunca te lo he dicho, pero actualmente tú eres el mejor cantante que canta en nuestro coro". El niño asintió con un movimiento de cabeza. "Lo sé. Me gusta cantar, eso es todo. A la mayoría de los otros niños realmente no les gusta". "¿Cómo sabes tú que cantas bien?" preguntó el sacerdote. "Simplemente porque me tocan todos los solos. Esta es una forma de decirme que le gusta mi canto, maese Roletto". El músico se rió y el sacerdote también sonrió. Pero entonce maese Roletto continuó. "Pero hay otras cosas que tú no puedes saber. Yo he enseñado varios coros en mi vida, y lo he hecho por veinte años. Y tú eres el mejor niño cantante que yo haya oido en todo ese tiempo. Tommasso se demoró en captar eso. ¿Acaso este hombre le quería gastar una broma? De modo que solamente replicó "¿Está usted seguro?" El músico respondió con vehemencia "¡Por supuesto!, ¡estoy seguro! Tommasso, ¡tienes oro en tu garganta! Claro que sé que te gusta cantar y eso es muy importante. Las personas a las cuales no les gusta nunca podrán llegar a ser grandes cantantes. Pero el amor por la música es sólo una parte. La otra es la voz. ¡Y tú estás dotado con una voz muy, muy buena!". Hizo una pausa, y prosiguió: "Tommasso, tu debes adoptar el canto como profesión. Si lo entiendo bien, lo gozarás más que cualquier otro trabajo, y con esa voz tuya puedes ganar grandes cantidades de dinero". Mientras Tommasso se iba convenciendo, el sacerdote se puso práctico. "¿Y qué ruta debería seguir el niño? ¿Una escuela de música en Roma, o qué? ¿Y quien la pagaría?" Roletto explicó: Había escuelas con internado en Roma que enseñaban especialmente música y canto, pero que también daban a sus alumnos una buena base en lenguaje y teología. Tales escuelas aceptaban un cierto número de huérfanos completamente libres de pago, en tanto que otros estudiantes debían pagar. Más aún, la admisión a algunas de ellas se basaba solamente en una prueba de voz. ¡Tommasso pasaría con honores! El niño sintió que su corazón latía con fuerza. Sabía de tales escuelas. Y también sabía lo que Roletto, con una cara más sombría le dijo ahora. "Hay sólo un escollo a toda esta belleza. Tommasso, tu voz es de soprano. Si cambia, tendrás que empezar a trabajar de nuevo una voz de tenor, y probablemente no sea tan buena como la de soprano. De modo que tendrás que ir donde un cirujano que pueda hacer que tu voz de soprano permanezca intacta por muchos años". Tommasso sintió la garganta seca. Sabía de todo eso. Había soñado despierto con ser victima de uno de esos cirujanos, y luego llegar a ser un famoso cantante. Sintió escalofríos que le recorrían la espalda al imaginarse en tal situación. Pero siempre pensó que su voz era buena sólo para las normas del coro de la iglesia local. Y ahora, repentinamente todo eso se volvía realidad. Con voz ronca, dijo "Conozco todo eso. Ese cirujano me cortará mis bolas, y nunca podré tener hijos propios". "¡Exactamente!" dijo el organista. "¡Oh Dios mío, Dios mio!" fue lo único que el sacerdote pudo decir. Después de un rato de silencio, Tommasso preguntó. "Maese Roletto, cuando usted dijo que mi voz era la mejor que había oido, ¿quiso en realidad decir que era lo bastante buena como para hacer eso?" El organista respondió en voz baja: "Tommasso, sólo el oirte hablar lo confirma. ¡En todo sentido! ¿Nunca te diste cuenta que cuando cantabas Palestrina, o Victoria, nadie hablaba ni se movía, y que incluso hasta las aves escuchaban? ¿Nunca viste que yo no podía contener mis lágrimas cuando cantabas? ¿crees que todo eso podría pasar con cualquier voz? ¡Niño! ¡Eso es lo que quiero decir! ¡Eres el mejor que yo haya escuchado jamás! ¡Y no han sido pocos! Si alguien se merece una beca en Roma eres tú. ¡Y si alguna vez un sacrificio en aras de la música está bien justificado, entonces es la aceptación de ese procedimiento que preservará tu voz! El sacerdote movió su canosa cabeza. "Tommasso, no necesitas seguir ese camino. También hay docenas de otras profesiones que podrías adoptar". El niño repuso: "¿Puedo vivir con usted, padre? El sacerdote suspiró. "Me temo que no, pero debe haber otros medios." Tommasso preguntó de nuevo, esta vez dirigiéndose al organista. "Señor Roletto, ¿hay alguna posibilidad de conseguir esa beca sin ser castrado?" El músico fue claro en su respuesta. "No. Esas becas están disponibles exclusivamente para huérfanos castrados. Tommasso, no necesitas decidir ahora. Piénsalo, forma tu opinión, y luego decídelo. Considera que ésta es la más importante decisión de tu vida, y que sólo tu puedes decidir". El niño no podía creer en su suerte. Mientras más lo pensaba, más se daba cuenta que esto era lo que más quería. Antes, él sólo había soñado con ello, ¡pero ahora su sueño estaba allí, listo para cogerlo! ¡Allí él tenía la posibilidad de vivir una vida especial, dedicado enteramente a la música que amaba! Y el hecho de no poder encontrar una familia no le parecía tan malo. El había visto agonizar a toda su familia anterior, uno tras otro. No quería correr el riesgo de verlo de nuevo. "No necesito pensarlo más" dijo. Ambos hombres lo miraron. En voz baja, dijo "Acepto".. Y luego, dio un salto y exclamó "¡acepto! ¡ACEPTO!" El organista se puso de pie, abrazó al niño y lo felicitó calurosamente. El sacerdote permaneció sentado en su silla, murmurando. "El Señor tiene modos misteriosos. Realmente los caminos del Señor son muy misteriosos". Esa noche Tommasso no pudo dormir. El se pasaba de sus sentimientos de éxtasis acerca de este vuelco en su vida a profundos temores acerca de lo desconocido. La esperanza de fama y gloria se contraponían con el temor al dolor de la operación. Sería muy dolorosa, de eso estaba seguro. Pero podría soportar el dolor, y tendría que hacerlo. Y luego tendría que dejar a sus amigos, especialmente a Luca, que era ahora la única persona en este mundo en la cual él podía confiar plenamente. Esperaba encontrar nuevos amigos en esa escuela en Roma, pero ¿reemplazaría alguno de ellos a Luca? Nunca. Sólo si Luca quisiera venir con él, compartir su destino, entonces todo lo demás sería magnífico. Pero ¡vaya! Luca no cantaba, y quizá sería por eso que era su mejor amigo. Ellos descollaban en diferentes campos. Era lógico, por lo tanto, que al dia siguiente, Tommasso fuera a la casa de su mejor amigo, preguntando por él. "Está atrás en el granero cortando leña" dijo la mamá de Luca. Tommasso fue allá, aproximándose a su amigo por detrás. Lo vió como blandía el hacha. Vestido sólo con unos pantalones cortos, el tostado cuerpo de Luca irradiaba salud y fuerza. Tommasso hizo una comparación mental con su propio cuerpo delgado y escuálido. ¡Y el sacerdote le había dicho que era buenmozo! Se rio para sus adentros. Si había alguien que fuera buenmozo ese era Luca. Por supuesto no tanto como algunas niñas, pero Luca era un niño, ¡no tenía por qué ser nada más que eso! Tommasso se acercó, y cogió el hacha cuando Luca la levantaba sobre su cabeza. "¡Mierda!" Luca se dio vuelta asustado. Luego se rió. "pensé que había golpeado algo" dejó el hacha y Tommasso también se rió de su treta. Luego se puso serio. "Luca, me voy mañana" La cara del otro niño se ensombreció. "¿Por cuánto tiempo?" "Por largo tiempo. Quizá para siempre." Realmente eso fue un choque para Luca. Perder a su amigo tan repentinamente. Atosigó a su amigo de preguntas de dónde, cómo, por qué, y otras más. "Cálmate, cálmate," dijo Tommasso. "¿Recuerdas, hace tiempo, cuando yo entré al coro de la iglesia y tú no?" "Por supuesto que lo recuerdo. Estoy contento de haber quedado afuera. ¿acaso viste ahora la luz y te vas a escapar?" "No te rias, Luca. Esto es serio. ¿Te acuerdas cómo me hacías bromas entonces, acerca de qué me sucedería si yo cantaba demasiado bien?" Luca meditó un momento y luego recordó. "Yo decía que te cortarían tus bolas para que siguieras cantando tal como lo habías hecho antes con tantos otros." Tommasso asintió lentamente. Después de un largo silencio, Luca finalmente lo entendió. Con una sombra de palidez, dijo "¡Noooo, mierda! ¿te van a cortar? ¿verdad? ¿y tú te vas a escapar?" Tommasso sonrió en tanto su amigo proseguia maldiciendo a todo posible culpable. Esa era su oportunidad de aprender algunas palabras nuevas. El lenguaje de Luca era en realidad muy florido. Cuando se le acabó el aire y las palabras fuertes, vió que Tommasso se reía. Ahora no entendió nada. "Luca, lo loco es que me gusta la idea. Lo sé, debo estar loco, pero debo haber soñado con llegar a ser un castrato en todo este tiempo desde que entré al coro. Y ahora se está haciendo realidad. Luca, ¡Seré un cantante para toda la vida!" Luego puso al tanto a su amigo de los acontecimientos de las últimas 24 horas. La reunión con maese Roletto, y las instrucciones de la mañana cuando Roletto le explicó el curso a seguir. Debería viajar a Norcia, una ciudad distante seis jornadas hacia el noroeste. Los mejores cirujanos vivían allí, y de acuerdo a Roletto, el ser castrado en Norcia era una garantia de que su voz permanecería tan alta y brillante como ahora. Después de recuperarse de la cirugía debería ir a Roma y pedir la aceptación en una de las tres escuelas de música con internado que aceptaban huérfanos castrados otorgando becas completas. Después de varios años en la escuela, sería un cantante profesional. ¡Entonces él podría regresar y visitar a Luca y a todos los demás! Luca sopesaba todo. Parecía una gran aventura, y a él le habría gustado ir con su amigo, salvo por bueno, él no tenía una voz especial, y quería mantener lo que tenía allí abajo. "¿Cómo conseguirás eso? quiero decir, necesitas dinero para alimento, para el cirujano, y para algún lugar donde alojar mientras te recuperas." Aquí tocó el punto débil. "Yo sé que será difícil" dijo Tommasso. Tendré que trabajar por aquí y por allá, y puede que incluso hasta tenga que mendigar." "Terrible. "Sólo que no robes, eso no es bueno." recomendó Luca. "¿Acaso parezco un ladrón?" exclamó Tommasso. "Lo siento, retiro lo dicho". Luca puso su brazo en torno a los hombros de su amigo. Aún estaba muy sensible por la muerte de su madre, eso era cierto. Pero Tommasso se alegró pronto. "Una cosa buena es que maese Roletto conoce un cirujano en Norcia, y me dio una carta para él. Quizá me corte gratis, o por lo menos más barato que el precio normal." Luca movió su cabeza. Estaba muy preocupado porque su amigo hablaba con gran felicidad acerca de que le cortaran sus bolas y ahorrar algun dinero en el proceso. Pero Tommasso continuó: "También me dio unas cartas de presentación para la escuela en Roma. "Los dos niños se sentaron silenciosamente, cada uno sumido en sus pensamientos. Uno estaba feliz por lo que le iba a suceder, y el otro estaba igualmente feliz de que no le iba a suceder a él. Y los dos calladamente coincidían en su sentimiento por perder al otro. Esto es lo que hace a los reales amigos, algo para compartir, y algunas diferencias. Iguales, pero aún así diferentes. Tommasso se detuvo junto a todas las personas que conocía en el pueblo, lo que era como decir que casi a todos. Un apretón de manos aquí, un abrazo por allá, mucho buenos deseos, pero, lo que él deseaba, unas pocas monedas para facilitar su partida, no llegó. Los tiempos eran difíciles, eso él lo sabía, y la gente simplemente no podía compartirlo todo. De modo que después de la última noche en la casa del sacerdote, muy temprano al siguiente dia, puso sus pies en la senda costera hacia Pescara. Se le había dicho que viajara derecho por la ruta costera hasta el rio Tronto, para luego seguir rio arriba por entre los montes, y cruzarlos hacia Norcia. Según Roletto, no era la ruta más corta, pero era la más fácil de recorrer. No llevaba nada más que su pequeño atado de ropa dentro del cual tenía un pan y tres naranjas, cortesía de Lucía, y una cartera de cuero impermeable que contenía las cartas, su música, y el retrato de su madre. Esta colgaba de una correa en torno a su cuello, tocando su pecho, tan cerca como le fuera posible de su corazón. El atado colgaba de un palo que se había echado al hombro derecho. Era el mejor método para llevar esa cosas, aún cuando se balanceaba hacia delante y atrás. Después de un tiempo, Tommasso tomó un paso rítmico a tranco largo que le permitió hacer un buen progreso. Intentó cantar, pero no le sonó muy bien, puesto que su voz golpeaba a cada paso, de modo que lo dejó y caminó en silencio, pensando acerca de lo mucho y tan rápidamente que había cambiado su vida. Sólo tres días antes había sido un niño pequeño que iba a la escuela, y atendía a su madre enferma, con la esperanza de un milagro que le salvara la vida. Ahora era un huérfano, solo en el mundo, que había dejado atrás su ciudad natal y viajaba a un lugar extraño con la esperanza de encontrar un hombre amable que le hiciera ¡oh! lo que tenía que hacer, y luego tendría que ir aún más lejos, a Roma, la ciudad donde vivía el Papa, tratando de hallar una de las mejores escuelas de música del país, para que lo acogieran, lo alimentaran, y le enseñaran a cantar como los grandes castratri. ¿No sería pedir demasiado? ¡Pero Roletto le había asegurado que todo iría bien! Se sintió un poco alocado por hacer todo eso. Subitamente tuvo una idea. Podría devolverse y pedir a Luca que lo escondiera. Todos creerían que se había ido a Norcia, pero se quedaría en algún lugar en el bosque, Luca le llevaría algo de alimento, y no vería a nadie más que a su mejor amigo. Y no tendría que pasar por ninguna cirugía. Pero ¿después, qué? No podría mantener por siempre esa situación. Cuando finalmente fuera descubierto, y con toda seguridad así sucedería, tendría que trabajar, quizá como campesino. El canto quedaría fuera de todo, más aún cuando él habría perdido su voz de soprano. No. Resueltamente desechó la idea. Había dado su palabra, y la mantendría. Había aceptado y se apegó a ello, sin importar por lo que tuviera que pasar. Había poca gente en el camino. De vez en cuando aparecía alguien a quien Tommasso conocía. Siempre le preguntaban que a dónde iba. Cuando el les decía a dónde, invariablemente le preguntaban qué iba a hacer a Norcia. De modo que después de la tercera vez él tuvo que inventar una excusa, y armó una historia. Iba a visitar a su tia en Norcia. Se lo dijo a todos los que le preguntaron, y ellos lo dejaron en paz. Al mediodía Tommasso encontró un hermoso árbol junto a una quebrada. Decidió descansar un rato. A esa ahora hacía calor. Desempacó su alimento y comió una porción de pan, bebió un poco de agua, y se comió una de las tres naranjas. Así el alimento le durtaría hasta el día siguiente por la mañana ¡y tenía varios días por delante! Aún tenía hambre, pero guardó el alimento restante y aguantó el hambre. Ya estaba acostumbrado. El árbol estaba repleto de pájaros. No se mostraban muy activos a esa hora del día, pero a veces alguno de los pájaros cantaba su canción. Tommaso en respuesta, la silbaba. El pájaro respondía. El respondía. ¡Después de todo, él no podía estar tan solo! Caminó toda la tarde llegando a Pescara bastante antes de la puesta de sol. La ciudad era bastante més grande que Ortona, lo cual no era mucho decir, puesto que Ortona eran sólo unas pocas casas y una iglesia. Tommasso decidió atravesar derecho por la ciudad, y usó la restante luz del día para avanzar unas pocas millas más. Estaba bastante cansado por supuesto, y sus pies le dolían, pero aún pudo caminar un poco más. Además estaba refrescando, de modo que era más fácil caminar. De modo que siguió adelante, hasta que el sol se ocultó tras lo cerros, y luego buscó un buen lugar donde pasar la noche. Junto a un pequeño arroyuelo halló un grupo de árboles bajos que le daban buen refugio contra cualquier viento. Se instaló allí. Pronto empezó a hacer frío. Abrió su atado, se puso las ropas que traía, y luego comió algo más de pan y una de las restantes naranjas. El arroyo le proporcionó algo de agua. Bebió hasta que ya no sintió hambre. Luego se acostó, dobló sus rodillas hasta su mentón, y se sumió en un profundo sueño en tanto que los grillos en las plantas de los alrededores le ofrecían su nocturno concierto. Tommasso se despertó muy temprano en la mañana. Apenas comenzaba el día. Hacía mucho frío, y sintió el helado suelo a través de sus húmedas ropas. Estaba tiritando, sus dientes castañeteaban, y necesitaba orinar pronto. A pesar de su somnolencia, se sentó estirando sus miembros. Eso le dolía un poco. Cada mañana, cuando se estiraba después de despertar, tenía esa sensación. Pero era un dolor refrescante. ¡Le gustaba! De modo que estiró una vez más sus brazos y piernas, y luego se puso en pie y se soltó el pantalón. Luego se rió al ver su pobre pene, tan pequeño y encogido por el frío. A ese pequeña cosita realmente no le gustaba dormir al descubierto. El niño se sintió aliviado, y luego, aún de pie, comió un pequeño trozo de pan y se fue. En esa fría mañana, lo mejor que podía hacer para entrar en calor era caminar. Ya había hecho varias millas cuando el sol finalment se levantó desde el mar. El había visto eso muchas veces, pero siempre gozaba de cómo el paisaje, gris y pesado hasta ese momento, se inundaba repentinamente de vívidos colores. Se detuvo, contempló y escuchó a los pájaros que en ese momento le brindaban un frenético concierto. Luego prosiguió, admirándose a medida que caminaba. Cuánta belleza le podía brindar la luz del sol. Un aldeano que guiaba una carreta tirada por bueyes se aproximaba. Tommasso lo saludó y el aldeano le contestó el saludo. El niño miró dentro de la carreta lechugas, tomates, frutas Se alejó y siguió su camino. Un poco más adelante empezó a sentir calor, y luego más. Ese iba a ser un día caluroso. Se detuvo, se quitó el exceso de ropas e hizo su atado tal como el día anterior. Pero era más chico, con tan poco alimento que le quedaba. Siguó andando. Con el intenso calor del mediodía, llegó hasta la orilla de un rio. Por supuesto no podía ser el Tronto, pero estaba progresando. Se detuvo en la orilla. No había puente, de modo que tenía que vadearlo. Se quitó los zapatos, esperando que los pantalones fueran lo suficientemente cortos como para permanecer secos. El agua fría se sentía maravillosa bañando sus cansados pies. Se echó su atado al hombro, tomó los zapatos en la mano y se metió al agua. El río era poco profundo, con un nivel de agua que le llegaba algo bajo las rodillas. Tommasso se rió. Había esperado algo más. Se sentó sobre una roca, se puso los zapatos, y luego vió que aguas abajo el rio formaba una especie de poza. Había avanzado bastante, tenía tiempo, hacía calor, de modo que se fue hacia la poza. Halló un lugar escondido del camino, y se desvistió. Puso su cartera de cuero con sus tesoros bajo una piedra, de modo que el viento no se la levantara, y se tiró al agua. La gozó como un rey. No se podía parar en el medio de la poza. Nadó por toda ella un par de veces, luego se volvió de espaldas, con casi toda su cabeza en el agua, y flotó inmóvil. El sol brillaba sobre su cara. Podría haberse quedado allí para siempre. Ahora, luego de algunas brazadas, volvió a su posición de flotación primitiva, o de otro modo se habría ido con los ojos cerrados. Después de un rato nadó hacia la orilla, salió y se secó al sol. Se miró su cuerpo. Raras veces podía permanecer desnudo a pleno sol. En Ortona a la gente no le habría gustado. Gozó con la idea de que llegara alguien de Ortona y lo viera. Ahora era libre, y no tenía por qué seguir sus mandatos. Pero nadie llegó, y Tommasso comió el resto de su alimento mientras aún estaba desnudo, y luego se vistió de nuevo. Ahora se sentía fresco y limpio, una sensación que no había sentido en más de una semana. La última vez que había tomado un baño había sido cuando su madre aún estaba viva. Se sorbió una lágrima, y se esforzó por superarlo. Colgó su cartera en torno a su cuello, cogió su atado, el que ahora era aún más chico, y reanudó su viaje. La tarde lo encontró entrando a un pequeño pueblo, cansado y hambriento como un león. Había unas pocas casas, una posada y una pequeña capilla. ¿Y ahora qué? Necesitaba algo para comer o se desmayaría. De modo que reunió todo su valor y entró a la posada. Tres hombres estaban sentados junto a una mesa jugando cartas y bebiendo. Otro estaba comiendo. La barriga de Tommasso le dolía cada vez más. El dueño del local, sentado tras un mostrador, miraba descuidadaamente a su alrededor. El niño se le aproximó. "Señor, por favor, ¿podría darme algo de comida a cambio de trabajo? no tengo dinero." El hombre escrutó a Tommasso de pies a cabeza, y luego se rió. "¿Qué clase de trabajo podría hacer un pajarraco flaco como tú?" "Puedo lavar los platos, limpiar el establo, atender los caballos " Tommaso se preguntó si debería intentar su último recurso, y luego decidió hacerlo. "Y también puedo cantar para sus clientes." Ahora el posadero se rió aún más fuerte, y respondió: "Niño, puedo lavar los platos yo mismo, el establo está limpio, los caballos se cuidan solos, y no creo que nadie quiera escuchar a un muchacho cantando aquí", y luego alzó la voz "Ahora, ¡FUERA DE AQUÍ!" Tommasso retrocedió temeroso de ese hombre, dijo "lo siento, señor" y se dirigió a la puerta. Pero entonces el hombre que estaba comiendo exclamó ¿qué pasa allí?" "Un vagabundo mendigando comida. Sólo eso, señor Campolieto. Ya se va." Y dirigiéndose a Tommasso, "¿qué haces ahí, niño? ¡FUERA, te dije!" El posadero se acercó a Tommasso que entró en pánico y corrió por la sala tan rápido como le permitían sus piernas. Pero Campolieto alzó la voz. "¡Alto ahí!, ¡niño, ven acá! ¡Este hombre no te tocará". Tommasso se detuvo, miró, y realmente el hombre pareció obedecer la orden de su cliente. De modo que se acercó a la mesa de su salvador. "Siéntate, niño" le dijo. "¿Cuál es tu nombre?" "Tommasso Pinetti, señor" respondió en voz baja. "Yo soy Gaetano Campolieto. ¿Realmente estabas mendigando comida?". "No, señor. Yo estaba pidiendo comida a cambio de trabajo. Me ofrecí a lavar los platos, limpiar el establo, atender los caballos, y cantar." "¿Eres cantante?" "Bueno, no uno real, pero yo cantaba en el coro de la iglesia de mi pueblo, de modo que pensé que podría hacer buen uso de eso." El hombre se rió. "Pareces ser un muchachito muy brillante. Tommasso, pero aquí la gente es pobre, incluso hasta el dueño de este lugar. De modo que debes entender que no puede darte nada." Tommasso asintió. Eso ya estaba bastante clarificado. "¿Tienes hambre?" ¡Vaya una pregunta! "Mucha hambre, señor." El hombre hizo una pausa. Luego le propuso, "Tommaso, si estás de acuerdo en ser mi sirviente por esta noche, te daré alimento y podrás pasar la noche en mi pieza. ¿estás de acuerdo? " Los ojos de Tommasso brillaron. "¡Sí, señor Campolieto, y muchas gracias! ¡Usted me ha salvado!" Campolieto le dio la mano, y el niño la tomó. Un fuerte apretón de manos cerró el trato. "Mesonero, este niño está conmigo" exclamó Campolieto, "sírvale una comida como la mía". Tommasso no podía creerlo. ¡Era un gran bife con salsa y ensalada! "Muy bien, señor", dijo el mesonero. "¿Con vino tinto, como el de usted?" Campolieto se volvió a Tommasso. "¿Bebes vino?" "No muy a menudo, señor" replicó el niño, En realidad, sólo unas pocas veces había llegado a probar el vino. Campolieto ordenó. "Sí, dale un poco de vino, pero con bastante agua." "Muy bien, señor." Tommasso sonrió. ¡Cómo había cambiado la actitud del posadero! Después de una muy buena cena, Tommasso se sintió feliz y ansioso de servir a su nuevo amigo. "Subamos," dijo Campolieto. "He alquilado una habitación aquí para pasar la noche." "¿Usted también va de viaje, señor?" "Sólo llámame Gaetano. Sí, voy de regreso a casa. Aún me quedan tres días de viaje. Y he pasado los últimos diez día al lomo de mi caballo. Tengo el poto hinchado por eso." Tommasso se rió. "Entonces usted viene de lejos" dijo. "Estaba en Venecia. ¿Sabes dónde está eso? Tommasso tenía una vaga idea. "Creo que está en la costa, bastante lejos de aquí. Esa es una ciudad que está construida en el agua, ¿verdad?" "Muy bien, Tommasso. Sí, esa es. Es muy hermosa. Y allí se encuentran los mejores artistas del mundo. Si quieres ver las mejores pinturas, ve allí. Y si quieres oir realmente la mejor música, que nadie aquí conoce, ve allí y asiste a un concierto con obras del señor Monteverdi, o de Gabrieli. Ellos eran verdaderos maestros de su arte." Tommasso tomó nota mentalmente. "¿Puedo preguntarle, señor señor Gaetano, si acaso usted es también músico?" Campolietto se rió. "No, niño, desafortunadamente no. Yo sólo soy un granjero, y nada más. Pero vivo cerca de aquí en Campolieto, sí, igual que mi nombre. Campolieto es sólo mi granja y tres casas. Ni siquiera hay coro de iglesia aquí. Y a mi me encantan las artes, sea música, pintura, escultura, o lo que sea. De modo que una vez al año, yo viajo a Venecia donde me quedo por un mes visitando pintores, asistiendo a conciertos, y cosas así." ¡Qué manera de vivir!, pensó Tommasso. "Eso debe costarle mucho dinero, señor." dijo. "Claro que sí. Cuesta bastante. Pero vale la pena. Mira Tommasso, yo no tengo familia, de modo que tengo pocos gastos. Y mi granja es bastante grande, de modo que empleo cinco hombres que hacen la mayor parte del trabajo. Gano lo suficiente para vivir bastante bien, y a menos que las cosechas sean particularmente pobres, puedo mantener mi viaje anual a Venecia. Mientras charlaban, habían llegado a la pieza de Campolieto. Tommasso miró a su alrededor. Carecía de adornos pero estaba limpia, tal como lo debe ser una pieza que se arriende. Por supuesto había sólo una cama, puesto que el Sr. Campolieto viajaba solo. El dormiría en el piso, lo cual era bastante mejor que dormir en el húmedo terreno de la noche anterior. El hombre desabotonó su camisa, y se sentó en la única silla de la pieza. "¿Puedo ayudarlo en algo, señor?" ¿Quizá tenga usted algo de ropa sucia que yo pueda lavar para usted?" Tommasso se sentía inútil así parado en medio de la pieza. Pero Campolieto se rió. "Deja esas tonteras, muchacho, desvístete ahora y métete en la cama" Tommasso no entendió. "Pero la cama es suya, señor, y usted dijo que yo debería ser sus sirviente por esta noche." Campolieto se rió ahora más fuerte. "Eres grandioso, Tommasso. Deberías ser actor. Pero ahora, termina el espectáculo y desvístete. Tommasso se estaba desesperando ahora, ¿este hombre estaba loco, o qué? ¿O es que era un cirujano y había captado lo que Tommasso buscaba con ese viaje, para hacer que sucediera más rápido? ¡No, nada que ver! ¡Eso no podía ser! Pero realmento no tenía idea de qué era lo que quería Campolieto. Se obligó a mantener la calma, y preguntó. "Sr. Campolieto," "dime Gaetano, es más fácil." "Bien, Gaetano, realmente no entiendo lo que quiere usted. Usted me dijo que fuera su sirviente por esta noche, y ahora quiere que me meta en la cama sin haberle servido en nada." Campolieto se puso serio. "Tommasso, parece que no has entendido. ¿Sabes qué significa realmente para un niño el ser sirviente por una noche?" Tommasso pensó. "Supongo que significa el hacer todos esos pequeños trabajos, tal como el lavar la ropa, encender las velas, vaciar los utensilios de aseo, llevar agua, y cosas así." Ahora Campolieto se desternilló de la risa. Tommasso se sentía muy alocado. Algo estaba terriblemente equivocado aquí. Cuando el hombre terminó de reirse, explicó. "Tommasso, el ser el sirviente de un hombre significa mucho más que eso. Pensé que estabas acostumbrado a esa clase de servicio, pero veo que no es así. Esto involucra servicios personales, tal como el acariciar, masajear, y algo más. Y eso se hace en la cama. ¿Harías eso para mi? El sólo pensarlo horrorizó a Tommasso. El estar en la cama con un hombre desnudo, estando también desnudo, ¿Y hacer esas cosas?. "¡No, por favor!" fueron las únicas palabras que atinó a decir. Campolieto miró al aterrado niño, y lo pensó con calma. "Cálmate, niño. No te forzaré a ello. Creo que he perdido." Tommasso respiró aliviado. "Pero, ¿quizá quisieras hacerme otro servicio?" ¿Qué opción tenía? Le había dado la mano a ese hombre. "Lo que usted diga, señor, en tanto no sea servicio personal." Campolieto sonrió. "Bueno, el asunto es que he estado tomando algunas lecciones de los pimtores de Venecia. ¿Podrías permanecer quieto por una hora o algo así, mientras yo tomo algunos dibujos?" Eso sí que era fácil. "Por supuesto, eso no es problema, señor" Campolietto se rió. "Llámame Gaetano, incluso aun cuando no quieras ir a la cama conmigo." Luego agregó: "pero quiero que poses desnudo." Tommasso sopesó la situación. No era correcto que un niño se mostrara desnudo delante de un hombre que tenía un extraño comportamiento. Pero, él nunca volvería a ver a este hombre, de modo que ¿qué daño podría hacerle? Aceptó. Se quitó sus ropas, vergonzosamente escondido tras la silla mientras Campolietto desempacaba sus útiles de dibujo. Armó un atril, sacó un gran papel de un rollo y lo instaló en el atril, aparecieron varios pinceles de diversos tamaños y formas, una barra de carboncillo y algunos envases de acuarelas. Tomasso miraba asombrado. "¿Cómo lleva usted todas estas cosas, señor? El hombre sonrió ligeramente. "Tengo un caballo de carga, niño. Todavía tengo que aprender a viajar con menos equipaje." Terminó de acomodar todo, y luego le ordenó a Tommasso que saliera desde detrás de la silla. Tommasso se abochornó, y caminó hacia el lugar que se le señalaba, tratando de aparecer tan modesto como fuera posible. Campolietto se acercó, le tomó el brazo izquierdo, y suavemente lo llevó a la posición que él quería, levantó el mentón del niño, y luego con ambas manos enderezó sus hombros. Tommasso comprendió de inmediato, y se comportó como un figurín de cera, manteniendo la pose en que el hombre lo estaba colocando. En esa pose no podía mirar hacia abajo. Miró la pared, la ventana, la cual estaba totalmente oscura. Tres velas daban su amarillenta luz desde el candelabro hacia la pared. "Mueve tu pie derecho hacia delante" se le dijo, y así lo hizo. "Hunde la barriga no, no es necesario. ¡no tienes barriga de la cual hablar! Tommasso se rió. El sabía que era delgado. Entonces sintió un tirón en sus bolas. "¡Ouch!" dijo. "Ahora se ven bien," dijo Campolieto satisfecho. Sólo una cosa faltaba. Pasó su mano por el pelo de Tommasso hasta que estuvo suave y brillante. Se paró delante. "Muchacho, ¡eres realmente bello! dijo. Esta frase sacudió a Tommasso. ¡Repentinamente entendió lo que quería decirle el cura cuando lo previno contra los hombres que le dijeran que era bello! ¡El Padre Giuseppe sabía de cosas como el de los servicios privados nocturnos a hombres solos! Ahora él también podía entender por qué el sacerdote no podía tenerlo en su casa sin provocar sospechas. ¡Qué mundo siniestro! Tommasso lo odió. Mientras Campolieto dibujaba al niño, súbitamente le preguntó. "Ahora, dime quién eres y qué es lo que haces aquí, jovencito. Eres músico ¿verdad? ¿Dijiste que cantabas en el coro de tu iglesia? Mientras mantenía su incómoda pose, Tommasso le contó toda su historia, la muerte de su familia, y la pobreza en que estaban, y de cómo iba a Norcia a visitar a una tia. Campolieto le escuchó con atención. "Tommasso, ¿querrías cantar algo par mi?" "Será un placer, señor, Gaetano. ¿Ahora mismo?" "Sí" "Pero tengo que dejar esta pose si debo cantar." Campolieto se rió. "Hazlo, pero luego terminaremos la pintura" Aliviado, Tommasso retomó su postura habitual y le preguntó qué le gustaría que cantara. "Cualquier cosa que demuestre tu voz. Algo que la lleve muy alto y también muy bajo. ¡Nuéstrame lo que puedes hacer!" Esa sí que era una invitación que a Tommaso le gustaba. Cantó una escala para tomar el tono, y luego cantó un aria tomada del Magnificat en español, que era precisamente adecuada para mejor mostrar su voz. La sala algo pequeña no le ayudaba, pero aún así fue un placer cantar esa pieza. Adornó la música a su gusto. Ahora le importó un comino el estar desnudo frente a un desconocido. Este hombre entendía de música. Eso lo podía ver. El aria no era larga, quizá tres minutos, pero cuando Tommasso terminó, Campolieto se quedó en silencio por largo rato. Luego dijo suavemente. "Tommasso, eso es mejor que cualquier cosa que pudieras haber hecho para mi en la cama. Esto solo paga tu comida y mucho más." Eso hizo que Tommasso se sintiera mucho mejor. Sonrió, y volvió a su pose de modelo, incluso empujando sus bolas hacia delante, de modo que el hombre no las tironeara de nuevo. Campolieto reanudó el dibujo, pero no en silencio. "Ahora, dime la verdad, Tommasso. Esa tia en Norcia no existe, ¿verdad?" El niño se sintió descubierto. Ahora no supo qué decir. Pero Campolieto continuó. "Norcia es famosa por dos cosas, sus cerdos y sus cirujanos." Se puso de pie, y tomó a Tommaso por el brazo. Lo miró a la cara, y le dijo "Y ahora no pienso que querrás hacerme creer que vas allí por los cerdos." Después de una larga pausa, Tommasso cedió. "¿Cómo es que lee mi mente, Gaetano? Creí que lo de mi tia en Norcia sonaba bastante real. Campolieto se rió y palmoteó a Tommasso en la epalda. "¡Te felicito,niño! ¡Harás una gran carrera como castrato, créeme! ¡Es lo mejor que puedes hacer con la voz que tienes! ¡Todo lo demás no importa! Pero volviendo a nuestro asunto, un niño con una voz tan fabulosa que viaja a Norcia lo delata todo. Si quieres mantener tu secreto, tienes que encontrar otra historia. Dile a todos que vas a Serravalle. Está cerca de Norcia, el camino es el mismo, pero Serravalle no tiene la fama de Norcia". Se rió. "Gracias" dijo Tommasso. La tía viviría ahora en Serravalle. Serravalle. No lo olvidaría. Serravalle. Campolieto trazó varios dibujos del desnudo niño. Incluo coloreó una de ellas. "Puedo hacer las otras después" dijo. Tommasso miró la acuarela. Campolieto había pintado con acuarela un paisaje en torno a ella, de memoria, con una caida de agua, árboles, nubes Se veía bello, salvo por su propia figura. Casi se devolvió a preguntar "Gaetano, ¿por qué soy tan feo? pero luego decidió mantener la boca cerrada. Esa pregunta podría acarrearle cosas desagradables. Y quizá, después de todo, él no fuera tan feo como le parecía. ¡Cómo si le importara! Sólo lo felicitó por la buena pintura. Poco depués ambos se fueron a dormir. Campolieto en la cama, y Tommasso, completamente vestido, en el piso. Cuando el niño se despertó, oyó el raspar del carboncillo sobre el papel. Se mantuvo silencioso, y muy lentamente abrió un ojo, sólo apenas. Vio a Campolieto ocupado dibujando, mirándolo, dibujando, mirando, dibujando. Después que el hombre hubo dado la siguiente mirada, Tommasso empujó su lengua fuera de su boca, apretándola tanto como pudo, haciendo al mismo tiempo una mueca. Campolieto lo miró, dibujó, miró y súbitamente notó el cambio. Se desternilló de la risa. "¡Quédate así! ¡Se ve grandioso! Frotó más rápido el carboncillo por sobre el papel. Luego de un rato ,Campolieto quedó satisfecho con su trabajo. "¡Listo!" dijo. Tommasso abrió ahora completamente los ojos, los dejó acomodarse al brillo de la luz del día que entraba por la ventana ¿Qué tan tarde era ya?" ¡demasiado tarde, en todo caso! Se puso de pié, estiró sus miembros, sintió el refrescante dolorcillo. Sus huesos debían haber crecido otro poco durante la noche. Miró los papeles de Campolieto. ¡El hombre había estado bastante productivo! Había dibujos de él durmiendo, visto dede diferentes ángulos, algunos dibujos sólo de la cara, y una pintura coloreada de toda la escena de la pieza, incuyendo los útiles de dibujo. Eso si que era grandioso. "¿Cuánto rato ha estado dibujando esta mañana, Gaetano?" preguntó. El hombre se rió. "No puedo dormir mucho. Estoy en pie por lo menos desde hace tres horas." Tommasso miró los dibujos. Estaban los del día anterior, que lo mostraban desnudo. Le gustaron mucho más los de él durmiendo en el piso. "¿Qué es lo que más le gusta de mí, Gaetano?" preguntó, e inmediatamente se arrepintió. Pero Campolieto no se molestó. "Te lo dije ayer, Tommaso. Eres hermoso. Tu cara, la forma de tu cuerpo, el modo como tu pelo se agita cuando mueves la cabeza, " Tommasso sintió como si fuera a correr, pero se mantuvo controlado. "Gaetano, ¿no se supone que a los hombres les gusten las mujeres? es extraño que a usted le guste mirarme, dibujarme veintidós veces, y pedirme que me acueste con usted. Al comienzo el hombre no respondió. Luego, en voz muy baja, dijo: "Tommasso, tienes razón. Se supone que a los hombres les gusten las mujeres. Pero a algunos no, ¡y ellos no lo pueden evitar!" Luego de un rato de tenso silencio durante el cual Tommasso trató de entender sin conseguirlo y decidió tenerlo en cuenta, Campolieto se puso más práctico. "Tommasso, en diez años más, cuando tú seas un famoso cantante castrato que canta en los mejores teatros de Roma, Nápoles, Venecia y Milán, te preguntarás ¿cómo me veía yo cuando era un niño, antes de venir a Norcia? De modo que hice esto para ti. Mantenlo como un presente de este viejo loco" Y le pasó una pequeña pintura. Tommasso la tomó, y la miró. Era una pintura de él, a todo color, desnudo, de pié junto a un río, con la mirada fija en un pájaro que volaba por el cielo. Evidentemente era la pose que había tenido por la noche, pero el paisaje con los pájaros era nuevo, y se veía grandioso. La pintura estaba confeccionada cuidadosamente, se podía ver cada detalle, desde las plumas de los pájaros hasta el pelo del niño y las hojas de los árboles. A Tommasso le gustó mucho. "¿Cómo hizo usted ésto? preguntó intrigado. El pintor se rió. "Es muy fácil. Copié tu cuerpo de uno de los dibujos más grandes de ayer, y luego agregué el paisaje de memoria. Dibujar los árboles y los pájaros es fácil. Sólo para dibujar a las personas necesito el modelo" Tommasso se quedó mirando la pintura. Le estaba empezando a gustar la vista de si mismo. ¡Incluso el estar desnudo no le molestaba tanto en ese paisaje! Gaetano tenía razón. Este sería un buen recordatorio de cómo se veía él ahora. Sus dos bolas se podíam ver claramente, colgando más bajo que lo normal. ¡Efecto del tironeo del hombre antes de empezar a dibujar! Lo llamaría 'el efecto ouch' Se rió. Con mucho cuidado, Tommasso dobló la pintura por la mitad. De otro modo no habría cabido en su cartera de cuero. Guardó el pequeño tesoro. Pronto bajarían a desayunar, y luego llegaría el momento de continuar su viaje. Se le proveyó con alimento para un dia, un gran abrazo del cual habría querido escapar, todos los buenos deseos, y ¡un ducado! ¡Una moneda hecha de oro de verdad! Campolieto le dijo que le traería buena suerte. Pero a los ojos de Tommasso era una fortuna que no podría gastar. ¡La consideró el comienzo de su incipiente prosperidad!. Mientras caminaba por el camino, lentamente el niño reflexionaba sobre su aventura. Se sentía feliz ahora, fuera de peligro. ¡Extraño hombre! Era difícil decir si era loco, malo, bueno, especial, o qué cosa. Pero a fin de cuentas todo había resultado bien, y había conseguido una pintura de sí mismo y un ducado ¡por nada! Por la tarde empezó a preguntar a la gente qué tan lejos estaba el río Tronto. Recibió diferentes respuestas, y pronto se dio cuenta que la gente que caminaba tendía a decir una cosa, en tanto que los que iban a caballo encontraban el camino mucho más corto. Luego promedió lo que los caminantes le decían. Quizá pudiera hacerlo el mismo día. Al caer la tarde llegó finalmente a un rio qie parecía como si fuera el Tronto. Esperó. ¿Debería seguir rio arriba? Luego de un rato apareció una mujer por el camino. La saludó y le preguntó si era el Tronto. "No, niño. Este es el Tordino. Te falta un dia o algo así para llegar al Tronto. Pero ¿para qué vas tú hacia allá? Tragándose su desaliento, Tommasso le contó la historia de su tia en ¡Serravalle! ¡casi lo olvidó! Pero la historia funcionó. La mujer le deseó un buen viaje, y le dijo. "Quédate en Giulia este noche. Hay gente buena allí, y no hay otro pueblo por muchas horas más." ¡Esa era una buena advertencia! Luego, la mujer se fue. ¡Ni una sospecha!. Casi una hora más tarde llegó a un pueblo. Era el conjunto habitual de unas pocas casas, una iglesia y no mucho más. Pero de algún modo respiraba paz. A Tomaso le gustó. Parecía realmente que allí viviera gente buena. Al pasar junto a la iglesia, súbitamente pensó que le debía a Dios algunos agradecimientos por el éxito de su viaje tan lejano. Entró, se arrodillo y oró silenciosamente. Luego se puso de pie y miró a su alrededor. Era una iglesia vacía. No se veía órgano. Y no había nadie salvo él. Pero había varias velas encendidas. Evientemente la gente iba a ella. Tommasso sintió la urgencia de cantar. ¡Y él sabía positivamente que tenía que hacerlo! Si dejaba de cantar por demasiado tiempo, su voz se volvería rasposa, ¿y entonces qué? De modo que se aseguró que no hubiera nadie cerca, y comenzó su propio recital privado. Su voz se portó como era debido, y él la gozó. Tenía sus dudas acerca de ciertas declaraciones respecto de su supuesta belleza, pero para su fuero interno sabía muy bien que respecto a su voz, no tenía nada que temer. Cantó una buena parte de su repertorio, ¡y notó que la iglesia resonaba con su voz! Esto le dio más confianza, y finalmente dejó salir todo lo que tenía en su garganta. Cerró sus ojos y escuchó los diversos ecos separados que provenían de diferentes áreas del edificio. ¡Se sintió en paz con el mundo que estaba tan lleno de belleza! Mantuvo sus ojos cerrados y continuó cantando una obra tras otra. Estaba por acabársele la música, aunque había dejado el solo del Magnificat para el final. Hizo una corta pausa, y se lanzó. ¡Si él tuviera que cantar algo de su elección en un examen de admisión, habría cantado esto! ¡Era tan poderosa! Cuando terminó, gozó por un momento del silencio, y luego abrió de nuevo sus ojos, listo para volver a las cosas mundanas, tales como el conseguir alimento y dónde pasar la noche, y al hacerlo, se encontró con una sorpresa. ¡La iglesia ya no estaba vacía! Cerca de veinte personas estaban allí, sentadas o de pie, incluyendo un sacerdote, mirándolo. Y él estaba de pie junto al altar, haciendo un mal uso de la casa sagrada para sus prácticas de canto! ¡Qué desbarajuste! Profundamente avergonzado, recogió su atado y salió al pasillo, pero el sacerdote se le pudo por delante deteniéndolo. ¡Muchacho, eso es celestial! ¡Por favor, quédate un rato con nosotros! ¡Bienvenido a Giulia! Tommasso se quedó estático. Era la hora de la misa vespertina, y Tommasso habia hecho que empezara tarde. Pero nadie lo objetó. Después de la misa, que duró hasta cuando ya estaba oscuro, la mayoría de la gente se congregó en torno a él. Tuvo que decirles su nombre, que de dónde habia venido, que dónde vivía, y dónde había aprendido a cantar. Se sorprendieron al saber que su única escuela de canto había sido el coro de la iglesia de un pequeño pueblo. Trataron de convencerlo que se quedara más tiempo en el lugar. Tommasso, por mucho que le hubiera gustado eso, no aceptó. "¡Pero de seguro querrás quedarte por lo menos esta noche!" dijo alguien. Lo que siguió fue la invitación de tres personas diferentes para que se quedara en sus casas. No supo qué hacer en esa situación, pero el sacerdote se dio cuenta, y con una sonrisa, lo decidió todo. Tommasso fue hospedado por una familia con cinco niños, en una casa amplia y limpia. Tuvo una cama cálida para esa noche, buena comida ¡Sólo si la vida pudiera ser así todo el tiempo! Realmente consideró que debía dejar de lado sus planes y quedarse en Giulia, pero no podía ser. Estaba muy claro que era su voz la que le había ganado este trato. Ya tenía doce años. Su voz requería atención urgente, o se desvanecería. ¿Y qué sería él sin su voz? Un muchacho flaco, enfermizo e inútil. Nadie querría eso. Tenía que apresurarse a Norcia. Le costó dejar Giulia. Tuvo que prometerle a todos que regresaría pronto, y se quedaría por más tiempo. Pero tuvo que irse hacia el río Tronto. En sus pies tenía ampollas, de modo que en algunos lugares tuvo que dejar el camino y caminar por la playa, descalzo. Se sentía bien, pero en la arena no podía progresar mucho. Finalmente se puso de nuevo sus zapatos, con ampollas y todo, apretó los dientes, y siguió andando tan rápido como podía. ¡Y finalmente llegó al río Tronto antes que terminara el día! ¡Por fin! Esto era casi la mitad de su viaje. Cuatro días. Probablemente le tomaría otros cuatro hasta Norcia. ¿Estarían tan llenos de aventuras como los primeros cuatro? ¿Y qué pasaría al llegar a Norcia? Norcia. Ese nombre le estaba empezando a tomar un sonido especial en sus oídos. No halló ninguna otra ciudad donde pasar la noche. Tuvo que acampar de nuevo a cielo abierto. Eso estaba bien. ¡Podía pasar otra noche bajo las estrellas! Pero Dios escogió castigarlo por su exceso de confianza en su suerte. Esa noche, mientras estaba acostado bajo unos árboles cerca de la ribera del río, empezaron a caer algunos goterones. Y luego más. ¡Y luego de un rato estaba lloviendo como en pleno invierno! Tommasso pronto quedó empapado hasta los huesos, y tiritaba de frío. Habría tratado de hallar un lugar más seco, pero la oscuridad era total. Gruesas gotas caían del árbol, pero en este momento el niño ya no podía estar más mojado. Debería haberse quedado con las buenas gentes de Giulia hasta que pasara el mal tiempo, pero ya era demaiado tarde. Se aseguró de que la cartera estuviera bien cerrada, de modo que por lo menos sus tesoros de adentro permanecieran secos, y luego se concentró en dominar la sensación de frío. Activamente trató de no tiritar. Una gruesa gota cayó sobre su oreja izquierda, ¡bang! ¡Eso fué fuerte! Se la sacudió, cubrió su cabeza con sus manos y trató de dormir. Era una desagradable noche. El niño se levantó con la primera luz del alba. Aún llovía intermitentemente. Para su desayuno tenía fruta y pan que los de Giulia le habían dado, pero el pan estaba mojado con la lluvia y sabía terrible. Por lo menos estaba blando. Trató de sonreir pese a estar medio congelado, y luego comenzó a andar ¡río arriba! ¡Ese era el camino a Norcia! Las ropa mojadas estaban pesadas, y sus miembros le dolían. También le dolía la cabeza, pero después de un rato se le pasó. Por lo menos estaba entrando algo en calor. La peor parte eran sus pies. Las ampollas se estaban convirtiendo en heridas. La senda junto al rio iba ligeramente en subida. Gran cantidad de pájaros vivían a lo largo del Tronto. Poca gente, pero muy amistosa. En realidad tan amistosa que al mediodía fue invitado por un gran conjunto de viajantes a compartir su almuerzo. El se alegró, y lo agradeció con una canción al aire libre. Después de terminar, un viejo huzo un gesto señalando los cerros y preguntó sólo una palabra "¿Norcia?" A Tomasso ya le estaba claro que en la comarca todos conocían la reputación de la ciudad. Pero la descartó cuando respondiendo "No, Serravalle" El hombre repuso. "Bien por ti. Pero para llegar a Serravalle tienes que pasar por Norcia. Ten cuidado. Norcia es peligrosa para niños como tú" ¡Esa era un alma buena! Tommasso se guardó para si la verdad. Habiendo partido tan tarde, caminó un largo trecho ese día. Al atardecer llegó a una gran ciudad. Parecía apropiada para probar su suerte como cantor callejero por primera vez. Encontró una esquina que le daba algo de eco y, cansado como estaba, empezó a practicar sus canciones. Pronto la gente se empezó a congregar en torno a él. Mientras más gente llegaba, más fuerte cantaba. Luego se detuvo, y a falta de un sombrero, tomó uno de sus zapatos en su mano, y lo pasó ante la gente. Algunos se rieron, otros se marcharon rápidamente, pero unos pocos le dieron una o dos monedas. Lo repitió varias veces hasta que ya no llegó más gente. Ya no podía ordeñar a las mismas personas, de modo que lo consideró un día. La mayor parte de la gente que quedaba se fué, salvo unos pocos que eran los más interesados, y que le preguntaron las mismas cosas usuales. Pero en esta gran ciudad la gente no era tan amigable como en Giulia. Bueno, hasta ahora ningún lugar había estado a la altura de Giulia en cuanto a amistad. Tommasso contó su dinero. ¡Alcanzaba casi a dos ducados! ¡Había casi triplicado sus ganancias!. Lo suficiente como para gastar algo en comida. Se compró una comida caliente en una posada, y cuando preguntó cuánto le costaría dormir en el establo de la posada, para su sorpresa se le permitió dormir gratis. Gozó de una cálida, aunque maloliente noche entre los caballos. A la siguiente mañana casi no podía tenerse en pie del dolor de cabeza. Se sentía realmente enfermo. Pero no tenía elección. Tenía que seguir su viaje. Se quedó sobre el heno sólo un minuto, y otro, y otro hasta que varios hombres llegaron a recoger sus caballos. Tommasso saltó y se limpió la modorra de sus ojos, y luego saludó a los caballeros. Se siguieron las preguntas usuales. Cuando supieron que el iño iba hacia Serravalle, uno de ellos le dijo: "El camino se pone pesado de ese modo. Es mejor cabalgar que caminar. ¿Quieres venir con nosotros? Nosotros vamos a Roma." ¡Roma! Tommaso se confundió. "Pero yo necesito ir a Serravalle primero. Sólo más adelante iré a Roma!" Ls hombres se rieron. "¡Tonto! ¡Ya lo sé! ¡Es el mismo camino! Puedes venir con nosotros justo hasta el cruce. Te costaría dos dias de caminata, si no más". Esta oferta no era como para dejarla de lado. Tommaso se fue con ellos. Tenían varios caballos de reemplazo, de modo que el niño tuvo el suyo, y gozó como rey de la cabalgata. Incluso olvidó su dolor de cabeza, pero no pudo agradecer en su forma usual. Estaba tan ronco que no hubo modo de cantar. Apenas podía hablar. Por lo menos ésto tenía la ventaja de que nadie sospechaba que su destino real era Norcia, y aún más, para qué iba él allí. A media tarde llegaron al lugar en que el sendero montañés a Norcia se separaba del camino principal. ¡Tommasso estaba tan agradecido! Esto le había cambiado dos días de caminata cerro arriba, por algunas horas de alegre cabalgata. ¡Y sus pies también estaban agradecidos! Pero se masajeó sus posaderas. La montura no había sido la más cómoda. Hizo un gesto, pensando en el señor Campolieto montado continuamente por dos semanas en una cosa así. El niño caminó y caminó. La huella giraba hacia delante y atrás. Ningún camino es siempre recto, pero éste era especialmente retorcido. Pensó en tomar atajos, pero en el espeso boscaje y empinada pendiente, pronto se dio cuenta que lo mejor que podía hacer era seguir la senda transitable. Pobre viajante, pensó. No sólo era la huella tortuosa y empinada, sino también solitaria. A esa hora ya estaba oscureciendo, y no había visto a nadie. Por supuesto, ninguna casa ni ciudad. Y no tenía alimentos. Había confiado en conseguir, o quizá comprar algo de comida, pero ahora se dio cuenta que ese era terreno montañoso, donde no vivía nadie. Y se estaba poniendo tan frío allí, que empezó a tiritar aún mientras caminaba. Estaba en problemas y lo sabía. Tommasso caminó hasta que el día acabó compleamente. Hambriento como estaba, se atiborró de agua de una quebrada, la única cosa que podía hacer. No había visto fresas silvestres ni nada parecido por todo el trayecto, de modo que era inútil tratar de buscarlas ahora. Entonces se preparó para dormir. Tomó algunas ramas de los árboles y arbustos y con ellas se hizo una especie de cama. Allí se acostó. A pesar de estar infinitamente cansado, no pudo dormir. De nuevo tenía ese molesto dolor de cabeza, y no podía dejar de tiritar. Dudó de si realmente era el resfrío, o si realmente estaba se estaba sintiendo más resfriado de lo que podría estar. De pronto se dio cuenta que no había hablado con nadie desde que dejara a los hombres de los caballos. Probó su voz. ¡Para su desencanto, no pudo emitir ni un sonido! ¡Eso no era por haber cantado en la calle! Estaba enfermo, y bien lo sabía. ¿Qué pasaría si moría allí? ¿Encontraría alguien su cuerpo? Lloró en silencio. Luego mejores pensamientos cruzaron por su mente. Desde aquí no quedaba más que un dia hasta Norcia. Allí sus penurias terminarían. Y este pequeño resfrío no lo mataría. Pero ¿y si no fuera un simple resfrío? ¿O si no encontrara al cirujano? Y de todos modos, ¿cómo se sentiría al ser castrado? ¿Lo haría mañana? ¿o cuándo? Preocupado y entumido, le tomó largo rato el quedarse dormido. Era más bien como perder el conocimiento. Tommasso despertó en la mitad de la noche. Sintió que entraba en calor. Se alegró por ello. Pero su nariz estaba casi completamente cerrada. Trató de limpiarla, pero no hubo caso. Y un poco después se estaba congelando de nuevo. Se paró en la oscuridd, caminó algunos pasos, orinó un poco, se sentó, se metió de nuevo en su cama de hojas y trató de dormir. Entonce ya no se levantó hasta que el sol matinal lo calentó. Se estiró. Se sobó la frente. Se sentía como si alguien se la comprimiera entre dos leños. Respiraba por la boca, puesto que su nariz estaba completamente tapada. Apenas podía hablar y decidió no intentarlo. Sentía su estómago como si fuera a vomitar. Se sentía tan enfermo como puede sentirlo un niño, pero por lo menos era el mismo bicho que sentía por lo menos una vez todos los años. Ya lo conocía. Le duraba unos cuantos días y no lo mataba. Pero lo hacía sentirse mal y tremendamente débil. Tommasso bebió un poco de agua. No lamentó el no tener comida, puesto que no se sentía en condiciones de comer nada. Cogió sus pertenencias y emprendió la marcha. Se sentía débil y le parecía que caminaba haciendo eses. Pero ahora Norcia estaba a su alcance, y estando enfermo la necesitaba más que nunca. Caminó. Sus oídos se cerraron. Era como caminar por un espeso pantano, mirando a través de la niebla, escuchando por entre los chapoteos y respirando por la boca. Sólo su mente estaba clara a pesar del dolor de cabeza. ¡En realidad estaba echando una carrera! Volando de un pensamiento al siguiente, tocando apenas uno antes de pasar al otro. ¿Qué estaría haciendo ahora Luca? ¿Habría encontrado otro buen amigo? ¿Cómo sería el cirujano? ¿Podría castrarlo sin dolor? ¿O por lo menos sin demasiado dolor? ¿Alguna de las escuelas de Roma le daría la tan necesitada beca? ¿Cuántos hombres extraños como el señor Campolieto habría en el mundo, que plantaran trigo, visitaran a los pintores de Venecia, y amaran a los niños? ¿Por qué había gentes en algunas ciudades ordenadamente, y en otras desordenadas y maligna? La condición de semi trance de Tommasso le acortó el trayecto. Y ahora iba cerro abajo. De modo que se quedó muy sorprendido cuando una ciudad apareció en su camino. ¡Esta sólo podía ser Norcia! Su corazón se aceleró. ¡Norcia! Tocó su cartera de cuero con la cartas y otros tesoros. Estaba allí. Siguió caminando. Ahora se sentía mejor. Un poco después caminaba por la ciudad. Era más grande de lo que esperaba. Almacenes, posadas, muchas casas, una grande y hermosa iglesia. Rápidamente entró a la iglesia. ¡Había un órgano! Luego de una rápida y silenciosa plegaria de agradecimiento, salió de nuevo. No había nadie en las calles. De modo que finalmente el niño entró en una carnicería. ¡Tampoco había nadie allí! Pero había una campana, evidentemente para llamar al dueño. Tímidamente Tommasso sacó la voz. Después de un rato, repitió el ejercicio, con un poco menos de timidez. Entonces oyó pasos. Apareció un hombre alto que lo saludó y le preguntó en qué lo podía ayudar. "Perdone que lo moleste, señor. Busco al señor Scorrone. ¿Sabría usted dónde vive él? Tommasso estaba feliz de haber sido capaz de haber tenido algo como una voz. El hombre encaró al niño. "Sí, lo conozco. pero ¿qué quieres tú de él?" Tommasso miró al piso. ¿debería ser directo, honesto, o responder con evasivas? Decidió decirlo. "En realidad no deseo comprar cerdo, señor" El carnicero casi reventó de la risa. "Por de pronto, ese viejo bandido de Scorrone es un barbero. El no tiene cerdo para la venta. Pero si tú vienes por esas otras cosas que él hace, yo también lo puedo hacer. Todos cobramos igual aquí en Norcia." Tommasso escuchaba. ¡Tenía una opción aquí! Y de algún modo este alto carnicero parecía inspirarle confianza. Sintió correr un escalofrío por su espalda, imaginándose a este carnicero, cuchillo en mano, buscándole sus bolas "Tengo algo de dinero," dijo. "¿Cuánto cuesta?" La respuesta llegó rápido. "Veinticinco ducados por el tratamiento, incluyendo el hospedaje y la alimentación durante la recuperación. Diez más si lo quieres con opio." Tommasso se quedó con la boca abierta. ¡Veinticinco! ¡Y él tenía apenas algo más de dos! Aún no se había recuperado del golpe, cuando el carnicero prosiguió "Si te place, puedo hacértelo mañana por la noche. Tendrás que estar en ayunas hasta entonces" Tommasso decidió simular ser adinerado. "¿Para qué sirve el opio? ¿Valen la pena los diez ducados extra?" "Es contra el dolor. Con opio no sentirás mucho, sin opio duele." "¿Duele mucho? Tommaso preguntaba con el corazón golpeando fuerte. El carnicero puso cara seria. "Sí, duele bastante sin opio. ¡Algunos muchachos han roto las amarras por el dolor! Es mejor gastar los diez extra." Después de todo ese era su negocio. "¿Cuáles amarras?" "Las que se usan para sujetarlos." Tommasso dejó vagar su mente. Se imaginaba amarrado a alguna estructura, con este hombre cogiendo sus bolas, cortándolas, y él sintiendo un dolor tal que que rompía las cuerdas de desesperación. ¡Terrible! Pero, su dinero no llegaba ni a la décima parte del costo de la operación básica. "Entonces creo que será con opio." dijo. "Pero, ¿puede usted decirme dónde encuentro al señor Scorrone?" El carnicero vio que su negocio se le volaba por la ventana. "¿Alguien te ha dicho quizá que Scorrone lo hace gratis? Eso es verdad, pero sólo si un niño es excepcionalmente bueno." Se rió. "Y tú realmente no suenas como un cantante. ¡Una voz pequeña, ronca! Déjame decirte algo. Quédate con tus cosas de abajo ahí, sé un hombre, y toma algún trabajo honesto. ¡Tú no tienes la voz para ser un castrato decente!" Tommasso quiso decirle que estaba así sólo por su enfermedad, pero luego pensó ¿por qué diantres tendría que decirle a este hombre tal cosa, que siempre sonaba como una débil excusa? De modo que sólo insistió en conseguir indicaciones para la casa de Scorrone. Y las consiguió. Más provisto de conocimientos, fue al lugar indicado. Era una casa simple y sencilla, con una pequeña señal en el frente indicando que Scorrone era un barbero. También estaban indicadas las horas de atención. Dudó. Luego, con su corazón casi explotándole y su estómago empujando, llamó a la puerta. Tommasso oyó pesados pasos que se acercaban hacia la puerta. Respiró profundamente. Luego se abrió la puerta y apareció un hombre grueso y barbudo. El niño preguntó "Buenas tardes, ¿Es usted el señor Scorrone?" El hombre sonrió. "Sí, yo soy Aldo Scorrone, a sus órdenes. ¿De qué se trata? Tommasso también sonrió. Este hombre se veía amable. "Acabo de llegar de Ortona. Tengo una carta para usted." "¿Una carta? No tienes aspecto de cartero." Tommasso sonrió en tanto buscaba hasta hallar la cartera de cuero de debajo de sus ropas, la abría, sacaba la carta correspondiente y se la entregaba al hombre. "Es del señor Antonio Roletto. El fue mi profesor en Ortona." La cara del hombre se iluminó. "¡Tonio!" exclamó. "¡Tanto tiempo sin saber nada de él! ¡Ni siquiera sé dónde vive ahora! ¡Entra niño! ¡Debes estar terriblemente cansado! ¿Has caminado todo el trayecto? Ya se había roto el hielo. Tommasso siguió a Scorrone al interior de la casa. Fue conducido a la barbería, la cual servía además como sala de la casa y oficina. Ahí los dos charlaron un rato intercambiando lo que sabían acerca de Roletto. Scorrone aún tenía la carta en su mano sin abrir, y aún cuando Tommasso ya se estaba sintiendo un poco más relajado, su corazón aún latía más fuerte que lo normal. "¿Por qué no abre la carta?" le sugirió. "¡Buena idea!" rió el barbero. Así lo hizo y se dispuso a leer. Cuando hubo acabado, dejó la carta obre sus rodillas, miró a Tommaso y le preguntó: ¿Es verdad todo esto? Tommasso respondió en voz baja "No lo sé" "¿Queee? ¿No lo sabes? ¡Pero si es acerca de ti! ¡Debes saberlo!" Tommasso sonrió: Yo no sé lo que él escribió, de modo que ¿cómo voy a saber si es verdad? Ahora ambos se rieron. "Léelo, y luego dímelo." dijo Scorrone, pasándole la carta. ¿Sabes leer, supongo? agregó con una mirada inquisitiva al cansado niño. "Por supuesto," respondió Tommasso, y empezó a leer. La primera mitad de la carta eran saludos, memorias de los viejos tiempos en que los dos hombres vivían juntos, y buenos deseos. La segunda mitad era interesante. Ahí Roletto le había escrito acerca de la vida de Tommasso, enfatizando en que era muy pobre. Le describía sus grandes dotes musicales y su voz, en las palabras de Roletto, como 'la voz más promisoria que hubiera escuchado en mi vida', y que Tommasso había aceptado el ser castrado con la esperanza de seguir una carrera de cantante, y que esperaba obtener una beca en Roma. Eso era verdad. La carta terminaba solicitando las habilidades quirúgicas de Scorrone, y rogándole que ayudara al niño tanto como pudiera. Después de leer dos veces las partes relevantes, Tommasso, imitando el modo con que Scorrone dejó caer la carta, dijo "¡Si. Es verdad! Por lo menos él me dijo que le gustaba mucho mi voz" El barbero sacudió su cabeza. "Tommasso, yo soy viejo en esto. Por favor, no me mientas. ¿Realmente QUIERES ser un castrato, o es que ellos te convencieron? Esa era una pregunta difícil. Después de un rato, el niño dijo: "Es difícil decirlo. Ambas cosas son verdad." El barbero le dio una mirada interrogadora, pero no dijo nada. Sólo esperó. De modo que Tommasso se vio en la necesidad de explicarse. Le dijo al hombre que había soñado secretamente con una carrera de cantante castrato, pero aunque el sabía que era el mejor niño cantante del pueblo, siempre pensó que su voz no era lo bastante buena como para eso. Y cómo, luego, de repente, le dijeron que sí tenía la voz, que era posible la castración, ¡y cómo él había aceptado en el acto! El barbero se enjugó una lágrima. "No hay muchos casos como el tuyo, Tommasso. La mayoría de los niños vienen aquí con sentimientos confusos. Por supuesto todo ellos han aceptado la castración. De otro modo yo no lo haría. Pero a menudo yo dudo si honestamente es su propio deseo, o si han sido convencidos para ello. Tommasso saltó. "¡Por lo menos para mí, es honesto! ¡Se lo aseguro!" "¡Cálmate!" sonrió el barbero. "Te creo, pero no es corriente ver casos como el tuyo." Hubo una pausa en la conversación. Tommasso estaba preocupado por un asunto. De modo que tímidamentem preguntó: "Sr. Scorrone, cuánto cobra usted?" El barbero explicó. "Tenemos un precio fijo aquí en Norcia. Todos cobramos 25 ducados por una castración normal, incluyendo el hospedaje y la alimentción durante la recuperación, sin importar cuánto dure." Tommasso vio un obstáculo insalvable que se interponía en su camino. Pero Scorrone continuó: "Ese es el precio para los clientes normales, que pueden pagar. Pero si un niño pobre, llama a mi puerta trayéndome una carta de un viejo amigo, la que me dice que esa es la mejor voz en el mundo o algo así, entonces lo hago gratis" Le sonrió al niño. Al comienzo, Tommasso no podía creer a sus oidos, pero luego saltó, cruzó la sala y abrazó al hombre, riendo y llorando al misno tiempo. Ahora ya no podía hablar. El barbero le palmoteó la espalda, lo sostuvo, sin saber qué hacer ante ese arrebato de emoción. Limpió las lágrimas de las mejillas de Tommasso, y notó lo caliente que se sentía el niño. Palpó la frente de Tommasso con su mano, "Tommasso ¿te sientes bien? Me parece que estás afiebrado." El niño, aún emocionado, no le dio importancia. "No es nada, Sr Scorrone. Sólo un pequeño dolor de cabeza, y estoy un poco ronco. Eso es todo. Creo que es por haber dormido a la intemperie. La noche pasada estuvo realmente muy fría." El barbero lo miró horrorizado. "¿Dormiste a la intemperie, acá arriba en las montaña?" El niño asintió. "¡Eso podría haberte matado!" "Pero desde antes ya me estaba sintiendo enfermo, de modo que la última noche no fue la causa." dijo Tommasso forzando una sonnrisa. Sin esforzarse, Scorrone levantó al niño, y lo sentó en una silla. "Espera aquí," le dijo, y salió de la habitación llamando "¡Maríaaaa,!" ¡Ese nombre estremeció a Tommasso hasta los huesos! ¡El nombre de su madre! Escuchó una voz de mujer que respondía, y un momento más tarde volvió el barbero acompañado de una mujer de agradable aspecto, obviamente su esposa. "María, querida, dime qué te parece la salud de este niño. Tú captas mejor a los muchachos." La mujer lo miró y le dio su primera impresión. "Está totalmente exhausto, a punto de desmayarse y terriblemente sucio." Luego ella también tocó su frente. "Abre la boca, niño" Tommasso obedeció. Ella puso un dedo en su boca presionándole la lengua, "¡Di aaaaaaah!" El niño así lo hizo. El ya sabía el procedimiento. Su madre también solía hacer esto cuando él estaba más chico. También sabía cuál solía ser el resultado de tal procedimiento. ¡Era sentenciado a quedarse en cama! De modo que no le sorprendió cuando la señora declaró: "Y está enfermo. Necesita guardar cama por algunos días". El barbero le contó a su mujer acerca del viaje de Tommasso solo, desde Ortona y que ahora debería quedarse aquí. De modo que deberían hospedarlo por algún tiempo. "Creo que podría usar nuestro cuarto de huéspedes, de modo que el lazareto quede disponible." dijo Scorrone. "¡Pero primero debe darse un baño!" ordenó su mujer. Tommasso permanecía callado mientras sucedía todo esto. No estaba muy contento con la perpectiva de permanecer en cama durnte viarios días. Eso siempre era aburrido. Pero realmente se sentía terrible, y el tener un lugar donde estar, con gente buena, era más de lo que él había esperado. Alguien llamó a la puerta. El barbero fue a abrir, y Tommasso le oyó saludar a alguien que debía ser muy conocido para él. Hablaron un minuto y luego Scorrone regresó. "María, ¿puedes encargarte de Tommasso,? ese viejo bandido de Battiglione quiere que le recorte el cabello. " Tommasso sonrió. ¡Aparentemente en esta ciudad era común referirse a los amigos como bandidos! La Sra. Scorrone estuvo de acuerdo. ¿qué otra cosa podía hacer? pero agregó: "pues dile a ese ladrón que aún te debe los últimos tres cortes de pelo. ¡viejo ladrón ese! Luego se dirigió a Tommasso. "Ven conmigo, niño.. Un baño caliente te quitará toda esa mugre, y puede ayudarte con esa fiebre." Tommasso la siguió hasta una pieza detrás de la cocina que contenía una gran bañera de madera, con llaves y todo. "¿Tienen agua corriente caliente?" preguntó incrédulo. "Por supuesto,niño. Los antiguos romanos la tenían hace muchoa siglos. ¿por qué no la tendríamos nosotros?" Tommasso no sabía de nadie que tuviera tal lujo en Ortona. En su casa, cuando su madre aún estaba viva, generalmente en invierno calentaban el agua en un tiesto. En verano tomaba baños fríos. Por supuesto, no cuando estaba enfermo. ¡Entonces ni siquiera se bañaba! La señora abrió ambas llaves y las ajustó para obtener la mezcla correcta. El niño puso su mano en cada una de las corrientes, la fría y la tibia, ¡no, la caliente! "¿Cómo funciona ésto?" preguntó. "Ven. Te lo mostraré" Lo llevaron a la cocina donde la señora Scorrone le explicó la magia. Había un estanque de fierro para el agua, conectado a un tubo en espiral dentro del fogón de la cocina. El agua circulaba allí, se calentaba, y se almacenaba en el estanque. Tommasso decidió que cuando él fuera un adulto rico y famoso, y tuviera su propia casa, seguramente compraría también un sistema así. Regresaron al cuarto de baño. La tina estaba casi hasta la mitad. "Ahora, desvístete y métete. Eso te hará bien. Mientras tanto voy a arreglar tu cama." La señora salió de la pieza y Tommasso se desvistió, hizo un montón con su ropa en el piso, y cuidadosamente se encaramó sobre los bordes de la tina. El agua estaba entre tibia y caliente, justo un poquito más caliente de lo que era cómodo. Pero luego que sus pies se sintieron acostumbrados lo encontró excelente. suavemente bajó su cuerpo en el agua. Primero su trasero tocó el agua y de nuevo la sintió casi demasiado caliente, pero pronto la sintió bien. Lentamente se sumergió entero hasta que sólo su cabeza quedó fuera del agua. Cerró las llaves y gozó la sensación. Después de un rato comenzó a refregar la suciedad de su cuerpo. Sus piernas estaban tiesas de mugre. Sus pies le dolían con todas esas ampollas. En el agua se estaban ablandando. Tanteó en torno a sus bolas, ¡tan sueltas ahora en el agua caliente! ¡Ellas estaban gozando ahora, ni sospechando lo que se les tenía reservado! Tommasso sonrió, pero esa sonrisa no era verdadera. Teía que admitir que estaba muy temeroso por la proyectada castración. Prosiguió lavando el sucio cuerpo y viendo cómo el agua se ponía turbia en tanto que su piel se volvía brillante. Luego tomó una respiración profunda y se sumergió. Se lavó la cara, el pelo estaba enredado y pegajoso. Sacó la cabeza del agua, tomó otra respiración y se sumergió de nuevo. No le era fácil lavarse el pelo. Cuando salió de nuevo, la Sra. Scorone estaba allí llevándole un jabón. "Usa esto, será mucho mejor." Tommasso se ruborizó mientras se sentaba en la bañera escondiendo sus partes privadas. No se había dado cuenta del regreso de la señora. ¡Se había expuesto de la forma más indecente! Pero ella sólo se rió un poco. "No tienes por qué vergonzarte, Tommasso. Tengo tres hijos propios, dos de ellos niños, y los he bañado muchas veces. Te ayudaré con esa chasca tuya. Y arrodillándose junto a la tina comenzó a lavar el pelo de Tommasso. El niño no dijo nada. La mezcla de vergüenza y placer era demasiado fuerte. Después de todo, María era una extraña. El no debía exponerse ante ella. ¡Pero sus manos se sentían tal como las de su madre! Después de un rato, el niño se relajó y lo gozó. Luego de terminar con su pelo, Maria le lavó todo el cuerpo. Cuando llegó a sus genitales, otra vez Tommasso se ruborizó, pero ella se saltó el vergonzoso momento diciendo: "Estás muy flaco, Tommasso. Realmente necesitas comer un poco más. ¿qué edad tienes?" "Doce años." "Oh, mi hijo menor sólo tiene diez pero aún así tiene más carne en sus huesos que tú. Dime, ¿qué te gusta comer?" Tommasso pensó. En realidad, el nunca tuvo la posibilidad de ser regodión. Pero ciertamente tenía sus preferencias especiales, y después de luchar con su timidez, las mencionó. "Bueno, ya veremos lo que podemos hacer" respondió María. Tommasso sonrió feliz. En ese momento ella llegó hasta sus pies. "También necesitas un par de zapatos nuevos. ¡Los tuyos deben ser demasiado pequeños! Tus pies están ampollados y apretados. ¿te duelen? Tommasso asintió. "Bueno, se sanarán en los próximos días, mientras estés en cama. Después de eso Tommasso tuvo que salirse de la tina. No se le permitió usar nada de su propia ropa. "Tengo que lavar toda esa cosa. ¡está demasiado sucia,!" dijo María. Le dieron un camisón de noche, y luego fueron hasta el segundo piso. Sus pies le dolían realmente ahora, ablandados por el agua caliente. Podía sentir cada ampolla por sí misma. Fue conducido a una pieza con una hermosa cama, una mesa con una silla, y un gran ropero en una esquina. Sobre la mesa había un jarro con agua y un vaso. "¡Upa!" ordenó María apartando las sábanas. Tommasso se acostó, María lo abrigó cariñosament y aplicó un beso en su frente. El niño sonrió, en tanto que la señora se sentó en la cama. "¿Tienes hambre?" ¡Vaya una pregunta! Tommasso asintió. "Nosotros cenamos más tarde, pero te prepararé algo para que no te desmayes hasta entonces." Se puso de pie y salió. ¡Tommasso se sentía muy bien ahora! El dolor de cabeza había desaparecido, probablemente por efecto del baño. Sus pies le dolían menos que antes, y el hambre, esa acuciante sensación en su estómago, estaba a punto de desaparecer. Después de algunos minutos, María volvió. ¡Traia una bandeja con fruta, pan, queso, algo de cerdo ahumado, y otras exquisiteces! La puso sobre la mesa, ayudó a Tommaso a sentarse en la cama y le puso la bandeja junto con un vaso de agua. El miró sorprendido. ¡Es más de lo que puedo comer! María sonrió. "Sólo come lo que puedas" Tomasso así lo hizo. Media hora más tarde sólo quedaban los platos vacíos. Después que terminó y que María se hubo llevado la bandeja vacía, vino a visitarlo el barbero. Usaba un delantal blanco y llevaba una caja de madera negra. "¡Oh, muchacho. Luces mucho mejor ahora!" comentó. "Por lo menos, bastante más limpio" bromeó Tomasso. "pero en realidad también me siento bastante mejor. ¡Y ya no tengo hambre!" El barbero sonrió. Era muy bello el ver lo fácil que era hacer feliz a un niño. Tommasso se veía angelical en esa cama blanca. Un ángel muy flaco en realidad. El hombre acercó la mesa a la cama, y tomó también la silla. Puso la caja sobre la mesa y la abrió. Tommasso se incorporó un poco de modo de ver en su interior. "¡Epa! ¡esos son mis secretos! dijo riendo el barbero. Pero el niño había visto lo suficiente. Varios cuchillos de diferentes tamaños y formas, pinzas, frascos con líquidos, trozos de tela blanca, correas de cuero, y algunos otros utensilios cuyo propósito no le quedó claro. ¡Pero lo que sí estaba lo bastante claro es que esos eran los útiles quirúrgicos de Scorrone! Y Tomasso sabía lo que significaba. ¡Su corazón casi se le salió del pecho! ¡Así que era ahora! ¡Nada de demoras! Roma, allá voy. ¡El castrato Tommasso Pinetti va a comenzr su existencia! En tanto que el cirujano preparaba sus útiles, distribuyendo diversas cosas sobre la mesa, Tommasso sintió una revolución en sus tripas. ¡No debió haber comido tanto! ¿Qué pasaría si vomitaba? ¿Y cuánto tiempo le tomaría el poder estar en pie de nuevo? Debería haber ido al retrete antes de hacer ésto. Pero ¿debería decirle al cirujano que no había defecado en tdo el día, de modo que debería hacerlo pronto? ¡Tantas preguntas! Tommasso realmente no sabía qué hacer ahora. Pero se calmó. Este hombre no era un novicio. Sin duda alguna él le habría dicho lo que tenía que hacer. No podía haber error. Tiritanto, el niño preguntó, sacando apenas la voz. "Sr. Scorrone " "¿Sí?" "Qué tanto duele? "No duele nada, Tomasso. Sólo voy a cortar esa piel muerta y limpiar todo eso." El niño no podía entender esto. ¿Piel muerta? Entonces el cirujano acercó la silla a la cama, se sentó, levantó un poco los cobertores, y buscó una de las piernas de Tommasso. La atrajo hacia un lado. El niño se mordió los labios, con el corazón saltándosele. Luego seguiría la otra pierna, y entonces "María me dijo que tenías los pies todos ampollados. Pero arreglaré rápidamente eso." El hombre dijo ésto mientras ponía el pie derecho de Tommasso sobre su regazo. ¡Sólo entonces Tomasso entendió! Reventó en risa. ¡Qué tonto había sido! Scorrone puso cara de pregunta. "¿Puedes decirme qué es tan divertido?" Entre risas, Tommasso explicó; "¡Pensé que me iba a castrar ahora mismo, y veo que sólo va a curar mi pie!" Se rió abiertamente y Scorrone se le unió. "Siento haberte causado tal temor, ¡pero lo tomaste muy bien! Algunos otros niños se habrían escapado." Tommasso pensó en eso, mientraa miraba cómo el cirujano trabajaba en su pie. Abrió una gran ampolla, recortó la piel blanca y aplicó un trozo de tela mojada en el líquido de una de las botellas. ¡No le dolió nada! Ruego juntó todo su valor y preguntó "qué tanto duele la castración?" El cirujano detuvo su trabajo por un momento. Miró a los ojos de Tommasso y le dijo muy suavemente, "Duele, pero en gran parte depende de cómo lo tomes. A los niños que realmente les gusta cantar, generalmente les resulta mucho más fácil que a los demás." "¿Usa usted opio?" el cirujno lo miró divertido. "¡Veo que estás muy bien informado! Pues no. Yo no lo uso. Es muy peligroso. Algunos niños nunca se despiertan después de tomar opio" Ahora eso era una buena razón. El niño estaba a punto de preguntar por qué otros cirujanos lo usaban, cuando Scorrone continuó. Yo lo hago de otra manera. Trato de operar de tal modo de causar el menor dolor posible. Eso es mejor y más seguro." "¿Y cómo hace éso?" preguntó Tommasso. El cirujano se rió. "Esos son secretos del oficio. No preguntes. Ya lo verás cuando te toque a ti." "¿Y cuándo será eso?" Tommasso había planteado todas esas preguntas importantes antes de pensarlo dos veces. "No muy pronto. Estás demasiado débil ahora. Deberás quedarte aquí algún tiempo, ponerte saludable y fuerte y después podremos proceder." Eso le abrió toda una nueva escena a Tommasso. ¡Debería quedarse allí por largo tiempo! ¡Semanas, quizá meses! Pero por el momento desechó esos pensamientos. A medida que el cirujano continuaba con su trabajo en sus pies, Tommasso sintió esa agradable sensación que iba creciendo en su frente. Esa sensación que sólo aparecía cuando alguien le hacía algo. La sentía a veces cuando se cortaba el pelo, ¡pero ahora era más fuerte que nunca! Se relajó y la gozó, encantado de que prosiguiera. Scorrone terminó con el pie derecho. Suavemente volvió a ponerlo bajo los cobertores, y sacó la pierna izquierda del niño cruzándola sobre la derecha. Acercó la silla a la cama, de modo de trabajar más cómodo. En cuanto cortó la piel seca de la siguiente ampolla, la sensación en la cabeza de Tommasso, que se había atenuado, regresó. ¡Se sentía tan bien!. Después de un rato de trabajar en silencio, el cirujano preguntó. "Tommasso, tienes que decidir. Esta ampolla no se ha secado aún. Sanará más rápido si la corto, pero eso te dolerá un poco. Si la dejo sola sanará igual, pero se demorará más. ¿Qué prefieres? Esa era una oportunidad de probarse a si mismo. "Prefiero que la corte. Así me libraré de ella." "¡Muy bien, muchacho! ¡Eres valiente!" dijo el cirujano. Tomó un afilado cuchillo y con mano muy suave seccionó el área roja. El niño sintió un tiritón. "¿Dolió mucho?" "Sólo un poco" dijo Tommasso. El cirujano levantó la piel suelta, y la cortó limpiamente. El niño soportó el dolor sin más tiritones. Luego el cirujano aplicó el líquido. Tommasso sintió un dolor ardiente, pero se mantuvo quieto. "¡Bien!" dijo el cirujano. ¡La castración no dolerá mucho más que esto!" "¿Realmente?" preguntó Tommasso incrédulo, "¡Esto se soporta fácilmente!" "Sí, en realidad. Es sólo apenas más fuerte. ¡Y dos veces!" "¿Cómo lo sabe?" "¡He hecho montones de castraciones! ¡Y la mayoría de los niños me dicen lo que sienten" A veces en voz muy baja" Scorrone había terminado su trabajo. Hizo cosquillas en los pies del niño haciéndolo reir y temblar locamente. Luego colocó el pie parcialmente vendado en la cama, acomodó los cobertores y guardó sus útiles. "Ahora, lo mejor que puedes hacer es dormir" Corrió las cortinas y se fue. Cuando estaba junto a la puerta, Tommasso dijo "Sr Scorrone." "Sí, Tommasso" El niño tragó saliva. "Muchas gracias por todo esto que usted está haciendo por mi." "Por nada" dijo el hombre, y salió de la habitación. Pero estaba más afectado por el encanto de este niño que lo que hubiera admitido nunca. Cuando Maria Scorrone vino dos horas más tarde con la cena de Tommasso, lo halló durmiendo. Colocó la bandeja en la mesa y acarició la frente del niño. Se veía bastante mejor que algunas horas antes. Pero dormía tan profundamente como para no darse cuenta de nada. Suspirando, María retiró la bandeja y volvió a bajar. El niño ahora necesitaba dormir más que comer. En la mesa del comedor, el barbero explicó a su familia, especialmente a sus hijos que habían vuelto a casa temprano al atardecer, todo lo que pasaaba con Tommasso. Quería asegurarse que nadie molestara al joven cantante enfermo, aún cuando los tres niños parecían tener gran respeto por Tommasso y su gran decisión. A media noche, María se despertó. Había ruidos en la casa. Escuchó. Alguien se estaba revolviendo en su cama. Luego, un grito. Salió de la cama, encendió una vela y fue a la pieza de Tommasso. Al entrar halló al niño respirando pesadamente, con los ojos muy abiertos, y con los cobertores en un total desorden. "¿Qué pasa, Tommasso? ¿te duele algo?" Se sentó en la cama mientras Tommaso aclaraba su garganta y le decía, "¡No es nada. Tuve una pesadilla. Eso es todo. Siento haberla hecho levantarse!" La señora acarició al niño y se detuvo en su frente. Estaba caliente. "Sólo fue un sueño, Tommasso, Trata de olvidarlo" El suspiró. Realmente era un alivio el despertar. Había sido un loco sueño. Tommasso no podía entenderlo. Al quedarse tranquilo, Maria aún acariciándolo suavemente, recordó más y más situaciones entremezcladas. Había un enorme cuchillo, cuyo propósito era obvio. El había intentado correr, pero sin poder moverse como si estuviera pegado al suelo. Había tratado de pedir auxilio pero la voz le fallaba. ¿Sería el cambio de voz? ¡nada de eso! El sabía que la voz cambiaba paulatinamente en lugar de desaparecer. ¿O sería su ronquera? Quizá. Pero entonces el hombre del cuchillo grande lo había alcanzado. ¡Tenía la cara del Sr. Campolieto! Había empezado a partirlo en pedacitos partiendo desde los pies, ¡Ah ! ¡Ese era el Sr Scorrone curando sus ampollas! Tommasso arrugó la nariz. Y entonces el hombre malo con el gran cuchillo le había cortado sus testículos de un solo golpe, juntamente con sus dos piernas, y sólo entonces él había gritado, y luego se había despertado bañado en sudor, hallando para su sorpresa que estaba en una pieza. María se levantó, le sirvió un vaso de agua, y lo ayudó a sentarse en la cama. Tommasso bebió. Realmente estaba sediento. "Debes beber bastante agua cuando estás enfermo como ahora, niño" le dijo ella. Luego le ayudó a acostarse de nuevo y le ordenó los cobertores. "Espera un momento, ya vuelvo" Salió de la habitación y volvió luego con una pequeña toalla húmeda que presionó sobre la frente del niño. La toalla fría se sentía muy bien. María acarició sus mejillas, su frente a ratos, cuando la toalla se había calentado, ella la quitaba, la venteaba para que se enfriara, y la aplicaba de nuevo. Tommasso sintió que su dolor de cabeza se disipaba, y se calmó. Paulatinamente volvió a dormirse. Durmió bien hasta la mañana. Despertó por etapas. Primero, los ruidos de la casa se mezclaron con sus sueños, esta vez buenos sueños. Luego vió la luz. Los sueños se deshicieron, difíciles de recordar. Abrió un ojo. El sol entraba en la pieza, envolviendo a un ángel con su luz dorada. Abrió el otro ojo tratando de ver más claramente. No, no era un ángel, le faltaban las alas, pero su belleza estaba allí. Una niña estaba de pie junto a la ventana mirando hacia fuera. ¡Era el máximo de la belleza! Bello cutis, larga cabellera oscura que caía sobre sus hombros. Su rostro parecía cincelado artísticamente en una madera sin defecto. Su cuerpo era liviano pero no huesudo. Tommasso se quedó acostado y la contempló. ¡Ahora estaba lo bastante despierto para estar seguro que no era un sueño! Tenía que ser la hija de Scorrone. Después de un rato, el niño se preguntó qué debería hacer ¿saludar? Pero, ¿cuál era su nombre? No tenía idea. ¿Hacer algún ruido para que ella se diera cuenta que él se había despertado? Pero el problema se resolvió solo. Súbitamente la niña alejó la vista de la ventana, mirando hacia la cama, y se dio cuenta que el niño estaba despierto. "Buenos días, Tommasso," le dijo, "finalmente también despertaste. Pareces ser un gran dormilón" El niño sonrió, pero no supo qué decir. ¡Quedó reducido a un implacable silencio por la radiante belleza de esta niña! Pero ella no vio ningún problema. "Le diré a mamá que ya estás despierto" Y con una rápida vuelta salió de la pieza con su falda ondeando en torno a ella. Tommasso aún estaba sin habla. ¿Era eso el amor? No; trató de convencerse a si mismo. Sólo era la belleza de ella, tan inesperada. ¡Porque tan hermosa como era ella, se podría probar científicamente! ¡Pero ese sentimiento, esa felicidad al enfrentársele! Definitivamente, la próxima vez que ella apareciera tenía que hablarle! Justo ahora él tenía más problemas. Específicamente mucha presión en su vejiga. Estaba a punto de reventarse. De modo que, cuando un poco después llegó María con una bandeja llena de apetitosa comida y humeante leche, por mucho que estuviera ansioso por devorarla se vio obligado a preguntar, tartamudeando un poco, "¿Dónde puedo hacer pis?" "¡Oh! Hay un bacín debajo de tu cama, úsala. Volveré en dos minutos." Con gran tacto, salió de la pieza y Tommasso salió de la cama. Aún se sentía tambaleante, enclenque Pero halló el bacín, lo colocó sobre la silla y, mirando hacua la puerta, se alivió. Casi la llenó. Luego la colocó de nuevo en el piso y se subió a la cama. ¡Ahora se estaba sintiendo realmente hambriento! Pronto regresó María y le ayudó con su comida. Mientras él devoraba su pan caliente recién horneado, queso, jamón, frutas y leche caliente con miel, ella se llevó el bacín y lo vació retornando pronto. Entonces Tommasso le preguntó por el nombre de la niña. Supo que ella era Olivia. Y tenía doce años de edad. Lo mismo que él. También supo que su hermano mayor era Carlo, de quince años de edad, y el menor era Niccolo, de diez. "Los conocerás a ellos hoy día. Ellos están ansiosos de conocerte a ti." le dijo María. Y así fue. Pronto, depués del desayuno sintió un ligero ruido cerca de la puerta. Puso más atención y vió algunas señas de pelo negro como el carbón que asomaban por el borde de la puerta. Luego, muy lentamente, el pelo se movió hacia adelante y apareció una pequeña parte de una cara. Mucho antes el ojo había aparecido por la esquina. Tommasso estaba riéndose. Nicolo tomó eso como señal para terminar el juego de escondidas, y entró a la pieza, también riendo. Tommasso le dijo que fuera más cuidadoso de no hacer ruido, y el niño menor nuevamente se rió. "¿Cuánto rato puedes estar totalmente en silencio? Yo estaba ahí bastante rato antes que te dieras cuenta.". Nicolo y Tommasso charlaron por horas. El pequeñín era una buena fuente de informaciones. Tommasso aprendió mucho acerca de la ciudad, de los amigos de Niccolo y otras nimiedades, los últimos chismes, pero cuando trató de hacer que Niccolo le hablara acerca del trabajo de su padre, él no se interesó mayormente. El niño no le dio detalles. "Corta el pelo, afeita a los hombres, y a veces compone fracturas de huesos, amputa algún dedo dañado, o dos " Tommasso entonces le preguntó directamente qué tan a menudo el Sr. Scorrone castraba niños. Nico se puso algo dubitativo con ese asunto. "De vez en cuando, no muy a menudo" Tommasso estaba en ascuas por saber si Scorrone habría cortadoa alguno de sus hijos. Pero no se atrevió a preguntárselo a Nicolo directamente. De modo que se fue de soslayo. "Nico, ¿te gusta cantar?" Pero el niño resultó más vivo de lo que Tommasso había supuesto. "Primero que nada, Tommasso, mi nombre es Niccolo y no Nico. Detesto esa apodo. y segundo, no. No canto. ¿o es que crees que me gustaría pasar bajo el cuchillo de mi padre? ¡Esa sí que era respuesta! Tommasso se rió. "Lo siento Niccolo. no lo repetiré. Pero si tu deseas llamarme Tommy, no tengo problema." Niccolo replicó. "Si tu nombre es Tommasso, así es como te llamaré. Tommy es tan siútico como Nico. Pero sus pensamientos estaban en cualquier otra parte. "Tommasso, papá nos dijo que tú habías venido aquí para que él te cortara." Suspiró. "¿es verdad?" Tommasso asintió suavemente. "¿Por qué ?" preguntó Niccolo. Esa simple pregunta lo encerraba todo. De modo que ahora era el turno de Tommasso de hablar acerca de su vida, de sus sueños y sus esperanzas. El joven niño ecuchaba atentamente. Después que Tommasso terminó la historia de su llegada a la casa del cirujano, Niccolo sacudió su cabeza. "¡Estás loco!" fue lo único que dijo. Tommasso se rió. Pero Niccolo estaba serio. Parándose de su silla y avanzando hacia delante, lanzó una compasiva mirada a su visitante. Luego se acercó y le dijo al oido, "¿Te has imaginado alguna vez cuánto duele?" Tommasso sintió un escalofrío que le recorría la espalda. Pero él sabía que tenía que ser fuerte. "Sobreviviré a eso, Niccolo. Mira. Adoro el canto. ¡Si paso por eso, estaré en condiciones de dedicar mi vida al canto! ¿Entiendes lo que eso significa para mi? ¡Y de paso ganaré mucho dinero! Si no soy castrado, mi voz se quebrará el próximo año o quizá en dos años, y luego sólo seré un pobre huérfano sin tener dónde ir ni nada que hacer con mi vida " Luchó con las lágrimas que pugnaban por salir impulsadas por su dramatismo. Sabía que era una locura, pero no podía evitarlo. Sin embargo sus húmedos ojos no fallaron en producir su efecto en Niccolo. "Te deseo lo mejor, Tommasso. Pero si tú hubieras oido como gritan los niños cuando mi padre los corta, pensarías dos veces ésto." Tommasso sintió una extraña sensación en sus tripas. En voz baja, preguntó ¿Acaso TODOS gritan? "¡Oh, sí!, tanto que retumban lo oidos." Tommasso tuvo que reirse de nuevo ante la exageración de Niccolo. "¡No te rías, Tommasso! ¡Es verdad!" Mirando a la cara abierta y honesta de este niño, Tommasso empezó a creerle. Entonces luchó contra su miedo. "Yo no voy a gritar, Niccolo, te apuesto eso" "¿Realmente? ¡Apuesto en contra tuya! ¡gritarás!" El niño se reía. "¡No!" "¡Lo harás!" "¡No!" "¡Sí!" Olivia entró corriendo a la pieza. "¿Qué pasa, Nico? ¿qué haces aquí, gritoneando a Tommasso? ¡El está enfermo y necesita descansar! ¡Déjalo tranquilo!" Luego le preguntó a Tommasso, "¿Estuvo descortés? ¡de qué se trató todo esto?" ¿Qué podría decir? ¿Cómo podría él decirle a esta angelical niña que acababa de cruzar una apuesta contra su hermanito acerca de si gritaría o no cuando su padre lo castrara? Niccolo le dio a su hermana una mirada rabiosa. "¿Por qué no aprendes a llamarme por mi nombre verdadero?" Y salió de la pieza. Olivia se rió. "El odia que lo llamen Nico." Tommasso vio la oportunidad de saltarse la primitiva pregunta, y le dijo a Olivia que él lo había llamado primeramente Nico, sin saber que eso lo iritaba. Olivia se rió abiertamente. Tommasso pasó por lo menos una hora con la niña. Ella era tan bella. Nunca antes él había sentido tal sensación de admiración hacia una niña. Sólo quería estar con ella, en silencio, escuchar su voz, contemplar su rostro. ¿Sería eso el amor? Difícilmente Pero, ¿qué más? El no sabía. Sólo sabía que ella le gustaba. Ahora que su dolor de cabeza estaba regresando, se sentía tan confortable al tenerla cerca de sí. Después de un rato, Olivia le preguntó ¿te duele algo? ¡tus ojos se ven vidriosos! Tommasso le confesó su dolor de cabeza. Olivia salió de la pieza y pronto regresó con una toalla mojada. "La mamá ha ido al mercado, pero yo puedo hacer esto igualmente bien" Y empezó a refrescar la cabeza de Tomasso. Se sintió el doble mejor cuando Olivia lo hizo Depués de un largo rato de silencio, Tommasso habló de nuevo. "Olivia, ahora te conozco, conozco a tu hermano menor y a tus padres, pero tu mamá me dijo que también tienes un hermano mayor" "Sí, es Carlo. El salió a trabajar temprano en la mañana, pero regresará pronto. Le pediré que suba a juntarse contigo. Pero no esperes que te hable mucho" se rió, "es tan vergonzoso, que es raro que diga dos frases juntas. Tommasso sonrió. Podía entender eso. A menudo las personas que hablaban el mínimo eran las mejores. No siempre, por supuesto. Olivia hablaba bastante y era celestial ¡oye! ¿es ésto lo que llaman amor, o nó? Estaba confundido quizá el dolor de cabeza fuera el culpable. "¿Dónde trabaja él?" "Oh, es aprendiz con un zapatero" De modo que no cirujano, ni barbero, y muy probablemente, ni siquiera castrador. Poco antes de almuerzo, finalmente Tommasso se encontró con Carlo. Era un muchacho alto, huesudo, espinilludo. Se acercó a la cama y dijo "Hola, Tommasso. Yo soy Carlo. Bienvenido" Su voz era rasposa de barítono, de modo que claramente había escapado también a los cuchillos de su padre. Carlo extendió su mano derecha. Tommasso sacó la suya de debajo de los cobertores y tomó la mano del muchacho. ¡Ouch! Carlo apretó tan fuerte que Tommaso sintió que sus huesos crujían. "¿Amigos?" preguntó Carlo. Tommasso masajeó su mano derecha con la izquierda. "¡Amigos!" dijo, y extendió de nuevo su mano. Carlo la tomó, pero Tomasso agarró justo los dedos de Carlo y los apretó tan fuerte como pudo. Oyó un crujido, y le sonrió a Carlo. El muchacho retiró lentamente su mano maltratada soplando entre sus doloridos dedos, pero sonrió. "¡Tú sabes qué hacer con muchachos molestosos como yo! Tommasso se rió "¡Sólo es cuestión de ser aún más molestoso! Serían amigos, no cabía duda. Después de almuerzo Tommasso hizo una visita al exterior de la casa. Realmente lo necesitaba depués de tanta buena comida. Se sentía bastante bien, aunque luego, al pararse y caminar se sintió débil. Sus ampollados y aún no cicatrizados pies no le facilitaron las cosas, de modo que se sintió muy contento de tener esa cama, y gente que lo cuidaran. Lo que tenía era un resfrío, ¡pero hijo! ¡qué desamparado se sintió!. A media tarde, mientras charlaba con Niccolo, repentinamente hubo un gran alboroto. Caballos, gente gritando, las puertas de la casa que se abrían y se cerraban. Niccolo salió a escape a ver qué sucedía, y Tommaso sólo pudo tratar de escuchar. Oyeron ruido de gente que arrastraba algo pesado, hablando en voz alta, y el Sr. Scorrone con su voz grave dando instrucciones breves. Tommasso se dio cuenta que entraban en la pieza que estaba debajo de la de él. Entonces pudo escuchar con más detalle, pero no lo suficiente como para entender lo que hablaban. Oyó a alguien que respiraba pesadamente. Estuvo en silencio por un rato y luego escuchó a un hombre quejarse pesadamente y a otros tratando de calmarlo. Tommasso se preguntaba qué cosa estaría pasando allí. Pronto entendió. Niccolo volvió con los ojos muy abiertos. "¡Es el molinero! ¡Metió sus dedos entre las piedras de moler! ¡Eso sí que debe doler! Antes que Tommaso pudiera preguntar, Niccolo le dio más detalles. "¡Parece que uno de los dedos está tan dañado que papá tendrá que amputarlo! ¡Pero está suturando lo que queda de los otros! Tommasso escuchaba. Podía oir ocasionalmente la pesada respiración en el piso bajo, pero no más quejidos. "¿Qué tan a menudo sucede esto?" Niccolo lo miró intrigado. "Me parece que es la primera vez que traen al molinero" Tommasso se rió. "¡No, tonto! Quiero decir ¿cuán a menudo tu padre tiene que atender a gente que tiene accidentes? Nicolo estaba algo asustado. Pero se tragó su susto. "Difícil saberlo. A veces, una a la semana. Otras mucho menos" luego agregó "De todos modos, papá tiene casi todo su trabajo aquí en esta ciudad. Sólo corta un dedo cuando es necesario. A algunos otros cirujanos no les gusta suturar partes, de modo que cortan cualquier cosa y luego cierran la herida. Por eso que la gente prefiere venir aquí después de golpearse el pie con un hacha, aserrarse una pierna o ser pateados por una vaca." Tommasso de nuevo estaba pensando, "¿Cuánto sangra una herida?" Para Niccolo eso fue como golpearlo. Sus ojo se abrieron enormemente. "¡Oh! ¡Mucho! ¡Deberías verlo! ¡Dejó un reguero de sangre desde el molino hasta el lazareto! ¡Debe haber perdido por lo menos una botella de sangre!" Entonce, viendo que Tommasso miraba el cieloraso, Niccolp moderó su declaración "Pero ya no está sangrando. Papá tiene una poción que detiene muy rápidamente el sangrado. El mismo la prepara a partir de hierbas y plantas." Eso era interesante. Tommasso imaginó a Scorrone aplicando esa poción a una gran herida en su escroto "¿Esa poción es buena para toda clase de heridas?" "No, sólo para las algo pequeñas, o las no muy profundas. Para heridas más grandes usa un cauterizador." Entonces, ahí estaba la cosa, pensó Tommasso. "Pero ¿qué es un cauterizador, Niccolo? El niño más pequeño se rio. "Tú preguntas como niño chico" Tommasso sonrió. "Un cauterizador es una herramienta que se calienta en una llama y luegho e usa para quemar una herida, y así deja de sangrar." Tommasso repentinamente se vio perdiendo su apuesta. "¿El molinero se quejó cuando tu padre cortó su dedo? ¿o cuándo?" Niccolo se acercó. Cogió ambas manos de Tommasso, lo miró a los ojos y dijo, "El no sintió el corte. El quejido fue cuando papá cauterizó la herida después de cortar el dedo. NADIE puede evitar el quejarse cuando es cauterizado. ¿me oiste? ¡NADIE!" Se apartó rápidamente, y desde la puerta agregó " "Y el olor de la carne quemada es algo más" Y se fuem dejando a Tommasso completamentre choqueado. Tres días después Tommasso empezó de nuevo a sentirse bien. Quiso levantarse de la cama. ¡El estar en cama sintiéndose bien era una brutal tortura! Pero María no le permitió levantarse. Tenía que completar seis días en cama. ¡Así lo había dispuesto, y nada en el mundo la haría cambiar eso! Por lo menos, todos los miembros de la familia lo visitaban a menudo. El Sr. Scorrone revisaba sus pies que iban sanando bien. Pero María era la que más lo cuidaba. Niccolo le proporcionaba la mayor parte de la entretención, y Olivia, bueno, Olivia Tommasso siempre se sentía tímido y atontado cuando estaba cerca de ella. ¡Era tan bella! El último día de ese plazo, Niccolo llegó en la mañana con la gran noticia. ¡Tommasso, esta tarde papá castrará a un niño! El le contó cómo en la tarde un caballero había traído a su sobrino, que tenía una buena voz, cantaba en el coro de una iglesia de alguna ciudad de mediano tamaño, y quería seguir una carrera de cantante. El hombre había ido con el niño a un hotel, despué de pedir a Scorrone las instrucciones, las que eran básicamente tener al niño en ayunas. "¿Y me creerás que el niño realmente dijo que quería ser castrado? Papá les pregunta, y no corta a ninguno que no lo desee. Tommasso se imaginaba cómo sería éso. El estaba allí libremente. Pero sin la idea de Roletto y la bendición del sacerdote, definitivamente no habría estado allí. Si no hubiera aceptado la idea, él se imaginaba que Roletto, de todas maneras, lo habría convencido. "¿Qué edad tiene ese niño? Niccolo dudó. "difícil decirlo, pero supongo que tieme aproximadamente mi misma edad." Diez años, pensó Tommasso. A los diez él podría haber sido convencido por cualquiera, y de cualquier cosa. Esa tarde Tommasso aguantó la repiración cuando oyó que traían al niño. Había silencio en la casa, puesto que Carlo estaba aún en su trabajo, y los niños menores habían sido enviados fuera por algunas horas. Evidentemente Scorrone trataba de evitar el exponer a sus niños a escenas brutales. Antes de salir, Niccolo había hecho una corta visita a Tommasso, y le cuchicheó: "¡Escucha los quejidos! ¡Así sabrás lo que te espera!" Eso fue suficiente para hacer tiritar al postulante a eunuco ¡y Niccolo obviamente gozaba con eso ! Tommasso oyó las voces de Scorrone, de otro hombre, y otra más aguda que tenía que ser la del niño. Por lo poco que podía oir a través del piso, la voz del niño en realidad era clara y limpia. Pero por supuesto la verdad se expondría sólo cuando el niño cantara, y probablemente hoy no lo haría. Ahora los ruidos se alejaron. ¡Qué desilusión! ¿Acaso Scorrone hacía las castraciones en otra sala? Pero luego Tommasso lo comprendió. ¡Habían llevado al niño al cuarto de baño! Por supuesto, un momento más tarde oyó el ruido del agua que entraba a la tina, y luego un chapoteo mientras continuaba la conversación. Luego volvieron a la pieza de debajo de la de Tommasso. Por las voces, parecía ahora que Scorrone estaba solo con el niño. Por un buen rato, Tommasso oyó voces atenuadas y poco más. Luego oyó quejidos del niño, en tanto que Scorrone le hablaba suavemente. El corazón de Tommasso saltaba con fuerza. Los quejidos se aquietaron, y luego hubo algunos quejidos fuertes en tanto que Scorrone aún hablaba. ¿Habría terminado? Tommasso esperaba eso. ¡Pobre niño, apenas diez años y sometido a tal abuso! pero ¿él? Sólo doce años, y pronto estaría expuesto a lo mismo, ¡Sin siquiera tener un tio cerca! Tommasso mentalmente se ponía en la situación del niño. Casi podía sentir a Scorrone agarrando sus testículos, cortar, coser, el dolor Podía imaginarse a si mismo quejándose cuando algo doliera tanto. Entonces, repentinamente, un feroz alarido golpeó la casa. ¡Hizo que Tommasso saltara en su cama! Al instante recordó lo que Nicolo le había dicho. ¡Resonaría en sus oídos! Bueno, no resonó, pero estaba en el otro piso. Abajo continuaron los quejidos, aunque menos intensamente. Evidentemente el niño había perdido todo el control. Su respiración era caótica, a juzgar por los quejidos entrecortados, y eso es mucho decir de un cantante que sabe cómo respirar para obtener lo mejor de su voz. Scorrone aparentemente había terminado de hablar. Después de un rato, los quejido e convirtieron en llanto. Pero entonce, otra vez un terrible alarido cruzó toda la casa. A Tommaso le dolieron las tripas. ¡De modo que Scorrone sacaba las bolas una después de otra. y no todo de una sola vez! Interesante saberlo. El resto del proceso vio al niño volver a una condición más calmada. Scorrone estaba hablando de nuevo, aparentemente palabras tranquilizadoras, pero Tommasso aún no podía entender. Después de un largo rato, quizá una hora, oyó que Scorrone salía de la pieza, en tanto que continuaban el llanto y los sollozos del niño. Pero ahora sonaba más como el llanto de un niño normal, y no el desesperado y terrible alarido de un rato antes. Un poco más tarde Scorrone entró en la pieza de Tommasso. El niño trató de sonreir. "¿Acaba de hacerme un colega, verdad? Pero Scorrone vio el terror en los ojos del niño. "Lo siento, Tommasso," le dijo mientras se sentaba en la cama poniendo su mano sobre la cabeza del niño. "Me olvidé completamente que estabas aquí arriba. Debí haber dejado que te levantaras y salieras. No deberías haber oido esto." Tommasso aún sonreía a pesar de su temor. "Por lo menos ahora ya sé lo que me espera." Sintió un nudo en su garganta. El cirujano acarició su cabeza. Extrañamente, Tommasso comenzó a sentir en su frente esa sensación de que lo cuidaban. "Te llevaste una impresión equivocada, Tommasso, el niño de ahora gritó mucho más que la mayoría de los demás. Y yo sé que tú eres valiente. Ni siquiera te arrugaste cuando te curé tus pies ampollados. De modo que lo harás mucho mejor. Créeme." Tommasso quería creerle, pero era muy difícil "Sr. Scorrone" "¿Sí? "¿Ese niño lo deseaba realmente o lo forzaron a ello? El cirujano suspiró. "El dijo que lo quería. Pero uno nunca puede saberlo. Sólo tiene nueve años, y los niños de esa edad a menudo cambian de opinión fácilmente." Tommasso frunció el entrecejo. "¡Estoy seguro que cambió de opinión aún antes de empezar a llorar!" Scorrone también sonrió. "Probablemente, Pero ahora está bien. La peor parte ya pasó, y será un buen castrato. Tiene una voz de oro." Después de un rato, Scorrone agregó: "¡Por de pronto, Tommasso, yo aún no te he oido cantar! Yo sé que estabas con ronquera cuando llegaste aquí, ¡pero ahora ya puedes hacerme una demostración! Al instante Tommasso olvidó sus temores. Levantó los cobertores, salió de la cama, y se plantó delante con toda su estatura, vestido de su camisón de noche. Trató de hallar su voz, pero vió que el mundo se le daba vueltas, y se sentó en el piso justo a tiempo, o se habría caido hecho una plasta. "Tommasso, ¡despué de seis día en cama, con tanta fiebre, tienes que tomarlo con calma!" Levantó al niño del piso, y lo ayudó a volver a la cama. Tommasso rápidamente recuperó sus condiciones, pero decidió evitar los riesgos. No estaba del todo seguro de poder realmente cantar después de esos seis días. "¿Podría esperar algunos días más? preguntó avergonzado. Scorrone sonrió. "¡Claro que puedo. Dímelo cuando estés listo. Realmente quiero oirte cantar, aún cuando también hablas muy bellamente. ¡Pero las primeras impresiones son las importantes, de modo que no pierdas la ocasión!" Sonrió, y salió de la pieza. ¡Tommasso decidió asegurarse de darle a Scorrone una muy buena primera impresión de su voz! Las siguientes semanas fueron las mejores vacaciones de verano que Tommasso hubiera tenido. Pasó gran parte del tiempo con los niños, especialmente con Olivia. Fueron a nadar, a caminar. Incluso Olivia aprendió de Tommasso los rudimentos del canto. Después de todo, ella no estaba en peligro. A menudo los cuatro iban juntos a nadar, o en los días de entresemana en que Carlo tenía que trabajar, por lo menos Olivia y Niccolo fueron con él. Carlo nunca hablaba mucho, pero le demostró a Tommasso su aprecio en otras formas. Cuando Tommaso se vistió por primera vez despué de su enfermedad, no pudo hallar sus zapatos. Al preguntar, Maria le dijo que los había dado porque habían quedado chicos para él. Luego sonrió, y le pasó un par nuevo, cuidadosamente hechos, que le quedaron mucho mejor. Carlo los había hecho para él mientras Tommasso estaba enfermo, al saber por su padre que Tommasso necesitaba con urgencia unos zapatos nuevos. Como se esperaba, Tommasso recuperó su voz. A veces cantaba una o dos piezas, pero no pudo dejar de notar una cierta ansiedad de parte de Niccolo, de modo que limitó sus ejecuciones a momentos en que el pequeño niño estaba ausente. Cuando Alessandro, el joven eunuco se hubo recuperado lo bastante para sentarse y permanecer erguido, se unió a Tommasso, y ambos trabajaron en algunos dúos que resultaron realmente muy buenos. Pero los deseos de Tomasso de conversar con Alessandro acerca de su cirugía resultaron totalmente infructuosos. Cada vez que él intentaba el asunto, Alessandro se iba, cambiaba el tema, o simplemente terminaba la conversación. Definitivamentre no había sido una experiencia agradable para él, pensó Tommasso. Un día Tommasso le preguntó a Scorrone cuándo podría esperan ser finalmente castrado. El cirujano le dijo: "Ten paciencia, Tommasso, el semestre escolar en Roma no empezará hasta Septiembre. Estamos en Junio. No hay necesidad de apurarse. Prefiero esperar que estés un poco más fuerte, de modo que te recuperes más rápido." Luego le sonrió confidencialmente y agregó: "Parece que estás pasando una buena temporada aquí, de modo que gózala y no te preocupes. Yo me encargaré de todo." Habían pasada dos semanas desde haber estado encamado, cuando Tommasso un día paseando cerca de la iglesia oyó que salía música de órgano. Había sabido que en ese momento en Norcia no había organista, de modo que quedó muy sorprendido de hallar el órgano en uso. Entró a la iglesia y gozó de esos sonidos largamente añorados. Después de un rato subió al coro donde estaba el órgano, hallando la puerta de la escala abierta, y quedó detrás del delgado hombre que estaba tocando. Miró por encima las hojas de música y le tomó un rato darse cuenta de dónde iba el organista. Estaba tocando más notas de las que estaban escritas en el papel. Tommasso miró y escuchó El ejecutante estaba llegando al final de la hoja. Sosteniendo un tono un poco más largo en el pedal, dio vuelta la página y continuó sin interrupción. ¡No cabía duda que era hábil! Llegó al final de la siguiente página, y Tommasso vio su oportunidad de ayudar, aunque muy poco. Puso sus manos en la partitura, y dio vuelta la página justo cuando el organistta estaba llegando al final. El hombre miró al niño allí parado, le sonrió, dijo "gracias" y continuó. Tommasso permaneció allí pasando las páginas y gozando la sensación de sentirse útil alguna vez a alguien. La música era fabulosa, de rica melodía, a toda cuerda, desbordante, obviamente compuesta por un genio. El no conocía esa pieza. No la había escuchado nunca. De modo que cuando el organista terminó, y puso sus manos en su regazo para descansar, Tommasso cerró el libro para mirar la página frontal. El compositor era Heinricum Sagittarium. Tommasso nunca había oido hablar de él. "¿Quién es él?" preguntó. "¡esta música es realmente muy buena1" El organista sonrió. "¡Maese Sagittarium es el mejor músico del mundo, niño! ¿No lo sabías?" Tommasso se sintió minúsculo. "Pensé que era Palestrina." confesó. "¡Que tontera!" Saltó el organista. "Palestrina era un romano que no hacía más que repetir, sí, Su Santidad; por supuesto, Su Santidad, como usted desee Su Santidad. ¡Pero Sagittarium era un músico libre! ¡Y él sabía como crear música grandiosa usando sólo un pequeño órgano, como éste! Tommasso tuvo que estar de acuerdo, considerando especialmente lo limitado del órgano de esta ciudad. Tommasso quiso aprender más acerca de Sagittarium. "¿Está este hombre aún vivo?" El organista sonrió. "¡Oh, sí! ¡El viejo Heinrich parece haberse olvidado de la muerte. La última vez que lo vi tenía más de ochenta años de edad. Eso fue hace dos años. Pero ahora está enfermo y débil, y no durará mucho más. Una lástima. Tommasso también se entristeció. ¿Por qué tendremos todos que morir? "¿Dónde vive?" "En Dresden. ¿Sabes dónde queda? Tommasso movió su cabeza. "Es en Sajonia." Ahora Tommasso recordó." Dresden era una gran ciudad en Sajonia, lejos, muy lejos hacia el norte. "¡Pero allá hablan alemán! ¿Cómo es que el nombre de ese muchacho es Sagittarium? El organisya se rió. "¡Ese muchacho! ¡Oh, niño, sé más respetuoso con ese hombre! Su nombre real es Schütz, pero los alemanes a menudo consideran necesario traducir sus nombres al Latín. ¡Suena mejor! Y Schütz significa precisamente Sagittarium" Pensando en las ciudades del norte, Tommasso planteó otra pregunta. "Algunos me han dicho que la mejor música se encuentra en Venecia. ¿Es verdad eso? El organista sonrió nuevamente. "No sólo la mejor música, niño. También la mejor pintura, y la ciudad misma es más bella que cualquier otra. Por de pronto, Sagittarium aprendió su oficio en Venecia. Fue alumno de Giovanni Gabrieli." Eso juntó cosas en la mente de Tommasso. Una vez había cantado algo de Gabrieli. 'In Eclesiis' y había sido grandioso. "¿Tú también tocas? preguntó el organista. "No, yo canto." "¿Tú cantas? ¿Por qué no me lo dijiste antes? Tímidamente, Tommasso respondió: "Usted no me lo preguntó antes, señor" El hombre se puso de pie y cogió un gran maletín. Lo abrió. Los ojos de Tommasso casi saltaron cuando vio que la caja llena de hojas de música. "Creo que aquí tengo algo que te gustará." Sacó un libro y se lo pasó a Tommasso. El niño leyó el título: 'Segundo Libro de Pequeños Conciertos Sacros, puestos en música por Heinricum Sagittarium'. También tengo conmigo el primer libro, pero todo está en alemán. El segundo libro tiene conciertos tanto en alemán como en Latín. Tú deberías tener habilidad con esta lengua, supongo. Tommasso estuvo de acuerdo. Luego echó una mirada a las piezas. ¡Muchas eran para varios cantantes, pero también las había para solos de soprano! ¿Qué tal si probamos una? preguntó el organista. Tommasso se perdía en toda esa música. Amablemente, el hombre tomó el libro y halló una pieza algo cerca del comienzo. "¿Puedes cantar ésto a primera vista?" Tommasso se ruborizó. "Realmente nó. Quiero decir, por supuesto puedo leer la música, pero no tan rápido como para seguirla mientras canto." El organista miró al niño. "¿Qué edad tienes?" "Doce años" "Bien, deberías cantar a primera vista ahora. Pero de todos modos hagamos la prueba. Te ayudaré. Escucha y mira." El hombre tocó la voz de soprano en el órgano, y Tommasso hizo su mejor esfuerzo para memorizar por lo menos parte de ella. Entonces podría cantar a partir de la partitura, puesto que ya la sabía. Cuando terminaron, el organista preguntó un poco escéptico. "¿Crees que podrías cantarla ahora?" "¡Sí señor! ¡Y también es muy bella!" El músico sonrió. "Entonces intentémoslo. Te ayudaré" Empezó tocando la parte de soprano en un registro de flauta, en tanto Tommasso la cantaba. Después de unos cuantos compases, el organista notó que el niño se sentía muy seguro, y lo dejó hacer su voz solo, mientras él tocaba un simple bajo continuo. Cuando estuvieron listos, el organista ordenó: "¡Ahora de nuevo, pero esta vez de verdad!" Tommasso sonrió y cantó. La pieza era tan bella que él ya se había aprendido la mayor parte de ella. Sólo le echó una ojeada a la partitura, y cantó más por lo que sabía. Ahora el organista estaba tocando un bajo continuo completamente armonizado. Tommasso cantó en la caja del órgano, cconociendo el efecto de hacer que algunos de los tubos vibraran. Después que terminaron, el organista tomó la mano de Tommasso y la estrechó. "¡Puede que no sepas cantar a primera vista, pero tu voz es de plata, estimado! ¿Qué te parece dar un concierto, voces y órgano, en algunos días más? ¡Eso era un poco apurado! Pero los ojos de Tommaso estaban brillantes, y aceptó en el acto! Luego no pudo resistir más su curiosidad. "Perdón señor, pero ¿quién es usted? El organista se rió. "¿De modo que hemos estado la mitad de la tarde haciendo música juntos y aún no nos hemos presentado? Yo soy Johann Fitchelberger, de Leipzig, Sajonia. ¿Y tú?" "¿De modo que usted es alemán? ¡pero no tiene acento!" "El italiano es la lengua de la música, niño, ¡es lo mejor que conozco! ¡Pero aun no conozco tu nombre!" Tommasso de nuevo se ruborizó, "Tommasso Pinetti, señor, de Ortona" Y tratando de sonreir, agregó "Eso queda un poco más cerca que Leipzig" Fitchelberger enarcó sus cejas. "¿Y qué estás haciendo aquí en Norcia, Tommaso? ¡No tienen un organista establa aquí! ¡Tu talento se está desperdiciando en este lugar!" ¿Se lo diría? ¿Por qué no? "Sr. Fitchelbur ¿cómo es éso? perdón" Fitchelberger se rió estrepitosamente. "¡Olvídalo Tommasso, y sólo llámame Johann! Es más fácil. Y despué de todo somos colegas." A Tommasso le gustó eso. Pocos adultos lo habían invitado a usar su primer nombre. Esperó que este Johann no tuviera las mismas extrañas preferencias de Gaetano Campolieto, que también lo había invitado a usar su primer nombre. "Bien, ¿qué estás haciendo en Norcia?" Tommasso no podía escapar a la pregunta. "Usted sabe, Johann que Norcia es famosa por dos cosas." Fitchelberger miró a Tommasso a los ojos. "Yo sólo conozco una" "¿Cuál será? hay dos" "Oh, Dios." Después de una significativa pausa, Fitchelberger continuó insinuando "La que yo conozco tiene que ver con cuchillos" "Las dos tienen que ver con cuchillos, Johann, de modo que ¿cuál de ellas conoce?" Fitchelberger se mantuvo muy serio. "Una que tiene que ver con cuchillos y niños que cantan". Ahora Tommasso estaba igualmente serio. "Sí, es por esa que estoy aquí." Fitchelberger respiró hondo. "¿Ya se hizo, o todavía no?" "No todavía. El cirujano me encontró demasiado débil. Me está alimentando a ración triple, y pronto pronto me cortará" El alemán movió su cabeza. "Eso es terrible, Tommasso. Siempre tuve la esperanza de que fueran sólo chismes, pero has destruido esa esperanza." "Lo siento" dijo Tommasso. "Oh, Tommasso, yo lo siento por ti. ¿Quién diantres te ha presionado para que estés en esta situación?" Tommasso tomó una respiración profunda y empezó a relatar toda su historia. Hizo énfasis en el hecho de que había venido voluntariamente de Norcia. Luego preguntó "Johann, ¿esperaba usted que este asunto de las castracione fuera sólo chisme?" "Sí. Eso es lo que he dicho." "Pero usted debe haber sabido de los muchos cantantes castrados que hay en la ópera." "Claro que sí, pero quería creer las historias de que esos casos eran solamente accidentes." Tommasso rompió a reir. ¿Cómo podía ser tan ingenuo ese alemán? Pero ese alemán sólo se sentó y movió su cabeza. "¿Y qué otra cosa sabe la gente acerca de Norcia?" preguntó el alemán. "Los cerdos" respondió Tommasso. Fitchelberger se rió. "De todas las cosas del mundo, ¿por qué los cerdos?" preguntó. Tommasso encogió los hombros. "No tengo idea por qué, ¡pero son buenos! ¡los he probado!" El organista decidió pedir eso para la cena. Tenía que asegurarse si era verdad. "¿Y qué está haciendo usted en Norcia?" preguntó Tommasso. "Bueno, estoy en una gira que me ha llevado por Viena, Milán, Venecia y ahora estoy de paso hacia Roma." "Pero Norcia no está realmente en su trayecto." "Bueno, realmente no lo está, pero tampoco está tan lejos" "¿Y por qué exactamente está aquí? El organista se rió. "Tommasso, eres realmente muy inquisitivo. Te lo diré. Quería saber en el terreno si las historias acerca de las castraciones deliberadas eran ciertas." Tommasso se rió calladamente. "Espere pocas semanas más, quizá sólo días, y se lo mostraré," le ofreció. Pero Fitchelberger estaba ausente mirando la bóveda de la iglesia. El concierto fue un éxito rotundo. No había habido ninguno en Norcia desde el invierno anterior. La gente se deleitó tanto con la ejecución de Fitchelberger en el órgano, como con el canto de Tommaso. Ellos presentaron varias obras de Sagittarus desconocidas en Norcia, y algunas otras del repertorio de Tommasso. El niño se encogió al imaginar lo que la gente de Norcia estarían probablemente hablando después de escuchar su voz. Fue sólo unos pocos días despué del concierto, cuando una mañana Tommasso vió a Olivia en el jardín. ¡La niña en medio de todas esas flores era una visión maravillosa! En vez de llamarla, Tommasso prefirió asomarse por la ventana del dormitorio y contemplarla. Ella se movía muy graciosamente a uno y otro lado del jardín. Subitamente Tommasso tuvo una desusada sensación. Algo le cosquilleaba en un lugar muy privado. Se había arrimado tanto a la ventana que había presionado su ingle contra el marco. Se retiró y la sensación cesó. Luego de nuevo se arrimó suavemente al marco y el cosquilleo regresó prontamente. Lo gozó aunque era tan innatural. Y también gozó la visión de Olivia hasta que ella regresó a la cocina. Tommasso se sentó en la silla. Llevó su mano a su ingle. Buscó por aquí y por allá. Súbitamente un golpe de cosquilleo recorrió todos su cuerpo. ¡Algo raro pasaba con eso! ¡Nunca antes había sentido eso! ¡Bajó sus pantalones y se sorprendió de ver su pene ligeramente hinchado,y tan levantado que ya no colgaba como siempre lo hacía! Lo palpó. Todo parecía sentirse normal, pero al llegar al extremo, donde llegaba ese recubrimiento por debajo, sintió de nuevo ese cosquilleo. Tocó el punto delicado muy suavemente, y pudo controlar el cosquilleo. Lo gozó pero despué de un rato se desvaneció y ya no pudo hacerlo volver. El niño se vistió y se quedó en la cama, pensando en lo que le había sucedido. ¡Lo había sentido grandioso! ¡Algo que tenía que probar de nuevo! Pero de pronto recordó historias que algunos de sus compañeros de Ortona le habían contado. Historias de tocaciones en el pene. Historias de cosas muy poco atractivas, y ¡todas esas historias habían concluido en el quiebre de las voces! Recordaba vívidamente a su amigo Vincenzo, que le contaba acerca de esos cosquilleos que había experimentado por si mismo. ¡Su voz había fallado varias veces mientras le contaba la historia! Un escalofrío invadió a Tommasso. Decidió decírselo a Scorrone en la primera oportunidad. Eso no le demoró mucho tiempo. Resultó que el cirujano pasaba cerca de la puerta. Tommasso saltó y corrió tras él. "¡Sr. Scorrone, Sr. Scorrone!" lo llamó. "¿Qué sucede, niño? ¿Qué haces aquí adentro en vez de salir a jugar al sol? Tommasso tragó saliva y le contó lo que había sucedido con todo detalle, salvo que no mencionó a quien había etado mirando cuando comenzó todo. Scorrone escuchaba sorprendido. "Tommasso, me cuesta creer eso. Si tuvieras catorce años, entonces sí, pero ¿a los doce?" "¡Le juro que es cierto, señor! Dígame, ¿es posible aún salvar mi voz? Scorrone sonrió. "No te preocupes, aún hay tiempo" Pero veamoas qué es lo que sucede allí. Quizá sólo sea alguna irritación. Quítate tus pantalones y tiéndete en la cama." Tommasso así lo hizo. Allí estaba, sus partes más íntimas a la vista para el cirujano, y lo que era aún peor, para cualquiera que pudiera pasar por la puerta abierta. Scorrone se sentó en la cama. "¿Dónde exactamente sentiste ese cosquilleo?" "Aquí" dijo Tommasso, tocando la parte inferior de la punta de su pene. Ahora ya no le cosquilleaba, y su pene estaba pequeño y fláccido como siempre. "Veamos" dijo Scorrone. Con cuatro dedos empujó suavemente hacia atrás el prepucio de Tommasso. No lo llevó hasta el final, pero sí lo suficiente para revelar un glande casi cubierto de una masa escamosa blanca. El cirujano sabía que eran mayormente células muertas de piel. El prepucio se estaba poniendo suelto, y este niño estaba en camino hacia su hombría, a pesar de su corta edad. Los testículos algo crecidos, que llenaban completamente el saco lo confirmaban. Tmmasso apretó los dientes durante el procedimiento. Le dolió bastante pero no quiso decirlo. Luego se sintió aliviado cuando Scorrone soltó el prepucio. "Debes lavarte con frecuencia debajo de esa piel, Tommasso. Ahora, ponte de nuevo tus pantalones." dijo Scorrone. Tommasso procedió. "¿Eso evitará el cosquilleo?" preguntó. El cirujano rió. "No. Por lo menos no por mucho tiempo. Pero detendrá el mal olor." Tommaso se sonrojó. sabía que últimamente había estado oliendo como a pescado descompuesto, pero aunque él se lavaba, el olor no desaparcía. ¡Ahora había aprendido de este modo dónde había omitido lavarse! De todos modos era bueno saberlo. Le dolería pero debía hacerlo, con el objeto de que no lo tomaran por un pescado Como si el cirujano hubiera leido su mente, le dijo. "Sólo empuja un poco hacia atrás la piel, y lava por debajo. Eso es suficiente y no te dolerá. Más adelante se aflojará, de modo que te podrás lavar más fácilmente." Luego miró a la cara del niño. "Tommasso, te estás convirtiendo en un hombre. Pocos niños empiezan a una edad tan temprana, pero tú sí. De modo que es ahora o nunca. Si aún quieres ser un castrato, debemos hacerlo pronto, o empezarás a perder tu voz. Tommasso sintió un hielo. De modo que finalmente era la hora. Y si Scorrone había decidido no esperar más tiempo para que se fortaleciera, significaba que ahora era el momento justo. "Tommasso, aún puedes cambiar de opinión. Nadie hará nada en contra tuya si decides abandonar tu carrera de cantante, o intentarla como tenor. Y he visto que te estás intersando por Olivia." Scorrone sonrió en tanto que Tommasso se ponía rojo. "Lo entenderé si ya no deseas ser castrado." Miró al abochornado niño. ¡Oh, las alegrías de la juventud! Puso su mano en el hombro del niño. "Tommasso, consúltalo con la almohada. Dime mañana lo que hayas decidido. Recuerda, es tu decisión. Te ayudaré en cualquier forma que sea." El hombre se puso de pié para salir de la pieza. Pero Tommasso,como saliendo de un trance, también se paró. "Sr. Scorrone, no necesito dormir para eso. Hace tiempo que ya tomé mi decisión. Quiero ser un cantante castrato." Scorrone lo miró. A él le gustaban esas deciiones firmes. "Excelente. Entonces, mañana por la noche será tu turno. Será domingo. Muy buen día para tal operación. Podemos ir a la iglesia en la mañana, y luego puedes descansar hasta el atardecer. Hoy día deberás comer poco en la cena, y mañana ayunarás. Puedes beber agua, y es bueno que lo hagas. No se necesita más preparación. Sólo relájate. Será más fácil de lo que piensas." Le tendió su mano, y Tommaso se la estrechó. El niño no pudo dormir mucho esa noche. Sólo relájate, le había dicho Scorrone.¡Qué fácil era decirlo y cuán difícil hacerlo! A menudo Tommasso se imaginaba cómo sería la castración. Y qué tanto le dolería. Los alaridos de Alessandro estaban profundamente grabados en su memoria. ¿Por qué a él podría irle mejor? Intentaría tan firmemente como pudiera resistirse a gritar. ¡Aún cuando sólo fuera para ganarle la apuesta a Niccolo! Sonrió. Pero su corazón latía con tal fuerza que no lo dejaba dormir. El domingo en la mañana halló a un Tommaso insomne. Había pasado toda la noche dándose vueltas en la cama, imaginándose cosas, tratando de olvidarlas. Cómo le habría gustado presionar a Alessandro para que le revelara algo de sus impresiones, pero ya no estaba allí. Había sido retirado el viernes considerándolo apto para viajar. De modo que lo único que Tommasso habia aprendido del caso de Alessandro era que dos semanas después de la cirugía se podía viajar en un carruaje, aún cuando no cabalgar en un caballo. Tommasso se vistió temprano en la mañana, y bajó las escaleras. Sólo María estaba en pie tan temprano. Hablaron de muchas cosas, pero no de lo que más le interesaba a Tommasso. No pudo hallar modo de hablar con la señora acerca de su programada castración. De modo que se puso contento cuando Olivia, Nicolo y su padre llegaron a desayunar. Se sentó con ellos a la mesa, pero frente a él sólo tenía un vaso de agua. Los muchachos inmediatamente notaron lo que pasaba. Sabían lo que significaba tener un niño cantante en casa, bebiendo sólo agua, y con cara de preocupación Pero de todos modos no tocaron el tema. "¿Dónde está Carlo?" preguntó Tommasso. María repondió: "Ha ido a escalar el Vettore" El niño quedó intrigado. ¿Es esa gran montaña hacia allá, ¿verdad?" indicaba hacia el oriente. "Sí, esa es. A él le encantan las montañas, y va allá bastante a menudo." A Tommaso le habría gustado ir con el callado y apuesto joven. Pero por supuesto, hoy día, no podría haber ido. ¡Mucho menos en ayunas! Tenía hambre. El agua había sido menos que suficiente para llenar su barriga. Realmente no le gustó la idea de no tener ni siquiera almuerzo. Esperaba tener cena, por lo menos después que todo hubiera pasado. Su corazón saltaba de nuevo. Después del desayuno los cinco fueron a la iglesia. Tommasso escuchó el sermón con desusada atención. Cuando el servicio hubo terminado y todos se estaban yendo, le pidió a Scorrone que lo dejara quedarse un rato. Quería orar solo. El cirujano sabía bastante bien lo que un niño siente en tal situación, y le dijo a Tommasso que se tomara todo el tiempo que quisiera. De modo que el niño se quedó en la iglesia esperando hasta que la última persona se hubo ido. Luego se acercó al altar, se arrodilló y oró en ese estilo silencioso pero ferviente. Esa vez rogó por él mismo. Pidió la ayuda de Dios para que lo hiciera lo bastante fuerte para pasar por todo eso. Le prometió a Dios usar su voz preservada para cantar Su gloria. Luego se quedó arrodillado. ¡Se sentía tan extraño! Lleno de felicidad por su alto llamado, pero igualmente lleno de temor. ¿Era correcto lo que estaba haciendo? ¿Sería una locura? Después de largo rato de estar arrodillado vió que entraba el sacerdote. Le dio un vuelco el corazón, se puso de pie y le pidió si podía oir su confesión. "¿Ahora mismo, niño?" "Sí, padre. No puedo esperar." "¿Acaso es un gran pecado el que deseas confesar?" preguntó el padre. "Realmente no, pero debe ser ahora. O por lo menos, hoy día." Tommasso no quería admitirlo, pero había pensado en la posibilidad de morir durante la cirugía. No quería aparecer ante Dios sin haberse confesado. El sacerdote accedió, pero cuando Tommasso oyó la respuesta, "te escucho, hijo" no supo qué decir. Finalmente le dio un recuento de todo lo ocurrido en las últimas semanas, incluyendo su admiración por Olivia, y directamente le preguntóal sacerdote si algo de eso era pecado. "No, hijo, no hay ningún pecado en nada de lo que me has dicho. Definitivamente no es pecado el tener buenos sentimientos por otra persona. No estabas espiándola sino que viste abiertamente su amistad." Tommasso se alivió. "Pero me preocupa otra cosa, hijo" "¿Qué cosa, padre?" "Es que debes haber tenido un motivo para pedirme la confesión. Sé que lo tienes. Estoy aquí para ayudarte. Dímelo. Sabes que cualquier cosa que me digas quedará secreto entre Dios, tú y yo. Nadie más lo sabrá. Abre tu corazón, hijo." Tommasso ya no pudo resistir. Temblando, a pesar del tiempo caluroso, le contó todo al sacerdote. No era de ningún modo la primera vez que le sucedía tal cosa al sacerdote, pero no supo decirle al niño qué debía hacer. La Iglesia nunca había tomado una posición firme en tal tema. Algunos papas la habían prohibido, otros la habían legalizado de nuevo, pero todos los papas gozaban del canto de los castrati en la Capilla Sixtina de modo que finalmente le dijo: "Hijo, escucha a tu corazón. Si amas la música con toda tu fuerza, y sientes que debes adoptar este paso para mantener en alto tu voz para gloria del Señor, entonces El no verá nada malo en ello. Te bendecirá y te ayudará. Vete en la paz del Señor y confía en El. El te observará desde lo alto y hará que todo sea para mejor." El niño se sintió más calmado después de su confesión. Después de almuerzo, que fue para él sólo un vaso de agua, le preguntó a Scorrone si podía hablar con él. ¡Tenía tantas preguntas! "Por supuesto. Vamos" Fueron hasta la barbería. "¿Cómo te sientes ahora? Te ves mucho mejor que en la mañana." Tommasso se rió. "La noche fue epantosa, no pude dormir. Pero ahora me siento mejor. De verdad. Hablé con el sacerdote. Me ayudó mucho." "Me alegro escuchar eso, Tommasso. De modo que ¿no cambias de opinión?" "No." Luego Tomasso empezó su sesión de preguntas. ¿Cómo usted quiero decir ? ¿Cortará usted todo de una sola vez o cortará sólo mis bolas y dejará el resto? El cirujano sabía que era mejor no reirse de ésto. "La operación consiste en hacer un corte de la bolsa, sacar el testículo y suturar los cortes. Tendrás después sólo dos pequeñas cicatrices." A Tommasso la idea le gustó bastante más que un solo corte. Pero "¿Por qué dos cicatrices?" "Necesito hacer un corte para cada testículo. Hay una división en el saco, de modo que un solo corte no permite el acceso a ambos testículos." Tommasso nunca lo había notado, pero lo aceptó. "¿Qué tanto sangra? ¿Lo deja sangrar o tiene algún modo de detenerlo?" "Oh, niño. ¿Acaso quieres aprender cirugía? bromeó Scorrone, pero le explicó. "La cantidad de sangre depende de muchas cosas. Algunos niños tienden a sangrar más que otros. Pero no te preocupes. Tengo varios sistemas para detenerla. Generalmente dejo que una herida sangre un poco, de modo que la sangre limpie cualquier suciedad, y luego la detengo. No tendrás ningún problema." "¿Cree ustd que sangraré más o menos que otros niños? El cirujano dudó un poco. Luego decidió ser honesto. "Más. Mientras más desarrollado esté un niño, más sangra. Y tú estás bastante más cerca del final de tu niñez, si es que entiendes lo que quiero decir." Era una buena decisión el decir la verdad. Tommasso ahora estaba seguro que Scorrone no le mentía. "¿Qué pasará conmigo después de la cirugía?" "Pasarás algunos días en cama, mientras las heridas cierran. Eso es todo." "No. Quiero decir, a largo plazo. ¿Me pondré débil, enfermo, gordo o algo así?" Ahora Scorrone lo entendió. "No, Tommasso. Nada de eso. ¿Acaso te he dicho algo así? Mucho menos te sucederá después de ser castrado que si no lo hubieras sido. Permanecerás bello por mucho más tiempo, salvo que crecerás bastante más. Te pondrás más alto de lo que habrías sido si no." Ahora eso fue algo que le gustó al niño. Siempre había soñado con ser capaz de mirar por encima de las cabezas de la demás gente. Sonrió "Yo sé que no podré tener hijos, pero ¿podré casarme como castrato?" Ahora Scorrone se rió. "¡Oh tú, caza faldas! Estás pensando en mi Olivia, ¿verdad?" El niño también rió, pero de todos modos se ruborizó. "Tommasso, el casarse es asunto de amor, y sólo eso. Si como castrato adulto te enamoras de una mujer, y ella también te ama a ti, ¡por supuesto que puedes casarte! Es cierto que no podran tener hijos propios, pero pueden adoptar huérfanos. No serás de ningún modo el primer castrato que haga eso." ¡Tommasso vio que el sol brillaba! ¡Eso era realmente lo mejor de ambos mundos! ¡Quizá él podría casarse con Olivia en algunos años! Pero aún tenía más preguntas guardadas. "Sr. Scorrone, ¿puede usted explicarme exactamente qué tienen que ver mis bolas con mi voz? Nunca he hallado a alguien capaz de explicármelo." Esa pregunta cogió desprevenido al cirujano. "Mira, Tommasso, nadie lo sabe realmente. El hecho es que en algún momento de la vida, generalmente cerca de los 14 años de edad, un niño tiene una serie de cambios, y de algún modo esos cambios tienen que ver con los testículos. Uno de esos cambios es el cambio de voz. Pero nadie realmente sabe cómo los testículos causan este proceso. Sólo sabemos que si no hay testículos, esos cambios simplement no se producen." "¿Y cómo alguien descubrió eso?" "Buena pregunta. Sólo por azar, supongo. De todos modos eso fue hace ya mucho tiempo. Miles de años, Tommasso." Tomasso tenía la última y máxima pregunta. "Sr. Scorrone, ¿cómo me castrará usted? Ya sé. Tomo un baño, y luego me corta. ¿pero cómo? ¿estoy de pie, acostado, sentado? ¿lava las heridas, las aprieta para cerrarlas, o qué?" Estaba en ascuas con esas preguntas. Pero Scorrone se le acercó, le puso las manos sobre los hombros del niño, lo estrechó y dijo: "Tommasso, esas son cosas que no necesitas saber por el momento. Ya lo verás todo esta noche. A su debido tiempo te mostraré todo." ¡Todo era tan frustrante! Pero Scorrone parecía que no cambiaría de opinión. "Ahora yo tengo una pregunta para ti, Tommasso." "¿Sí?" "Fuiste al excusado hoy día?" "No ¿por qué?" "Debería ir. Debes estar tan desocupado como sea posible esta noche." ¡Tommasso se sentía suficientemente desocupado! ¡Estaba casi desmayado! "Pero Sr. Scorrone, ¿Cómo podría hacer algo si no he comido nada?" exclamó. Eso era tan cómico que el cirujano no pudo evitar reirse. "Eso es verdad, pero de todos modos debes intentarlo. Probablemente te quede adentro algo de la comida de ayer." Tommasso puso cara larga. "Si fuera así, yo no la siento. Estoy débil de hambre." Pero prometió intentarlo. Finalmente llegó el atardecer. Los niños habían sido enviados fuera por algunas horas. Carlo había regresado de su viaje a la montaña. Estaba sucio y cansado, pero tuvo que esperar antes de poder usar el baño puesto que Tommaso estaba en la tina, cuidadosamente atendido por el cirujano. El niño nunca había ni soñado con todos los lugares que el cirujano cuidaba. Casi se murió de vergüenza cuando Scorrone metió el dedo enjabonado dentro de su ano, pero le había dicho que eso era una parte necesaria de su aseo. Sus uñas fueron lavadas y recortadas muy cortas, su pelo, sus orejas, todo. Tommasso no hizo dificultad y dejó que el cirujano hiciera todo lo que considerara necesario. Después de lavarse, se puso de pie en la tina, y Scorrone lo enjuagó tres veces con agua caliente, dando especial atención a su entrepierna. Luego se secó con una toalla recién lavada y hervida, y se puso un camisón de tela y unas pantuflas. Así vestido, tuvo que caminar hasta el lazareto. Tommasso nunca había visto antes esta pieza. Era la que estaba bajo su dormitorio, y había estado con llave todo el tiempo, para evitar que algún intruso pudiera ingresar suciedad. La pieza estaba escasamente amoblada y pintada de blanco brillante. Había unos pocos gabinetes, una silla, una pequeña mesa, y en el medio había una cosa como cama, pero en realidad muy extraña. Tenía varios sacados de diferentes formas, y muchas correas de cuero en su parte superior y su contorno. Al lado de la cama había un recipiente, una caja de madera, y la mesa también estaba cerca de ella. "¿Puedes encaramerte aquí? preguntó Scorrone después de haber cerrado la puerta y puesto el pestillo. "Por supuesto" dijo Tommasso y se subió a la estructura. "¡Bien! Ahora, acuéstate aquí." El cirujano ayudó al niño a acomodarse en una parte específica de la mesa de operaciones, en que la entrepierna del niño quedaba cerca de un sacado. "Ahora abre un poco las piernas." Tommasso lo hizo. "Así está bien. Solo relájate." ¡Realmente Tommasso ahora se sentía muy relajado! Ya estaba en el proceso y por lo menos ya no necesitaba preocuparse más por su decisión. ¡Era una sensación reconfortante! Scorrone tomó una correa de cuero de un gabinete. Masajeó suavemente los testículos del niño apartándolos del cuerpo, y ató la correa en torno al escroto. Tommasso instinstivamente se retiró, pero se controló. El cirujano dejó la atadura suelta de modo que no le doliera. "¿Para qué es eso? preguntó Tommasso. "Es sólo para evitar que tus testículos se retraigan al enfriarse. Mira." Scorrone abrió la caja cercana a la cama, en tanto que Tommasso se inclinaba a mirar adentro. Había una cosa blanca adentro, y pudo sentir frío en su cara. El cirujano tomó un gran puñado de eso y lo moldeó en torno al amarrado escroto del niño, y luego calentó su mano con la otra. Al comienzo Tommasso se retrajo, pero luego se relajó. "¡Santo Dios! ¡Está helado! ¡Se siente como nieve!" El cirujano sonrió "¡Es ES nieve!" "¿Y para qué sirve? "Tommasso, te dije que hay mejores métodos para reducir el dolor que el opio. La nieve ayuda mucho" Eso era verdad. Después del primer golpe de frío, el niño estaba perdiendo la sensibilidad en su entrepierna. ¡Incluso el frío ya no se sentía tanto ahora! El cirujano compactó la nieve contra el cuerpo de Tommasso, y luego sacó varias otras correas de cuero. Silenciosamente llevó una de las rodillas del niño hacia un lado y la sujetó a unos ganchos. A Tommasso no le gustó eso. "¿Es necesario que me ate? Yo no voy a arrancar. ¡Lo juro!" Pero el cirujano continuó con la otra rodilla exponiendo los genitales de Tommasso a un fácil acceso. "Lo siento, Tommasso, pero es absolutamente necesario. Si pierdes el control, podría ser muy peligroso si no estás atado." Tommasso hizo un gesto. "¿Para mí o para usted?" "Para ambos. Podrías sangrar más de lo necesario, y yo podría perder algún diente." Tommasso se rió. Luego Scorrone compactó de nuevo la nieve. Tommasso sólo sentía presión en su cuerpo, pero ya no sentía frío. El cirujano ató los pies del niño muy juntos, no lejos de su entrepierna, a cada lado del sacado de la mesa. Colocó una ancha abrazadera sobre las caderas del niño, y la puso tirante. De modo que eso era; Tommaso ya no podía devolverse. Luego Scorrone caminó en torno a la mesa, tomó una de la manos del niño, suavemente la llevó sobre la cabeza de Tommasso y la ató. "¡Oh, no! ¿También mis manos? ¿Por qué?" "Por la misma razón, Tommy, seguridad." Tommy Era la primera vez que Scorrone lo llamaba así. Ató su otra mano. Entonces Tommasso vio una pieza de tela blanca sobre su cuerpo. Ya no podía ver hacia su entrepierna. "¿Quiere mantener sus secretos?" bromeó Tommasso. "¡Por supuesto! No necesitas mirar lo que hago. Es un asunto muy privado." Tommaso se rio de nuevo. Le habría gustado ver, pero quizá Scorrone tuviera razón, y fuera mejor no ver su surtidor de sangre. Súbitamente tuvo una idea. Quizá le pudiera ayudar a ganar su apuesta. "Sr. Scorrone, quizá usted pudiera amordazarme de modo de no poder quejarme." El cirujano se intrigó. Primero no quería ser atado, ¿y ahora quería ser amordazado? Pero no lo conseguiría. "Tommasso, esa no es una buena idea. Pudiera ser que tengas convulsiones, y puedas vomitar. Con una mordaza te podrías atragantar. Sin mordaza saldrá fácilmente sin riesgo." Tommasso estaba ahora doblemente preocupado. No le gustaba la idea de vomitar por el dolor, ¡y estaba totalmente solo en lo que concernía a la apuesta! El cirujano abrió el maletín de útiles. Encendió un pequeño quemador de alcohol y puso el pequeño cauterizador en la llama, listo para usarlo. Se puso un par de guantes limpios y una mascarilla sobre su cara. Retiró la nieve que quedaba. Tomando unas pequeñas pinzas, le dijo al niño: "Si sientes algo, dímelo" Pinchó el escroto en varios lugares. "Se siente como si tirara", dijo Tommasso. "¿No duele?" El cirujano pinchó con fuerza, provocando una pequeña mancha roja en la ya blanca piel. "No, no duele." El niño estaba listo. Scorrone decidió proceder. La piel estaba insensible, y, lástima, los testículos no podían ser anestesiados por el frío sin dañar el escroto. Tomó un pequeño paño, lo mojó en alcohol y limpió la parte donde debería cortar. El niño no reaccionó. ¡Qué bueno que la nieve haya estado disponible! Generalmente los niños sentían el calor del alcohol y algunos se ponían nerviosos. Soltó la atadura de en torno al escroto, tomó un pequeño escalpelo, y cortó la piel. Sabía dónde cortar. Sólo salió un poco de sangre. "Siento algo como un agarrón" dijo el niño. "Correcto, Tommasso." El cirujano empujó el testículo izquierdo por el corte. El tamaño era correcto, la bola cupo justo por el agujero sin tironearla demasiado. "¡Ahora eso se siente raro! ¡Como presión en las tripas!" "Eso también está bien, niño. Estoy tirando un poco. Sólo relájate." ¡Solo relájate! ¿Cuán a menudo había oido eso! Tommasso trató de relajarse, pero la sensación era realmente extraña. El cirujano sujetó el cordón con las pinzas, tomó el afilado escalpelo y de un rápido golpe cortó todo el cordón. El testículo cayó y topó contra la pierna del niño. El niño se sobresaltó, encorvó un poco la espalda pero volvió a quedarse silencioso. "¿Cortó dentro de la bolsa? Tommasso sintió un poco de dolor, pero más en su barriga que en donde debería realmente haber sido. "Sí. Acabo de hacer un corte. ¿Dolió mucho?" "No mucho. Creo que la nieve ayuda." Tommasso respiraba con más fuerza. Pero lo estaba tomando bien. A estas alturas la mayoría de los niños ya estaba gritando Salió bastante sangre. Secretamente Scorrone había tenido la esperanza de no tener que cauterizar a Tommasso, pero ahora veía que era imposible. Suspiró. "Tommasso. Retiene la respiración. Esto te va a doler, pero no durará mucho." El niño asintió, tomó una respiración profunda, y esperó lo inevitable. Tenía que ganar una apuesta. Aún cuando Nicolo no estuviera aquí, Tommasso no era un niño que fuera a sacar ventaja de ello. ¡Tenía que mantenerse quieto y evitar gritar! Scorrone tomó el cauterizador y rápidamente presionó sobre lo que quedaba del cordón. Siseó y se levantó una ligera nube de humo. Tommasso sintió un dolor brutal que le golpeaba el lado izquierdo. Se retorció en sus ataduras tan violentamente que tobillos y sus manos le dolieron aún pasando por el intenso dolor de su barriga. Apretó los dientes y aguantó el dolor hasta que comenzó a ceder y aquietarse en un extraño malestar. Scorrone miró el cordón cauterizado. La sangre apenas salía ya. Nada que significara algún riesgo. Soltó el cordón que se deslizó dentro del escroto. "Felicitaciones, Tommasso, ¡Eres muy valiente! ¿Te sientes mejor ahora?" Tommasso respiraba con más facilidad. "Sí. Duele menos ahora. ¡pero resultó terrible! Si eso era la piel, ¿cómo dolerá cuando corte las bolas?" Scorrone sonrió. "Tommasso, ¡eso ERA la bola! ¿ya salió! Ya estoy casi listo en este lado. Ahora debo hacer la suturas. Tommasso se demoró un poco en entender. "¿Entonces, el tironeo que sentí fue cuando cortó la piel?" "¡Correcto, niño!" Tommasso quedó asombrado. "Sr. Scorrone, esa nieve es una gran cosa. ¿Dónde la consiguió ahora en mitad del verano?" El cirujano sonrió. "Carlo la trajo en su viaje a la montaña. El hizo todo ese trayecto hasta los campos de nieves eternas." "¡Vaya!" dijo Tommasso. Entonces, súbitamente, comprendió. "Dígame, ¿Carlo subió al Vettore con el solo propósito de traer nieve para mi?" Scorrone sonrió mientras hacía las suturas. "Sí. Correcto. Cuando supo que serías castrado hoy día, me dijo que quería hacer esto para ti. Lo ha hecho varias veces, pero sólo para niños que él realmente considera que lo merecen. Tommasso sintió un nudo en la garganta. "Carlo es un gran muchacho," intentó decir. "Sí" dijo el orgulloso padre. "No habla mucho, pero sabe cómo ayudar a otras personas. Ha sido así desde que era un niño pequeño. Tommasso se quedó silencioso. El dolor en sus tripas era fuerte, y ansiaba un modo de poder presionar su bajo vientre. Sentía que eso le podía ayudar. Pero sus manos estaban atadas. Sintió que el cirujano pinchaba y tiraba, pero eso no le dolía tanto. Su piel estaba demasiado helada. Scorrone aplicó algo de su poción de hierbas en la herida cerrada. Limpió la sangre remanente con el mismo paño, y se movió al otro lado. "Capítulo dos, y último" dijo. Tomó las pinzas y pinchó el escroto del niño en varios lugares, acercándose a la base. "¡Ouch!" dijo Tommasso. Scorrone dejó las pinzas, y se sacó sus ahora ensangrentados guantes. Ató la amarra de cuero en torno al testículo remanente que se había retraido profundamente en el cuerpo del niño. Lentamente la piel cedió desarrugándose. El cirujano tuvo cuidado de no aplicar demasiado esfuerzo en la herida reciente. El cordón cauterizado ya debería haberse sumido profundamente hacia adentro. Cogió otro puñado de nieve de la caja y la aplicó. Tommasso sintió el frescor y lo apreció. Ese era su boleto para el alivio del dolor. Mientras la nieve hacía su trabajo, Scorrone comenzó a masajear el lado izquierdo del vientre del niño. Presionó suavemente masajeando muy suave hacia abajo. "¿Ayuda ésto?" Tommasso asintió. ¡El masaje casi eliminaba el dolor! "Lo que sientes ahora es la sangre que se detiene en la arteria puesto que ya no puede llegar hasta el testículo," explicó. "¿Pero por qué el dolor es en mi vientre y no en el lugar en donde usted cortó?" "Porque el testículo se conecta con el resto de su camino hacia arriba por aquí." explicó Scorrone tocando el lugar. ¡Qué extraño es el cuerpo humano!. El cirujano empezó de nuevo a trabajar. Retiró el hielo, pinchó a Tommasso que ahora ya no lo sintió. Se puso un nuevo par de guantes, limpió el lado derecho del escroto con alcohol, soltó la amarra, y cortó y sacó el testículo. Esta vez Tommasso lo notó. "Ahora usted está sacando mi bola, ¿verdad?" "Sí. ¿Duele?" "Realmente no, pero siento el tirón aquí arriba." Tommasso hizo un gesto "¡Casi en el cuello!" Scorrone se rió. ¡Era una gran cosa el ver a este niño haciendo chistes a pesar de tener el testículo fuera de su escroto! Cogió las pinzas, sostuvo el cordón, y lo cortó. ¡Plop! El niño dio un tiritón, pero dijo friamente "Ese fue el corte. Dolió algo." "Sí, Tommasso, pero alégrate. Tu voz ya está a salvo. "El niño sonrió. se sentía feliz y en buenas manos, a pesar del dolor. El lado derecho sangró mucho menos que el izquierdo. El cirujano consideró el ahorrar a Tommasso el dolor de la cauterización, pero después lo reconsideró. Demasiado peligroso. Sólo en niños mucho menores se podía hacer sin cauterización. Y este niño asumió bastante bien el dolor. Cogió la herramienta caliente. "¡Ahora viene, Tommasso. Demuestra lo valiente que eres!" Y quemó la carne sangrante. Había sido un poso repentino, y cogió desprevenido al niño. Dió un grito ahogado. No realmente un alarido, pero no estuvo lejos de eso. Todos los músculos de su cuerpo se engarrotaron y respiró pesadamente. Después de medio minuto o algo así, se relajó de nuevo y dijo a dura penas, "Esa fue la última, espero " "A menos que tengas tres testículos, sí" respondió el cirujano. Tommasso se rió a pesar del intenso dolor. Pero le dolía más al reirse, de modo que se contuvo. Scorrone dejó que el resto se retrajera después de haberse asegurado que ya no sangraba. Luego volvió al trabajo con aguja e hilo, cerrando la herida y aplicando generosas cantidades de la poción en ambos lados. Limpió la sangre restante del cuerpo del niño, sin preocupare de la que había caido en la tela que cubría la mesa. Ambos testículos extirpados fueron a dar a un recipiente, y tras ellos los paños usados que los cubrieron adecuadamente. Luego cerró su caja de útiles, dio la vuelta a la mesa y desató las manos del niño. "¿Eso es todo?" preguntó Tommasso. "Sí. ¿acaso querías más?" La expresión en la barbuda cara del cirujano, ahora desprovista de la mascarilla, hizo reir al niño. "No. Ya es suficiente." Lentamente, Tommasso puso sus manos sobre su vientre, suavemente aplicó una profunda presión en ambos lados, algo más arriba de la base del pene. "¿Puedo hacer esto, o es peligroso? Me ayuda con el dolor." "Sí. Puedes masajear los cordones, pero hazlo muy lentamente, de modo que no haya una súbita pasada de sangre. ¡Y no te toques las heridas!. El cirujano desató la correa de la cintura del niño y liberó sus piernas. "No las muevas" le advirtió, palmoteándole lo muslos. Lentamente las movió a una posición más cómoda. El niño lo sintió mucho mejor. Luego sacó una gran pieza de tela blanca y la ató entre las piernas del niño y sobre sus caderas. "Ahora me siento como una guagua," reclamó Tommasso, "con pañales y todo." El cirujano se rió. "Pero, a diferencia de una guagua, no tienes permiso para hacerte pipí ni caca en tus pañales. Cuando necesites hacerlo, dímelo. Ahora espera un minuto." Scorrone salío y subió la escala. Tommasso pudo oirlo en su pieza de arriba, y luego regresó. "Las guaguas necesitan que las lleven," sonrió. Poniento un brazo bajo las rodillas de Tommasso, le ordenó: Cuélgate de mi cuello, pero mantén las piernas tan relajadas como puedas." Y puso su otro brazo bajo la espalda de Tommasso, entrelazando las manos bajo el trasero del niño. Tommasso protestó "¡no estoy tan débil para caminar!". Pero el cirujano sabía más. "¡Ni sueñes en caminar! ¡Ahora vamos!" Cuando Scorrone lo levantó, el niño notó la gran mancha roja en la tela que cubría la mesa de operaciones. ¡No se había dado cuenta de lo mucho que había sangrado! Tommassso se asió al cuello del hombre, y él lo sacó del lazareto escaleras arriba hasta su dormitorio. Mientras subia la escala, Scorrone comentó, "Te has puesto más pesado, Tommaso." Pero el niño repuso, "¡Qué raro! ¡yo creía que ahora estaba un poco más liviano!" El hombre se rió tanto que casi se cayó de la escala. Tommasso mantuvo su cara seria, porque sabía que el dolor empeoraría si se reía. Pero para sus adentros estaba orgulloso de su rápido chiste. Scorrone lo acostó, lo abrigó, y le recordó: "Sólo masajes suaves, y no metas tus manos bajo tus pañales." Sonrió y se fue. Tommasso se sentía muy relajado ahora que todo había pasado. Suavemente presionó su vientre, buscando los puntos que le daban mejor alivio del dolor. También ahora estaba empezando a sentir sus heridas. Sentía tirones. Muy suavementre movió sus piernas, lo cual le ayudó algo, pero después de un rato el dolor reapareció. De todos modos no era un dolor terrible, ni siquiera cercano al de la quemadura. Y repentinamente, se dio cuenta que había ganado su apuesta con Nicolo. ¡Se sintió muy orgulloso con ello! Puso atención en su dolor. El tironeo de las suturas, y lo quemante de los cortes, era un dolor moderado que podía soportar. Pero estaba ese dolor extraño en su barriga. Eso era mucho peor. Mantuvo el masajeo suave, como se le había dicho. Y luego, hubo otro tipo de dolor: ¡una profunda e intensa sensación de hambre! De modo que cuando el cirujano regresó después de un rato, levantó los cobertores y miró por si había alguna señal de sangrado o inflamación, Tommaso le dijo que estaba ralmente famélico. "¡Excelente!" exclamó Scorrone. "¿Por qué tan bueno?" "Porque si un paciente tiene apetito, todo va bien con él." Tommaso se rio, pero el cirujano prosiguió: "Realmente, Tommasso, la mayoría de los niños sienten más náuseas que hambre cuando han sido recién castrados. De modo que es una gran noticia el oir que quieres comer. Le diré a Maria que te traiga algo luego. Tommasso se deleitó con sólo pensarlo. Comió lentamente, en pequeñas porciones. ¡Estaba exquisito! No sólo había María puesto sus mejores esfuerzos en esta comida, sino que también su hambre hacía que todo supiera mejor. Por otra parte, el dolor estaba llegando al punto de quitarle el apetito. Parecía crecer minuto a minuto. De algún modo se sirvió toda la comida, pero varias veces tuvo que detenerse y masajear sus tripas, tratando de llevar el dolor a límite tolerables. De modo que, bastante rato después, cuando Maria vino por la bandeja, le pidió que le dijera a su marido que estaba muy adolorido. Scorrone vino rápidamente y halló al niño muy pálido. Sabía muy bien que el dolor en tales cirugías llegaba en oleadas. Descorrió los cobertores y preguntó: "¿Dónde exactamente duele? ¿Las heridas o adentro?" "Adentro, aquí" y el niño señaló los costados de su estómago, entre los huesos de la cadera y hacia abajo. Scorrone se sentó y suavemente presionó sus pulgares en la barriga del niño, masajeando sus cordones. "Eso es, exacto," dijo Tommasso. "He estado un buen rato masajeando allí, y algo me alivia, pero duele bastante." Scorrone puso cara preocupada. "Tommasso, no es mucho lo que puedo hacer ahora para ayudarte. Esto te dolerá por un tiempo hasta que tu cuerpo se ajuste al menor flujo de sangre por esas arterias." El niño había esperado una respuesta más esperanzadora. "¿Podriamos probar con algo de nieve?" El cirujano sonrió. El sabía muy bien que poco se podía obtener en este caso por el enfriamiento. Pero si el niño creía en la nieve, le ayudaría a sobrellevar el dolor. "Por cierto, Tommasso, podemos intentarlo." Fue y volvió un poco después con la caja que ahora goteaba agua. Compactó un poco de nieve en una bolsa de cuero, y suavemente la colocó sobre la barriga de Tommasso. El niño tiritó por el repentino frío, pero luego se quedó tranquilo. Scorrone lo miró. Sentía el mayor respeto por este niño. "¿Puedo decirte algo, Tommasso?" "Sí. ¿qué cosa?" "Eres el niño más valiente que yo haya castrado nunca." "¿Por qué lo dice?" "Porque es la verdad. No trataste de arrepentirte como muchos lo hacen. En ningún momento lloraste. Y no gritaste cuando te cautericé y, créeme, eres el primero que veo que puede autocontrolarse aún así. Aún la gente adulta grita cuando tengo que quemarlos." ¡Tommasso de pronto comprendió por qué Nicolo había estado tan seguro de ganar su apuesta! Se rió. El cirujano puso cara inquisitiva. Tommasso explicó. "Sr. Scorone, ¿puedo decirle algo?" "¿Qué cosa será?" "Usé una treta para evitar gritar." "¿Una treta? ¿Qué clase de treta?" Poniendo su cara más inocente, Tommasso le dijo todo acerca de la apuesta con Nicolo. Pero el cirujano se puso furioso. "¡Ese bandido! ¡le he dicho que no hable acerca del dolor con los pacientes que deben tener cirugías! ¡Debiste habérmelo dicho antes de esto, Tommasso! ¡Nico tendrá que probar la correa por esto!" Tommasso se puso muy temeroso por el súbito arranque de Scorrone. "¡No, realmente él no me hizo ningún daño! Yo sabía que dolería, y nuestra apuesta me dio la fuerza para evitar el gritar. Y de todos modos la apuesta fue idea mía y no de Nicolo." El cirujano sopesó la situación. Luego se decidió. "No es la primera vez que Nico asusta a otros niños contándoles historias de horror acerca del dolor. Está maduro para unos correazos. Le he dicho por lo menos veinte veces que no siga atemorizando a mis pacientes. Ahora verá." Tommasso pensó en ello. Claro. El se había atemorizado bastante por la advertencia de Nicolo. ¡Pero, entonces, Nicolo tenía razón! Dolía brutalmente, ¡y si él no hubiera estado preparado para ello habría gritado! El dolor de la cauterización había llegado tan repentinamente después de los cortes casi indoloros. "Sr. Scorrone" "¿Sí?" "Por favor, no castigue a Nicolo. No es un mal niño." El cirujano movió su cabeza. "Pero si yo le digo una y otra vez que no haga eso, y él sigue haciéndolo, ¿qué más puedo hacer? Tommasso, hay casos en que unos pocos correazos son el mejor maestro." Pero Tommasso sabía algo mejor: "Sólo dígale que perdió la apuesta. Eso sserá castigo más que suficiente para él." Scorrone se rió. ¡Esos niños! Realmente el frío hizo que Tommasso sintiera un poco menos de dolor. Cuando Scorrone lo vió calmado, incluso soñoliento, sacó la bolsa de nieve y puso los cobertores sobre el niño. Corrió las cortinas eliminando la poca luz diurna que quedaba. "Ahora, trata de dormir, Tommasso. Lo necesitas. Si algo sucede en la noche, como más dolor, algo de sangrado, o lo que sea, sólo llama. María tiene el sueño liviano y ella me despertará." El niño dudó un momento y luego preguntó, mejor ahora que más tarde: "¿Qué hago si necesito hacer pipí?" "Sólo llámame. Te ayudaré" Tommasso hizo un gesto y gritó "¡Sr. Scorrooooneee! El cirujano se rió "¿Tan luego?" "Sí. Necesito hacerlo" De modo que Scorrone abrió el vendaje de Tommsso y lo levantó a una posición que le permitiera al niño alcanzar el bacín. Tommasso hizo su primera entrega como eunuco, y se alivió de ver que sus tuberías aún parecían funcionar muy bien. Tommasso no pudo quedarse dormido. Oyó el regreso de los niños y luego a la familia cenando en el piso bajo. Se preguntó si alguien lo visitaría, pero aparentememte Scorrone le había dicho que lo dejaran tranquilo. Esperó por si Nicolo recibía su castigo, pero para su tranquilidad, nada pasó. El dolor en la barriga de Tommasso era tanto que pensó que no sería capaz de dormir. Ya sabía que no había nada que pudiera ayudarlo, de modo que aguantó. Aún así se alegró cuando más tarde Scorrone abrió silenciosamente la puerta y entró con una vela en su mano. "¿Aún despierto?" preguntó. "Sí. Esto duele mucho. No puedo dormir" Temmasso estaba resignado. Entonces Scorrone dijo: "Podemos probar otra cosa. No sé si te gustará, pero puede ayudar." Desapareció dejando la puerta abierta. Algunos minutos más tarde regresó trayendo un vaso lleno. "Toma esto, aun cuando te queme." Ayudó a Tommasso a sentarse, y el niño sintió el estorbo de sus heridas. Pero no les hizo caso y tomó el vaso. Olía como lo hacen las medicinas. Se sobresaltó ¡era brandy! Sabía que los niños de su edad no tomaban eso. Miró el gran vaso. "¿Realmente debo tomarme todo eso? Scorrone sonrió. "Sí, pero sólo por esta única vez. No te conviertas en un alcohólico." Tommasso hizo un gesto y luego se tomó rápidamente todo el licor, y sintió la quemante sensación que corría hacia abajo por su garganta. Scorrone lo acostó y le deseó buenas noche. Tommasso se masajeó su bajo vientre. Pero luego empezó a sentirse divertido. Aferró sus manos a los costados de la cama, porque todo parecía dar vueltas a su alrededor. La cama parecía irse por algún lado y darse vueltas. ¡Sintió como si se cayera de la cama! Pero al mismo tiempo ya no se dio cuenta de si algo le dolía, de dónde estaba, de qué dolor se trataba y un poco después estaba durmiendo como tronco. Un tronco muy borracho, eso era Se depertó en la mañana cuando un pájaro golpeó en su ventana cantando su canción. Tommasso había desarrollado la costumbre de abrir la ventana en tales casos, con el resultado de que el pájaro entraba por un rato a la pieza proporcionando gran alegría al niño. De modo que automáticamente saltó de la cama hacia la ventana, pero ¡ouch! rápidamente recordó los acontecimientos de la tarde anterior. Respirando pesadamente por el súbito dolor entre sus piernas, se acostó en la cama. ¡Podía sentir su corazón latiendo con fuerza entre sus piernas! Y el dolor fue tan fuerte que temió que se hubiera abierto una herida. Pero también había algo positivo. Ya no sentía ninguna incomodidad en su barriga. El niño se quedó acostado. De pronto sintió algo mojado en su pierna izquierda. Entró en pánico. "¡Sr. Scorrone! ¡Sr. Scorrone!" Escuchó y llamó de nuevo. Entonces oyó ruidos y un momento más tarde Scorrone entró a la pieza vestido sólo con su ropa interior. "¿Qué pasa, Tommasso? ¿Algún problema? ¿Cómo dormiste? Tommasso le contó su alocada acción. Scorrone de inmediato removió el vendaje. Halló que la herida del lado izquierdo sangraba ligeramente con una sutura abierta. Todo el escroto estaba bastante inflamado y tenía los colores que usualmente aparecen después de los cortes. "No es nada demasiado malo" dijo, "espera un momento." Fue a buscar su maletín con útiles y luego aplicó algo de la poción de hierbas en la herida, limpiando la sangre. "¿Duele? "Sí. Arde. Y siento allí los latido del corazón." Scorrone tomó la bolsa de cuero y la llenó con nieve. Tommasso miró sobre la cama dentro de la caja. ¡Quedaba bastante nieve! "¿Cuánto tiempo dura allí?" "¡Hasta tres días!" Eso era reconfortante. Tommasso sintió el cuero helado entre sus piernas, y pronto el dolor empezó a desvanecerse, siendo reemplazado por la frescura. "¿Sientes aún esa sensación dento de ti?" preguntó Scorrone. "No. No del todo" dijo feliz. El cirujano sonrió. "Probablemente ya no volverá. Tommasso, desde ahora en adelante las cosas mejorarán. ¡Pero ten cuidado de no hacer que tus heridas se abran de nuevo!" Después del desayuno, que él se sirvió en posición casi horizontal, preguntó por los niños. "Carlo está en su trabajo, pero Olivia y Nicolo están abajo. Todos ellos quieren verte, pero les he dicho que te dejen dormir," fue la respuesta de María. "¡Me gustaría mucho hablar con ellos,! ¡Es muy aburrido estar solo!" De modo que consiguió que Olivia lo visitara pronto. Cuando la bella niña le preguntó cómo se sentía, Tommasso se quedó sin habla. Primeramente, Olivia causaba una extraña inseguridad en él, y luego, ¿cómo decirle a una niña como se siente uno después que le han sido eliminados los cocos ? De modo que la única repuesta que se le ocurrió, fue "feliz". Y la completó, "Feliz de tenerte aquí, Olivia." Después se sonrojó. Ambos conversaron largo rato esa mañana. Es decir, sólo Olivia habló, y Tommasso escuchaba. Ella le contó muchas cosas que él nunca recordaría, pero era tan bello sólo el oirla hablar, contemplarla, estar con ella. Tommasso desechó los pensamientos acerca de qué haría él en Roma sin Olivia. No valía la pena pensar en eso. Por ahora la tenía a ella Más tarde en la mañana Nicolo lo visitó. Tommasso le preguntó en cuanto pasó por la puerta: ¿Recuerdas nuestra apuesta? Se se sonrió lo más amplio que pudo. Nicolo puso cara agria. "Hiciste trampa" ¡Yo no sabía que conseguirías nieve! ¡Cualquiera puede evitar el gritar si no siente nada!" Hubo un momento de silencio. Tommasso trataba de hallar una forma de aclarar las cosas. "¿De modo que tu padre te dijo que te gané? "Sí. El lo hizo. Y también me dijo que le hablaste acerca de mi castigo. Gracias por eso, compadre" Nicolo se acercó a la cama y le ofreció su mano. Tommasso la estrechó. "Eres bienvenido. ¡A propósito,! cuando tu padre ejercita su correa en tu trasero, ¿gritas? Nicolo puso cara de miedo. Tommasso se rió. "No tengo nieve en el trasero cuando me hace eso," fue toda la explicación que dio. Después de almuerzo tuvo la visita de Carlo. En su modo callado, le preguntó cómo se sentía. El niño de nuevo sintió un nudo en la garganta. "Estoy muy bien ahora, Carlo y en gran parte gracias a ti. Nunca olvidaré lo que hiciste por mí." Carlo no le dio importancia. "Me encantan las montañas, Tommasso. Ellas nos dan confianza, belleza, y mucho más. Y tú te merecías que ellas te ayudaran. Las montañas te dieron esa nieve, Tommasso, no yo. Yo sólo la traje hasta aquí." Tommasso suspiró. "Sin esa nieve, probablemente me habría vuelto loco del dolor. Carlo, tú me hiciste esos zapatos, te tomaste todo ese trabajo para traerme esa nieve. Yo no sé cómo alguna vez podré devolverte todos esos favores." El joven se sentó en la cama y tomó la mano de Tommasso entre las suyas. "Mira Tommasso, no necesitas devolverme nada a mí. Si alguna vez estás en la situación en que puedas fácilmente ayudar a alguien más, de tal modo que el esfuerzo para ti sea mucho menor que la ganancia que significa para el otro, entonces no dudes en ayudarla. Esa es la mejor manera de devolver los favores. En algún punto el círculo se cierra y el mundo se hace un poco mejor." Los ojos de Tommasso se humedecieron. De prontó comprendió la inmensa verdad en lo que Carlo le había dicho. Prometió, no sólo a Carlo sino también a sí mismo practicar esta regla por tanto tiempo como viviera. Tommasso pasó todo el resto del día en cama. Las heridas comenzaban a cicatizar, y la inflamación a disminuir muy lentamente. Usó esporádicamente la nieve hasta que toda se acabó. La primera vez que miró sus heridas se quedó choqueado. No por lo plano del escroto, que era algo previsto, ni por el tamaño de las heridas que eran algo menores de lo que él había pensado. No, ¡la razón era por los colores! ¡Tommasso nunca había visto una parte de él mostrar tal despliegue de amarillo, verde, violeta, azul y negro! A veces, Tommasso abría su cartera de cuero y contemplaba sus tesoros. Pasó bastante tiempo mirando la pintura de Campolietto. Lentamente el niño empezó a sentir que los testículos que colgaban frente a sus piernas en esa pintura realmente no tenían nada que hacer allí. ¡Debería haberse desprendido de ellos mucho tiempo antes!. Un día Tommasso pidió papel, tinta, una pluma y lacre. Escribió una larga carta a Luca contándole todo acerca de sus aventuras. Echaba de menos a su amigo. Luego escribió otra al señor Roletto, la cual fue menos personal, pero también bastante informativa. Y luego escribió una tercera carta al sacerdote pidiéndole que entregara las otras dos cartas y que saludara a todos en nombre de Tommasso. Luego selló las primeras dos cartas incluyéndolas en la tercera que también selló, y la dirigió al sacerdote de Ortona. Más tarde, Carlo llevó la carta al correo por él. Cuando Scorrone le permitió levantarse, lo hizo y pronto retomó su vida con la familia Scorrone. Le tomó algunos días acostumbrarse a esa nueva sensación de viento que le tocaba en un cálido lugar entre sus piernas. Y descubrió la nueva libertad de poder juntar las rodillas sin atrapar nada entre sus piernas. Realmente se sentía grandioso. Más tarde cuando Scorrone retiró las suturas, lo cual no le dolió nada a pesar de la falta de nieve, sintió finalmente que ya estaba todo listo. Tuvo la oportunidad de cantar dos veces más en la iglesia, lo cual lo hizo muy conocido en Norcia. La gente lo saludaba en las calles, y le decía lo mucho que les gustaba su canto. Si de él dependiera, esta vida podría durarle por siempre más un día, pero sabía que toda cosa buena tiene un final, de modo que aceptó su suerte cuando un día, después de haber estado en el arroyo bañándose con Olivia y Nicolo, a su regreso, Scorrone le dio las noticias: Un amigo de él viajaba a Roma, y había accedido a llevar a Tommasso. Viajaría en un carro a caballo, de modo que sería una forma relativamente suave y rápida de viajar. Sea como fuere, se acercaba el momento en que Tommasso debería pedir la admisión en la escuela de música, de modo que ésta era la oportunidad de hacerlo. Así como Tommasso sentía pena en su corazón por dejar a esta amable gente, así también estaba ansioso por abrazar su futuro. De modo que después de una larga tarde con mucha conversación, que incluyó algo de canto, como si el mundo se fuera a acabar, y muchas miradas entre él y Olivia, se fué a dormir para su última noche en Norcia. Temprano a la siguiente mañana, el carro del Sr. Fragetti se detuvo frente a la casa y llegó la hora de partir. Scorrone le dijo que contara con sus amigos en Norcia, por si llegara a necesitarlos. María lloró y lo abrazó largamente. Tommasso mismo tenía dificultad para contener las lágrimas. A Nicolo sólo le dijo "no más apuestas, o si no ," y el niño menor hizo un gesto. Con Carlo intercambió un firme apretón de manos que hizo que crujieran los huesos de las manos de ambos niños. "Gracias de nuevo por todo. No quiero olvidar cómo poder retribuirles todo." Y luego llegó la parte más difícil. Miró a Olivia a la cara, y vio las lágrimas que corrían por sus mejillas. Entonces Tommasso se olvidó de sí mismo y plantó un gran, honesto y larguísimo beso en la boca de Olivia. "Volveré por ti, cuando haya terminado mi escuela en Roma," le dijo al oido. Olivia lloraba. Tommasso la abrazó largo rato, hasta que Scorrone suavemente los apartó y le recordó que el Sr. Fragetti no podía esperar eternamente. De modo que Tommasso trepó al vehiculo, y saludó hacia atrás mientras los caballos tiraban. Los Scorrone miraron hasta que el carro se perdió en el polvo. Un hombre mayor, visiblemente emocionado, una bella dama llorando, un niño pequeño sabiendo que perdía a un buen amigo, un silencioso joven, aún admirado por el coraje de este niño cantante, y una niña de doce años firme en su decisión de esperar el regreso de Tommasso, sin importar cuánto demorara. ----------------****************----------------- Los archivos de la iglesia de Ortona registran el bautismo de Tommasso el 9 de marzo de 1658. La muerte del padre de Tommasso, y muy posteriormente de su madre, también están registrados. Los archivos del Conservatorio de Santa Cecilia en Roma mencionan la aceptación de un cierto 'Tommassus Pinetus eunuchus' el 28 de agosto de 1670. Su último lugar de residencia fue anotado como 'Norcia.' Firmó un contrato de ocho años como alumno soprano. Durante este tiempo sería hospedado, alimentado, vestido e instruido por la escuela, en tanto que él debía cumplir los deberes que la escuela le encomendara. Registros posteriores del Conservatorio mencionan muchos casos en que Tommasso fue 'arrendado' para conciertos y servicios. Debe haber sido una gran fuente de ingresos para la escuela. En 1678, Tommasso egresó con honores de la escuela. Después se pierde todo rastro. Los investigadores no pudieron hallar ni una sola mención de su nombre en ningún libro posterior. Quizá haya muerto tempranamente, o quizá haya desaparecido en el olvido. Pero la explicación más probable es que haya podido tomar un nombre artístico, como era costumbre en los castrati de ese tiempo. Así, todo registro posterior anotaría sólo este nombre artístico, desconocido para nosotros, y probablemente nunca podríamos saber acerca de su vida posterior. Los archivos de la iglesia de Norcia no registran el matrimonio de Olivia Scorrone. Esperemos que se haya casado en otra parte. Norcia aún es famosa por sus cerdos. No es por simple azar que en italiano la palabra común para 'carnicero' es 'norcino'. Y si cierto cantante que me encontré hace algunas semanas me contó la verdad, entonces Norcia aún es famosa por esa otra especialidad. Este cantante, conocido sólo en cículos de conocedores, es un hombre de 31 años de edad, y canta con una limpia y poderosa voz de soprano.
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