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La provocación puede serlo todo. Comencemos con una bruja deliciosamente cruel, de pelo negro, a la que llamaremos Ryn (que tiene un culo perfecto y unas tetas más bien grandes), y un perdedor que está cansado de su pene pulsante, que lo cree un estorbo que obstruye en sus sueños, haciéndolo a él el apéndice y a su pene el soñador.
Ella lo ata a una silla con bastantes luces para alumbrar la escena. Está desnuda y tiene piel de suave alabastro; su firme culito es de un blanco crema, y su cabello negro como un cuervo cae sobre sus senos como un río oscuro. Ryn le abre las piernas a la fuerza, con sus delicadas manos terminadas en uñas negras. Las extremidades de él son sujetadas por seda tan suave y firme como la piel de ella. El cuarto es totalmente blanco, frío, y estéril, como oponiéndose a la carne caliente y pulsante de su erección. Un gran espejo ocupa la pared ante él, en el cual se ve a sí mismo y a su pene, y a Ryn a su derecha inclinándose sobre él. Su pelo oscuro flota sobre él y le cosquillea la ingle mientras ella observa ávidamente su pene y la máquina en la que lo meterá para cortarlo. Para ello usará una guillotina con dos cuchillas de acero quirúrgico, frías y precisas, infalibles en su poder de cortar rápidamente, impulsadas por resortes comprimidos de mil libras de fuerza. Un solo corte, un solo salto de esta máquina acabará sus orgasmos para siempre. Este pulso de la máquina coincidirá con el primer pulso de su último orgasmo, para que sienta sólo el comienzo de su última eyaculación antes de que sea apagada y cortada de golpe. Ryn sonríe y comienza la tortura. Toma su pulsante pene en la boca y lentamente lo frota con una lengua húmeda, esparciendo sobre él su saliva, y lubricándolo para la inserción en la máquina que lo cortará. Su pene debe estar húmedo para que quepa por el estrecho anillo metálico entre las cuchillas de la guillotina. Ella está usando un pintalabios negro que se esparce sobre el duro pene como la muerte. Él gime y lucha contra sus ataduras, contrayendo su músculo peneal varias veces mientras ella se ríe de su lucha. -No, no lo hagas... cambié de idea-, ruega, -no me cortes el pene-. -Demasiado tarde-, dice ella con una sonrisa. Ella se arrodilla en el suelo y comienza una serie de caricias rápidas, usando su lengua rosada y labios negros, subiendo y bajando por el cuerpo del pene, mordiendo la base con sus filosos dientes, moviendo la piel del pene con sus fuertes labios. Él se retuerce y sucumbe al placer. Desde la base hasta la punta rosada, su pene es acariciado por la boca de ella. Después de tan sólo un momento de esto ella se detiene abruptamente y retira su boca. Con su mano izquierda toma la base del pene y comienza a apretarla rítmicamente, apagando el orgasmo incipiente que lo hacía temblar y pulsar. Él gime por esta represión del placer e intenta mover sus caderas para sentir más fricción en la piel de su pene, pero las suaves y firmes ataduras que lo sostienen evitan este movimiento, y su cuerpo se traga el orgasmo interrumpido y tiembla por el placer que le ha sido negado. -Es hora-, dice ella. Ryn baja el brazo metálico negro de la máquina para que quede paralelo a su cintura. Toma el pene por arriba y mueve el órgano hacia el anillo de acero entre las cuchillas preparadas. -¡Noooooo, por favor!-, ruega él, mientras ella inserta el órgano pulsante en la máquina y lo hace pasar por el anillo tirando de la cabeza. A diferencia de una vagina, que se siente suave, húmeda, y tibia, su pene siente el estrecho, duro y frío acero del anillo, que lo sujeta fuertemente y lo posiciona entre las cuchillas al ángulo perfecto de corte. Casi todo su pene está al otro lado del anillo, pero no todo. Ella quiere más de su órgano. -Lo quiero todo cortado, que no te quede muñón para jugar-, dice ella. Así que con otro tirón en la cabeza, hace pasar el último medio centímetro de pene entre las cuchillas, que ahora descansan justo en la base de su precioso pene. Una gran manija roja controla la acción de la guillotina. Ella se sienta en una butaca a la derecha de él, que puede ver la carne rosada de su vulva expandirse por la excitación; está húmeda por la anticipación. Él ve también en el espejo su pene condenado sujeto por la máquina, temblando, pulsando. El espejo también lo deja ver la espalda de ella, y su delicioso culo está aplastado contra la butaca. Ella toma un frasco lleno de formaldehído, poniéndolo cerca, diciendo que conservará su órgano después de ser cortado. Fija entonces su ojo clínico en el pene, y una vez más lo toma en su boca y vuelve a trabajar en él. El anillo metálico aprieta el pene mientras él siente los negros labios acariciar la suave piel de su precioso apéndice, que pronto será carne muerta en un frasco. -Estás sintiendo mucho placer-, advierte ella, y toma un llavero metálico, lo humedece con su saliva, y lo aprieta sobre la cabeza de su pene. Éste se desliza justo detrás de la cabeza, ajustándose bien en el surco de piel detrás de aquélla, donde aprieta su suave carne. Ella de nuevo lo chupa y ahora con cada caricia de sus labios él siente dos pellizcos: uno en la base de su pene por la máquina, y otro por el llavero detrás del glande. Sin embargo el placer es grande y él lo saborea, sabiendo que pronto terminará para siempre. Cada movimiento de su músculo peneal hace que estos dos pellizcos se hagan más fuertes por un momento, y él intenta sin éxito detener estos movimientos involuntarios. Ella se detiene y mira de cerca la piel en la cabeza de su pene. Está rosada, húmeda y brillante. Ve también presemen escurriendo de la punta, y con su dedo índice lo frota al frente del pene, en la corona, el puente de piel que es la parte más sensible de un pene. Toma entonces un catéter en su otra mano y comienza a meterlo por la uretra. El presemen lubrica el tubo, que entra con facilidad. Mientras tanto ella continua el lento acariciar de su dedo por la corona de él, frotando en la piel el presemen Ella tiene un anillo de diamante en su dedo índice, y de vez en cuando, si le parece que él está sintiendo mucho placer, le entierra la parte metálica en su carne expuesta y vulnerable. No importa si corta o hiere la frágil piel de su pene, porque pronto estará muerto en todo caso. Con algunos movimientos el anillo quita el llavero de detrás de la cabeza de su pene y lo engancha. Él contrae su músculo peneal por el pellizco y tiembla por el dolor y el placer. Ella lo distrae con esta mezcla de dolor y placer mientras inserta lentamente el catéter en su verga. Él apenas lo nota. El tubo es casi de treinta centímetros, y finalmente lo inserta del todo. El borde del tubo apenas sobresale de la punta de su pene, donde sigue saliendo presemen. Todo el tubo está ahora metido dentro de su pene y será cortado por las cuchillas de la misma manera que su carne. -Vamos, prepárate para sentir el último-, le dice ella con voz molesta. De mala gana le da su último placer. Ryn se pone detrás de él, manteniendo su dedo torturador en la erección, moviéndolo sobre la punta. Desde atrás presiona sus labios en la nuca de él, lo aprisiona con sus piernas en un fuerte abrazo, y tiene la misma vista de su pene condenado que él. Lo ve sobresaliendo frente a ellos, mientras sigue torturando el glande. Están en primera fila para una decapitación sexual. Él siente el calor de la vulva de ella contra su pequeña espalda, y se excita por ello, pero el frío acero de la máquina lo aprisiona con fuerza. Él quiere meter su virilidad en esa vagina suave y húmeda, pero el acero se lo impide. Ella con su dedo le acaricia suavemente el glande, presionando con el anillo. Apenas sí lo está rozando ahora y la piel de su pene anhela cualquier pequeño movimiento que ella le dé a regañadientes. La cabeza de su pene parece ahora un bombillo rosado, y su piel está templada por la excitación. Siente cualquier delicioso roce del dedo de ella. Ella no usará ni la mano ni los otros dedos: quiere darle sólo un ligerísimo cosquilleo hasta que no aguante más y por fin eyacule, para poder cortárselo y terminar su placer para siempre. Su último orgasmo está cerca, y él saborea todos los movimientos de ella, en su enrojecida corona. De la punta le escurre presemen y ella se lo frota en la cabeza, teniéndola mojada. Pronto estará mojada de formaldehído. Ella tiene el índice húmedo del presemen, y su negra uña destella. Rápidamente quita su índice y se lo mete en la vulva, empapándose de sus propios jugos. Vuelve entonces a torturarle el pene, esparciendo sus jugos vaginales sobre éste, y mezclándolos con el presemen. -Es la última vez que tu pene sentirá esto-, dice ella en bajos susurros. Sus jugos vaginales lo excitan, y él comienza a gemir. Sintiendo que él se acerca ella agarra la palanca de la máquina con su mano izquierda. Ahora está respirándole en la oreja, lamiendo y mordiendo su lóbulo. Comienza a punzar su pene con el anillo en cada caricia, y en su corona ya se ven arañazos. Sincroniza la tortura con el morder de su oreja. Pero él disfruta incluso la dura fricción del anillo metálico contra su preciosa carne. Su respiración ocurre en gemidos cortos y agudos, y él se encuentra en los últimos espasmos de la excitación sexual terminal. Sus caderas hacia adelante, intentando frotar su pene contra el reacio dedo de ella para sentir más placer, pero las correas de seda se lo impiden, y ella se ríe de su avidez. Ella deliberadamente ralentiza sus caricias, prolongando en él el tormento y la anticipación. Su pulgar está fuera del camino y sus otros tres dedos aprietan fuertemente el cuerpo del pene. Su índice hace movimientos muy lentos sobre la corona, hacia arriba y hacia abajo, hacia los lados, ligeramente moviéndola, y entonces enterrando el anillo... oh, cuán dulce... él acepta con gusto cualquier fricción que ella le conceda. Ella siente el músculo peneano contraerse en su mano mientras su otra mano sostiene aún la palanca. Frío acero en una mano, carne caliente y pulsante en la otra. Ella respira la excitación, le lame el sudoroso cuello, y le frota el clítoris en la espalda. Sus labios vulvares están ahora totalmente abiertos, húmedos, tibios, deliciosos, y ella disfruta de la vista del estrecho metal apretando el pulsante pene. Él no puede resistirse ahora. Siente un pulso muy dentro de su pene. Una ola de placer incontrolable se dispara desde la base hasta la punta. Su músculo peneal hace una enorme contracción, forzándose contra los anillos de metal que lo atan, y una caliente burbuja de semen sale volando de la punta. -No más-, dice ella con una dulce sonrisa, y hala la palanca de la máquina. Haciendo esto le frota su clítoris una vez más contra la espalda, y un potente, satisfactorio orgasmo la recorre como electricidad. Las cuchillas se sueltan y mientras otro chorro de semen comienza a salir disparado del glande, su pene es cortado, y el chorro de semen es interrumpido en medio vuelo conforme las cuchillas cortan el músculo peneano debajo. Ella ve su pene cortado contraerse y más semen salir de la punta mientras su propio orgasmo llega a su cima. Aprieta con fuerza el órgano muerto, expulsando todo el semen que en él queda. -Ohhhhhhhhh-, gime, empujándole la espalda con sus caderas. El órgano se encoge rápido y Ryn lo retira. Le besa la punta con sus húmedos labios negros, se inclina hacia adelante y lo mira a los ojos asustados, moviendo su lengua por la ahora muerta corona, lamiéndola en movimientos rápidos, cortos, burlones, que no le dan placer al ahora hombre sin pene. Ella saborea su último semen, y tira el órgano separado en el frasco de formaldehído. Después de ser cortado, él siguió eyaculando, pero el placer y la satisfacción de cada eyaculación se terminaron con el corte. Mientras su músculo prostático seguía bombeando semen, él sentía sólo un flujo sin placer de sangre y semen, y nada de éxtasis o gozo de la contracción orgásmica de su músculo peneal. Su pene siguió en orgasmo después de ser cortado, pero unos momentos después el placer se desvaneció, dando paso a la agonía. Las últimas oleadas de placer de su último orgasmo fueron cortadas en el preciso instante en que las cuchillas llegaron al centro de su pene, pero una tenue onda de gusto acompañó al último chorro de semen en salir por el órgano tembloroso. Como los impulsos nerviosos viajan más lento que la luz, él alcanzó a ver po un instante su pene completamente cortado siendo quitado por una Ryn extática, al tiempo que seguía sintiendo el placer residual de su primera eyaculación. Esta corta imagen quedará con él por el resto de su vida. La ve en sus febriles sueños: un pene cortado que ya no es parte de él al tiempo que sigue sintiendo por un momento un delicioso placer de la última tortuosa contracción de su músculo peneal. Sobra decirlo, sus días de sentir placer sexual se han terminado.
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