La Encrucijada - Spanish Language


By: Pitter

Post Feedback | Printer Friendly Format

[GAY] [PENECTOMY] [TESTICLES] [NULLIFICATION]

Un viajero se encuentra ante una encrucijada en su caminno. Ante él se abren cuatro posibilidades, cada una de las cuales lo llevará por distintos acontecimientos. ¿Cuál habrá de tomar?


Newest Files




LA ENCRUCIJADA

I

El viaje ya se estaba poniendo aburrido. Había manejado todo el día anterior, y había partido temprano del pobre motel del más pobre aún pueblecito de la carretera, y sabía que aún debía seguir viajando todo el día. El camino estaba en buenas condiciones y el paisaje era agradable, pero le llamaba la atención el no haberse cruzado con ningún otro vehículo, ni en la misma dirección ni en contrario. Por un instante creyó haber equivocado el camino, pero recordó que la descripción de él que había recibido concordaba perfectamente con lo que tenía delante de sí.

El camino empezó una ligera pendiente y seguía las suaves curvas de un lomaje cubierto de pequeños arbustos. Al llegar a la cumbre de la cuesta, el camino que se abrió ante sus ojos era casi recto y en corta y suave bajada. Al fondo, en la quebrada, se advertía una encrucijada que abría el camino en otros cuatro caminos que se perdían en distintas direcciones. Disminuyó la marcha, y al llegar a la encrucijada, se detuvo.

No tenía ninguna información acerca de ninguna encrucijada en el camino, y tampoco había letreros que le indicaran cuál de las cuatro salidas debía tomar. Esperó un rato por si aparecía alguien a quien preguntar, pero nadie apareció. Finalmente decidió, sin saber por qué, tomar la primera salida de la derecha, y reanudó su camino

El camino se internó en un pequeño bosquecillo de árboles bajos y llegó a una quebrada profunda y de abruptas laderas, por las cuales serpenteaba en estrechas curvas a uno y otro lado. Luego la quebrada se hizo más amplia y el camino tomó una suave bajada por la ladera de unas lomas al pie de las cuales se divisaba un fértil valle. La vegetación era ahora más tupida y las plantas se veían cubiertas de flores multicolores que llenaban el aire con su aroma.

Se detuvo en un recodo del camino, estacionó el auto en la berma y se bajó. El paisaje era idílico y la fresca brisa repletaba sus pulmones. Respiró a sus anchas, y caminó un poco por la berma. Justo delante de donde había dejado el auto, se veía una angosta huella de tierra que bajaba al fondo de la quebrada, aparentemente resto de un anterior trazado del camino, y que ahora estaba siendo recuperado por la vegetación. Descuidadamente avanzó aspirando el aire vivificador del campo, y cogiendo y oliendo las flores.

De pronto, un ruido lo hizo volverse. Horrorizado, vio que el auto se había soltado de los frenos y avanzaba hacia él por la estrecha senda de tierra. Era imposible tratar de alcanzarlo para detenerlo, y la senda era demasiado estrecha para esquivarlo. Desesperado miró hacia todos lados buscando un lugar donde refugiarse, pero no lo halló. El auto llegó hasta donde él estaba, pasó a su lado dándole de pasada un empujón, y siguió avanzando hasta detenerse, levantando una gran polvareda, varios metros más adelante en un sector de tierra suelta y cascajo.

El, empujado por el golpe del auto, cayó por la quebrada en una parte abrupta, y fue a dar rodando entre algunos espinosos arbustos bastante más abajo.

No habían pasado más que unos pocos minutos cuando se sintieron voces en el entorno.

—¡Por aquí fue!. ¡Aún se ve la polvareda que se levantó!. ¡Allá hay un auto!. ¡Voy a ver quién está adentro!.

Un hombre corrió hacia donde había quedado el auto y se acercó a examinarlo-

—¡No hay nadie aquí!— gritó —¡las puertas están cerradas!. ¡El auto debe haberse arrancado solo y la persona debe estar en otra parte!.

Los hombres buscaron en la ladera de la quebrada y de pronto alguien gritó.

—¡Aquí está!. ¡Está muy malherido!. ¡Hay que auxiliarlo rápido!.

Rápidamente los tres hombres recogieron al herido que sangraba profusamente, retuvieron como les fue posible la hemorragia, lo subieron a su camioneta y partieron a gran velocidad hacia el pueblo. Al llegar lo llevaron al pequeño pero bien dotado hospital y dieron aviso a la policía.

Rápidamente el personal del hospital se hizo cargo del accidentado y lo atendieron adecuadamente.

Al día subsiguiente por la tarde, el oficial de policía, junto a los tres hombres que habían auxiliado al herido, y el médico que lo atendió, conversaban junto al paciente en el hospital.

—Revisé el sitio del suceso. En este momento ya retiraron el auto del lugar. Casi no tuvo daños más allá de algunos raspones de la pintura y abolladuras. La declaración del afectado apoya la declaración de ustedes de modo que sólo me queda agradecerles la excelente labor de salvamento que hicieron. Fue una falla del freno de estacionamiento lo que hizo que el auto se arrancara. Fue muy afortunado que ustedes pasaran en ese momento por ahí.

—Estamos muy contentos de haber podido salvar una vida. Si no hubiéramos estado tan a tiempo la persona habría muerto desangrada.

—Y yo se los agradezco infinitamente. repuso el paciente.

—Por mi parte, tuve algunos problemas para la atención del paciente, y me resultó imposible dejarlo en las condiciones originales. El golpe y las heridas que sufrió en la caída le produjeron una amputación traumática y no fue posible hallar las partes perdidas. De todos modos, aunque se hubieran hallado habrían estado tan dañadas que no habría sido posible reimplantarlas.

—Sí dijo el paciente con voz algo quejumbrosa. Pero no lamento el resultado de los médicos. Antes bien, estoy muy satisfecho de ello.

—Por lo menos Ud. ha aceptado de buen grado el resultado.

—Sí, así es.

—Entonces, ¿cómo está? Preguntaron los otros.

—Pues, ha quedado convertido en un eunuco. Ya no tiene ni pene ni testículos.

II

El viaje ya se estaba poniendo aburrido. Había manejado todo el día anterior, y había partido temprano del pobre motel del más pobre aún pueblecito de la carretera, y sabía que aún debía seguir viajando todo el día. El camino estaba en buenas condiciones y el paisaje era agradable, pero le llamaba la atención el no haberse cruzado con ningún otro vehículo, ni en la misma dirección ni en contrario. Por un instante creyó haber equivocado el camino, pero recordó que la descripción de él que había recibido concordaba perfectamente con lo que tenía delante de sí.

El camino empezó una ligera pendiente y seguía las suaves curvas de un lomaje cubierto de pequeños arbustos. Al llegar a la cumbre de la suave cuesta, el camino que se abrió ante sus ojos era casi recto y en corta y suave bajada. Al fondo, en la quebrada, se advertía una encrucijada que abría el camino en otros cuatro caminos que se perdían en distintas direcciones. Disminuyó la marcha, y al llegar a la encrucijada, se detuvo.

No tenía ninguna información acerca de ninguna encrucijada en el camino, y tampoco había letreros que le indicaran cuál de las cuatro salidas debía tomar. Esperó un rato por si aparecía alguien a quien preguntar, pero nadie apareció. Finalmente decidió, sin saber por qué, tomar la segunda salida de la derecha, y reanudó su camino

El camino pronto se internó en un pequeño bosquecillo y después de poco tiempo salió al otro lado a una amplia explanada donde se extendía recto casi hasta el horizonte. No se divisaba ninguna construcción ni nada que pudiera atribuirse a la industria humana, pero confiado en haber hecho una buena elección, siguió adelante. Creyó justificar su elección pensando que el camino elegido parecía ser más transitado que los demás.

Nuevamente se sintió aburrido y cansado del viaje, y sintió hambre. No había comido nada desde el desayuno, y ya había sobrepasado con creces la hora del almuerzo. Se detuvo al costado del camino, frenó el auto y se dispuso a consumir las provisiones que llevaba consigo. Después de haber saciado su apetito y mitigado su sed, descansó otro rato y reanudó el viaje.

Poco tiempo después empezó a sentir algunas molestias estomacales. ¿o sería la vesícula? Al comienzo no le dio importancia, pensando que era sólo algo pasajero, pero poco a poco el dolor empezó a hacerse más fuerte. Quizá lo que comió no estaba en buen estado. Todo su cocaví lo llevaba en una canasta simple, sin refrigeración, y había hecho bastante calor durante el día. Era muy posible que algo hubiera estado descompuesto. Se detuvo nuevamente y buscó en el pequeño botiquín de emergencia, pero no halló nada que le pudiera servir para el caso. Pronto sintió deseos de vomitar, y sintió también las primeras manifestaciones de una diarrea. Su única posibilidad de alivio estaba en apurar el paso, aguantando como pudiera el dolor, y llegar a su destino.

Afortunadamente, pronto el camino tomó una suave bajada y llegó a una pequeña ciudad en un agradable valle entre las montañas. Sin conocer el lugar, preguntó en una gasolinera a la entrada del pueblo. Afortunadamente el hospital del lugar estaba cerca y no le fue difícil hallarlo. Llegó, pidió ver al médico y le explicó su problema.

El médico lo examinó, y viéndolo demacrado e imposibilitado de seguir su viaje, lo dejó hospitalizado.

—Ud. tiene una gastroenteritis, le dijo. Indudablemente lo que comió estaba en mal estado y produjo el problema. Si está solo y no tiene residencia en esta ciudad, lo mejor será dejarlo hospitalizado. Así podrá recuperarse más rápidamente y estará bien cuidado.

Fue trasladado a una pequeña y confortable habitación. Le llamó la atención que en la habitación justo al frente de la que ocupara él, había un policía de guardia.

—¿Por qué está ese policía de guardia en esa habitación? Preguntó a la enfermera que lo acomodaba.

La enfermera titubeó un poco antes de responder.

—Es un reo de la cárcel local, por algunos delitos— dijo ella. —Está ahí con vigilancia porque mañana debe ser operado.

No quiso preguntar más. No se sentía con muchas ganas de hablar, y al parecer tampoco la enfermera estaba muy dispuesta a decirle mucho más.

Al día siguiente en la mañana, el médico pasó a verlo.

—Ya se está Ud. recuperándose bien. Si sigue así podré darlo de alta mañana.

Aún adormilado, siguió tranquilamente sin inmutarse.

Mientras tanto, en el pasillo, el policía que custodiaba la otra pieza era relevado. El nuevo centinela se acomodó en una silla al lado de la puerta. Sin tener nada que hacer, ya que el movimiento en al pasillo era prácticamente nulo, con sólo dos pacientes en las habitaciones, sacó un libro y se dispuso a leer. Al mismo tiempo, las enfermeras y auxiliares del hospital también hacían su cambio de turno.

El centinela leía tranquilamente su libro. Luego de un rato, algo le molestó. La luz del sol que entraba por una ventana vino a caer directamente en sus ojos. Trató de evitarlo y se dio vuelta para que no le molestara, pero luego el sol cambió de ángulo y volvió a molestarlo. Sin dudar un instante, cogió su silla y la puso frente a la puerta que custodiaba, al otro lado del pasillo. De todos modos así podía vigilar igualmente la puerta del reo, de modo que no había inconveniente en ello.

En la recepción del hospital entró otro médico y se dirigió a la recepción.

—Buenos días doctor, le dijo la recepcionista, lo estábamos esperando. Su paciente está listo para la cirugía.

—Excelente repuso el recién llegado, entonces procederemos inmediatamente. –y pasó al pabellón para prepararse para la operación.

La recepcionista avisó a la enfermera, llamó a los auxiliares y avisó al policía que estaba de centinela. Este parecía más interesado en su libro que en su vigilancia y apenas respondió.

—Se va a proceder a la cirugía del convicto. Les dijo. —El doctor ordenó que lo trasladaran al quirófano. Está en la pieza con vigilancia policial.

Los auxiliares llevando una camilla, llegaron para trasladar al paciente. Entraron a la pieza vigilada por el policía, pusieron al paciente, que estaba algo adormilado una inyección sedante, lo cargaron en la camilla y se lo llevaron rápidamente el quirófano.

Poco rato después el doctor empezaba su cirugía y la completaba en poco más de una hora. Dispuso que el paciente volviera a su pieza. La cirugía era sencilla, de modo que no era necesario llevarlo a la Unidad de Cuidado Intensivo. Antes de retirarse paso a verlo en su pieza.

Cuando llegó, el policía que estaba de centinela se le acercó.

—Doctor— le dijo. —Me avisaron que se iba a proceder a la cirugía del reo, pero veo que no han llegado a buscarlo. ¿hay algún problema?.

—¡Cómo!. ¡Si acabo de hacer la cirugía y ahora vengo a revisar al paciente antes de irme!.

—Pues entonces se han equivocado de paciente, porque el reo está en esa pieza, y yo vi que se llevaron al paciente de esta otra pieza.

El doctor y las enfermeras se miraron unos a otros estupefactos. ¡Se habían equivocado de paciente!

—¡Debíamos haber castrado al reo de las violaciones repetidas! ¡En lugar de él castramos al otro!. ¡Ahora el paciente ha quedado convertido en un eunuco! ¡Ya no tiene pene ni testículos!

III

El viaje ya se estaba poniendo aburrido. Había manejado todo el día anterior, y había partido temprano del pobre motel del más pobre aún pueblecito de la carretera, y sabía que aún debía seguir viajando todo el día. El camino estaba en buenas condiciones y el paisaje era agradable, pero le llamaba la atención el no haberse cruzado con ningún otro vehículo, ni en la misma dirección ni en contrario. Por un instante creyó haber equivocado el camino, pero recordó que la descripción de él que había recibido concordaba perfectamente con lo que tenía delante de sí.

El camino empezó una ligera pendiente y seguía las suaves curvas de un lomaje cubierto de pequeños arbustos. Al llegar a la cumbre de la suave cuesta, el camino que se abrió ante sus ojos era casi recto y en corta y suave bajada. Al fondo, en la quebrada, se advertía una encrucijada que abría el camino en otros cuatro caminos que se perdían en distintas direcciones. Disminuyó la marcha, y al llegar a la encrucijada, se detuvo.

No tenía ninguna información acerca de ninguna encrucijada en el camino, y tampoco había letreros que le indicaran cuál de las cuatro salidas debía tomar. Esperó un rato por si aparecía alguien a quien preguntar, pero nadie apareció. Finalmente decidió, sin saber por qué, tomar la tercera salida de la derecha, y reanudó su camino

El camino se internó por un estrecho cañón entre las montañas, y subía una empinada cuesta. Al llegar a la cumbre, una serie de pequeñas lomas y quebradas se abrió ante él. Luego empezó una suave y larga bajada por empinadas laderas que dejaban ver al fondo un estrecho arroyuelo serpenteante. Después de larga marcha, el terreno se hizo más amplio y se abrió a un fértil valle regado por el mismo arroyuelo que ahora ya se había convertido en un pequeño río. Más adelante, y siguiendo siempre el camino en suave bajada, divisó a lo lejos el mar. Evidentemente no era ese el camino que debió haber tomado, pero ya se había hecho tarde, y sólo podía seguir avanzando para buscar un alojamiento en algún lugar. Tras un recodo del camino divisó un pequeño pueblo de pescadores. En la pequeña y abrigada bahía se mecían numerosas embarcaciones pesqueras de todo tipo, y en el centro de todo destacaba un grande y lujoso yate que contrastaba con las embarcaciones pesqueras de menor tamaño.

Llegó al pueblo y pronto halló alojamiento en una pequeña pero confortable posada. Apenas se había instalado a descansar luego de haber comido algo, cuando sintió que llamaban de la recepción.

—Tiene dos visitantes que desean hablar con Ud.— le dijeron por el citófono. —Piden que Ud. los reciba en su pieza, pues desean hablar reservadamente con Ud.

Intrigado, aceptó y los recibió. Dos extraños personajes vestidos con atuendos más extraños aún le sonreían misteriosamente. Uno era de raza oriental y el otro no pudo darse cuenta si era indio o árabe. Ambos vestían una larga túnica.

—Señor, lo estábamos esperando, y hemos sabido que por fin Ud. ha llegado.

La voz de los visitantes sonaba extraña. Aparte del acento extranjero, le pareció voz de mujer, aunque tenían aspecto masculino. Por un momento no supo qué eran.

—¿Me estaban esperando?. ¿Pero cómo podían saber que yo vendría para acá, cuando he llegado aquí por error?

—No se preocupe cómo. Solamente lo sabíamos, y hemos venido por encargo de Su Excelencia, nuestro amo, que solicita sus servicios profesionales. .

—¿El solicita mis servicios profesionales?, Pero si yo soy obstetra, ¿cómo mis servicios pueden ser necesarios para él?.

—Por supuesto él solicita sus servicios para que Ud. atienda a su esposa y a otras damas de su compañía. Y no se preocupe por sus honorarios que serán muy sustanciosos.

Aquí uno de ellos mencionó una suculenta cifra, y luego agregó:

—¿Tendría Ud. la amabilidad de acompañarnos?

—No espero otros honorarios más que lo usual. Pero yo he venido aquí por otros asuntos. No traigo conmigo nada de mis útiles profesionales. Además sería preferible que se trasladara a las señoras a una clínica adecuada.

—No se preocupe Ud. por eso; en el barco tenemos todo el instrumental e implementos necesarios. Además hay allí otro médico, sólo que su especialidad no es la adecuada para atender los casos presentes.

—Bien, los acompañaré.

Se trasladaron al barco, y allí se encontró con una mujer que mostraba un avanzado estado de embarazo. Comprendió que su parto se produciría de un momento a otro. Había varias otras que también mostraban embarazos en diferentes grados de avance, pero se le pidió que no las examinara todavía sino más adelante.

—Quisiera conversar privadamente con Ud. antes que proceda a examinar a las mujeres, le dijo el Amo.

Ambos se fueron a un camarote privado para conversar.

—Tengo interés en que Ud. se dedique sólo a atender a mis mujeres, le dijo mientras escanciaba un poco de vino en sendas copas, de las cuales aquí sólo ha visto unas pocas. Además también podrá atender a las mujeres de algunos de mis otros colegas en mi país.

—Tengo bastante trabajo aquí, y no tengo interés en abandonarlo, respondió.

—Pues allá no tendrá menos trabajo que el que ya tiene. Pero sí sus honorarios serán mucho más sustanciosos que los que tiene aquí. Sabemos de su capacidad y competencia, y por eso lo preferimos a Ud. y lo hemos venido a buscar.

—En ese caso, me parece adecuado y me siento tentado a aceptar, pero tengo algunos asuntos pendientes que debo resolver previamente.

—No se preocupe Ud. Sé de sus asuntos pendientes, y estoy dispuesto a ayudarle a que los resuelva adecuadamente.

Nuevamente se extrañó. Sabía de sus asuntos pendientes, ¿cómo?. ¿Cómo supo de su llegada?. Misterio.

—¿Se extraña Ud. que sepamos eso?. Pues sólo le puedo decir que lo sabemos y nada más.

El amo le sonreía mientras sostenia en sus manos las dos copas de vino.

—¿Acepta entonces?. Pues brindemos con estas copas.

—Acepto.

Y brindaron

El amo siguió explicándole cómo era su país y cómo y cuánto sería el trabajo que tendría que realizar. Mientras tanto, su cabeza empezó a dar vueltas lentamente. Se sintió mareado y se sentó en un sillón. No supo cómo cayó en un profundo sopor.

El amo llamó a dos auxiliares que lo trasladaron a otro camarote. Llamaron el otro médico:.

—Ya está dormido. Debe proceder rápidamente

Algunas horas después se despertaba en la cama de un camarote. A su lado un enfermero lo vigilaba atentamente. El enfermero también tenía un aspecto extraño, como el de los dos emisarios que fueron a buscarlo a la posada.

—Mi amo me encarga decirle que descanse tranquilo aquí porque ya está resuelto el asunto que Ud. tenia pendiente. Le dijo. —Ahora ya puede Ud. atender a todas sus mujeres y las de sus colegas. Ahora ya es Ud. un eunuco. No tiene testículos ni pene..

IV

El viaje ya se estaba poniendo aburrido. Había manejado todo el día anterior, y había partido temprano del pobre motel del más pobre aún pueblecito de la carretera, y sabía que aún debía seguir viajando todo el día. El camino estaba en buenas condiciones y el paisaje era agradable, pero le llamaba la atención el no haberse cruzado con ningún otro vehículo, ni en la misma dirección ni en contrario. Por un instante creyó haber equivocado el camino, pero recordó que la descripción de él que había recibido concordaba perfectamente con lo que tenía delante de sí.

El camino empezó una ligera pendiente y seguía las suaves curvas de un lomaje cubierto de pequeños arbustos. Al llegar a la cumbre de la suave cuesta, el camino que se abrió ante sus ojos era casi recto y en corta y suave bajada. Al fondo, en la quebrada, se advertía una encrucijada que abría el camino en otros cuatro caminos que se perdían en distintas direcciones. Disminuyó la marcha, y al llegar a la encrucijada, se detuvo.

No tenía ninguna información acerca de ninguna encrucijada en el camino, y tampoco había letreros que le indicaran cuál de las cuatro salidas debía tomar. Esperó un rato por si aparecía alguien a quien preguntar, pero nadie apareció. Finalmente decidió, sin saber por qué, tomar la cuarta salida a la izquierda, y reanudó su camino

El camino tomaba ahora una subida que en un principio fue suave y luego se puso un poco más empinada. El camino serpenteaba por la ladera de unos cerros, y se elevaba cada vez más. Luego se internó por una angosta quebrada mientras seguía subiendo.

Quiso justificar su elección de este camino pensando que era el que parecía ser el camino principal, y se le había dicho que debía seguir siempre el camino principal.

Después de largo rato de subir la cuesta, el camino llegó a una explanada de escasa pendiente. Pronto llegó a otra quebrada que a poco de andar se abrió en un angosto valle de montaña. En la parte baja se divisaba una pequeña laguna, y al fondo, más allá de la laguna, un grupo de construcciones escondidas parcialmente entre pequeños árboles montañeses. A la entrada del valle, un portón cerraba el camino. Al lado del portón un letrero. Era el lugar que él buscaba. Se alegró de haber elegido bien la salida en la encrucijada.

Se detuvo ante el portón mientras se le acercaba el portero. Este lo saludó como si lo estuviera esperando, e hizo una anotación en su libro de registro. Le abrió el portón para que entrara.

Ahora el camino bordeaba la laguna. Se acercó a la primera de las casas, con el letrero “RECEPCION”, rodeada de árboles y jardines, estacionó el auto y se bajó.

Al entrar lo recibió una bella y joven recepcionista.

—Bienvenido a nuestra clínica, le dijo. Por favor, llene su formulario de registro para que pase a ocupar su habitación reservada. Pronto pasará el doctor a verlo. Ya tenemos toda su hoja clínica con su historial lista, de modo que se podrá proceder de inmediato.

Llenó el formulario, guardó el auto en el box que se le asignó y. guiado por una auxiliar pasó a su habitación.

—Desvístase completamente y póngase este camisón especial, le dijo la auxiliar. Es mejor que no use Ud. su propia ropa hasta que esté todo terminado. Tengo entendido que Ud. no ha comido nada desde el desayuno. ¿verdad? Mejor así. Para una buena cirugía es mejor que esté en ayunas. Ahora deberé rasurarle completamente todo la parte que se va a operar y un poco más.

Creo que no será necesario, dijo él, yo ya me encargué de rasurarme a mí mismo. Espero que esté bien hecho.

Ella examinó el cuerpo rasurado, y hallándolo en buenas condiciones, lo dejó así, y se retiró. Al poco rato apareció el médico.

—Buenas tardes, le dijo, yo lo voy a operar. —Como ya tenemos toda su información lista, y puesto que está Ud. en ayunas, podemos proceder en ahora mismo. ¿Desea anestesia local o general?

—Preferiría anestesia local, respondió. Quiero darme cuenta de todo lo que me están haciendo.

—Muy bien, así se hará. Ahora la enfermera le dará una sedación suave y un ansiolítico. Hasta luego. Nos veremos en el quirófano en poco rato más.

Llegó la enfermera que le puso una inyección, y se fue para volver luego con dos auxiliares que portaban una camilla. Lo trasladaron a la camilla y lo llevaron al quirófano.

El cirujano lo estaba esperando. Con la ayuda de los auxiliares y de la enfermera se trasladó a la mesa de operaciones donde se tendió de espaldas, puso las piernas en los soportes para mantenerlas levantadas y separadas, y esperó.

Se trató todo el campo con antiséptico y lo cubrieron con las sábanas esterilizadas que dejaban al descubierto sólo el campo operatorio. –el médico se acercó con una jeringa hipodérmica.

Le daré varias inyecciones para anestesiar toda el área a operar, le dijo. Sólo sentirá el pinchazo muy suave. Y nada más.

En pocos minutos toda el área estuvo anestesiada y el médico procedió a efectuar su cirugía. En poco más de una hora terminó, suturó las insiciones, y las cubrió con vendas.

—Listo. dijo mientras se retiraba la mascarilla y disponía que llevaran al paciente de nuevo a su habitación. Aún sentirá Ud. algunas molestias cuando se pase el efecto de la anestesia, pero pronto todo volverá a la normalidad. En algunos días más retiraremos los vendajes y las suturas. Ahora ya está Ud. como deseaba. Eliminados completamente los testículos y el pene, está convertido en un eunuco.



-
Return To The Eunuch Archive